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Rusia seductora

     

Toda Rusia veía con envidia la Copa del Mundo del 2002. Observaban por las pantallas de televisión como Corea del Sur se convertía en la gran sorpresa y desnudaba sin tapujos las falencias de los rivales a punta de orden, disciplina y trabajo.

Los dirigentes rusos tenían desde entonces en mente un proyecto similar y por eso se fijaron en un entrenador de nombre Gus Hiddink. El holandés estaba bajo contrato en el PSV Eindhoven de su país y aún así se dejó seducir por la idea de llevar a la selección rusa a un evento de nivel. Estampó su firma y por momentos se convirtió en el único entrenador que dirigía dos equipos al mismo tiempo.

Con él, Rusia está ilusionada. Confían en su criterio, en su capacidad de trabajo y en su relación cercana con los jugadores como para que con eso sea suficiente y el equipo pueda tener buenas actuaciones.

Si en algún momento de la última década, el país pensó en fútbol todos los días, es éste. El éxito del Zenit en la Copa UEFA y la aparición de varios de sus jugadores en el seleccionado, hacen que todos se transmitan la euforia.

Hiddink los devuelve a tierra. El técnico, fiel a sus creencias, sólo planifica, trabaja y sueña escondido, sin prometerle nada a nadie. Las amplias diferencias en el continente y el hecho de no tener una gran figura consagrada en el plantel, los obliga a pensar con un bajo perfil.

Toda Rusia igual está de fiesta. Llegar al gran evento del fútbol continental para ellos es suficiente y si en el banco está un creador de mitos y confirmador de leyendas, mucho más. Hiddink es su amuleto.




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