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revista Estampas
Caracas, sábado 25 de junio de 2005  


Por qué importa la moda

Para los escépticos es algo trivial y materialista.
Pero la moda importa pues ayuda a definir quiénes somos.
Las líneas que siguen son una mirada reflexiva
a las pasarelas.
Linda Grant

Las semanas de la moda -esos encuentros que se realizan todos los años en Londres, Milan y París, por citar tres de las ciudades más emblemáticas- suelen ser reuniones de la élite. Me referiré, en esta ocasión, a la de Londres: allí, prendas de vestir alocadas, lucidas por cuerpos inverosímiles, desfilaron por las pasarelas de la capital británica. Los que escriben artículos sobre moda lucharon en vano con el idioma para encontrar algo comprensible que decir acerca de unos pantalones bombachos de papel combinados con un sombrero tipo chistera. Las celebridades nos dijeron que reverencian al diseñador y siempre se visten con un look parecido al suyo. Los compradores tomaron apuntes e hicieron sus pedidos, mientras que los plagiarios de las tiendas que surten al público en general realizaron algunos bocetos apresuradamente. La gente común y corriente echó un vistazo a las fotos en los periódicos.

Comentamos, entre amigos, que la moda se vuelve más intragable en cada temporada y nos preguntamos por qué los diarios desperdician espacio publicando esta clase de historias como si fueran noticias. La moda no tiene nada que ver con nosotros. Estamos más allá o por debajo de ella.

Sin embargo, en algún momento durante los días de esa semana, mientras los periodistas escribían a un lado de las pasarelas, una mujer se medía una chaqueta negra con hilo plateado y cuello de piel en un probador de Zara. Al mismo tiempo, en la tienda Topshop, otra mujer se ajustaba alrededor de su talle el cinturón de un wrap dress (vestido envolvente). La primera mujer no puede decir por qué necesita una nueva chaqueta de invierno. La que ha tenido por tres años está perfecta, pero tiene algo malo: la forma está mal, la tela está mal. Cuando entró en el centro comercial, dos semanas atrás, advirtió que algo le había ocurrido a las chaquetas. El tejido de lana estaba por todas partes, así como las cinturas con pinzas. Repentinamente, todas las adolescentes con el abdomen al aire lucían fuera de tiempo... el verano había terminado.

La mujer que se prueba el wrap dress no logra ver cómo este diseño puede favorecerla. "Va a quedar muy apretado, y ¿cuál es esa tela, jersey de seda?, ¿no revelará alguno que otro 'rollito'?", pregunta a la dependiente. Pero cuando se lo pone, queda asombrada. "¡Qué aspecto tan seductor y sexy!". Ella no sabe que el vestido envolvente fue diseñado originalmente por Diane von Fürstenberg en la década de los sesenta y que este año ha experimentado un regreso en grande. Ella no lee Vogue ni In Style, aunque ocasionalmente hojea las páginas de moda de Hola y a veces recorta las imágenes de revistas en la peluquería. Al igual que la mujer de la chaqueta de invierno, no sabe nada sobre las tendencias en las pasarelas, qué está in y qué out. Tampoco sabe cómo fue que unos meses atrás algo cambió en la moda, como ocurre cada tres años, más o menos, cuando todo un look queda confinado a la historia de la moda y surge uno nuevo; ignora cómo, después de años de un estilo continental chillón que dejaba al descubierto tanta piel como fuera posible, el mundo se ha tornado refinado. Chaquetas de tweed, faldas tubo, cinturones. Eso es lo que se viste hoy y lo que, con toda probabilidad, esta mujer va a vestir.

Escribimos sobre las prendas de vestir como si fueran piezas de arte, artesanías o mercancías, o una manifestación de la clase, categoría, riqueza o expresión personal, pero son más significativas que cualquiera de esas cosas. No es fútbol, deporte seguido por una proporción considerable de la población; es la moda. Buena parte de los fanáticos de ese deporte tienden a condenar la moda por considerarla una tontería trivial y materialista -cosa de mujeres-.

El inexorable surgimiento del "ir de compras", que se ha convertido en la principal actividad de consumismo, nos lleva a preguntarnos: ¿Por qué las mujeres desean ropas nuevas?, ¿por qué no pueden sentirse satisfechas con lo que ya tienen?, ¿por qué la preocupación banal y superficial por la longitud del dobladillo, la altura de un tacón o la curva o punta de la parte delantera del zapato? La mayoría de las mujeres no son esclavas de la moda en lo absoluto. Pocas usarían prendas que las hagan ver mal. Si una mujer tiene un trasero grande y las chaquetas de la temporada son entalladas a la cintura, no se comprará una nueva chaqueta o comprará una que oculte esa parte de su cuerpo. Las mujeres compran ropa para complacerse, y no porque no les importe lo que visten en tanto se sientan cómodas. Compran ropa porque les importa mucho cómo lucen. Esto siempre ha sido así. También saben que, como lo expresa el escritor de libros para niños, Noel Streatfield, "un nuevo vestido es una gran ayuda en casi todas las circunstancias". Saben que la distancia entre lucir bien y sentirse mal por el aspecto personal se puede acortar con ese top, falda, pantalones o abrigo que les regrese su sensación de identidad. Esto se debe a que comprar ropa no se parece a ninguna otra forma de comercio al detal. No se trata de la adquisición de objetos, sino de la transformación del yo.

Las mujeres compran un nuevo abrigo porque "se aburren de vestir el mismo vestido andrajoso". Están cansadas de lo que ven en el espejo; la urgencia de algo nuevo se torna abrumadora, y las pasarelas son el motor que nos impulsa a ir a las tiendas para ver qué ha cambiado y si nos lo podemos poner. Dado que quizás 80% de lo que aparece en un show de moda no es más que un show -el frenético deseo de un exhibicionista de ser notado-, una minúscula parte de ello llegará a las tiendas, y repentinamente lo que teníamos ya no es suficientemente bueno.

Estar vivo para la moda y lo que ésta nos puede ofrecer es comprender la importancia del momento actual. La posibilidad de que siempre haya nueva ropa es parte de lo que nos mantiene vivos. Una mujer estadounidense de raza negra, de unos 125 kilos, se probaba un vestido en la tienda por departamentos Hechts, en Washington, y me explicó que había sido nombrada por su iglesia para representar a la congregación en una convención nacional. Mientras se veía en el espejo, vi como una sonrisa se dibujaba en su rostro y escuché sus palabras, mientras daba vuelta y se giraba como sólo una mujer grande de talla alta y gracia se puede girar: "Creo que el Señor no se sentirá avergonzado de mí en esta hermosura de vestido".

La moda no pertenece a una élite ni a la gente que se sienta en las sillas doradas de la primera fila en la semana de la moda en Londres, París o Milán. Es el eterno romance del individuo con su propia idea de su persona, sea el vestido para quitárselo o para servir al Señor.

 

GUARDIAN NEWS SERVICE. DERECHOS DE EL UNIVERSAL. TRADUCCION: JOSE PERALTA

 
 
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