Cambiante belleza
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La Venus de Willendorf,
con su rolliza figura, representaba la feminidad y su capacidad procreadora, lo que se consideraba de buen augurio |
Aunque hoy el patrón de belleza está amparado en la extrema delgadez y la exigencia de la juventud, a través de la historia no siempre fue así. Mujeres de carnes bien puestas ocuparon este sitial en otros momentos.
Beatriz García Cardona
El grito de alarma ha tocado la sensibilidad de legisladores y diseñadores conscientes: el modelo de extrema delgadez que mueve a la industria de la moda desde las últimas décadas se ha convertido en un problema de salud pública: la anorexia y la bulimia alcanzan cada vez más a adolescentes en todo el mundo, con las consecuentes muertes.
El parlamento español y las pasarelas de Cibeles y Milán han comenzado a tener en cuenta el problema. Pero también las alarmas saltan en nuestro continente: un trabajo estadístico, realizado por la médica egipcia Mervat Nasser, coloca a Argentina en el segundo lugar entre las poblaciones con estos trastornos de la alimentación, detrás de Japón. En consonancia, la firma Dove, de cosmética femenina, presentó un estudio donde reveló que 74 por ciento de las mujeres argentinas desearía cambiar al menos un aspecto de su físico: 30 por ciento preferiría ser más flaca, 24 por ciento más alta y 22 por ciento modificar la forma de su físico. La causa: los patrones de belleza, marcados por la delgadez y una imagen de juventud eterna.
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El nacimiento de Venus
pintado por Botticelli, refleja el ideal de belleza durante el Renacimiento, basado en la armonía y la proporción |
En el senado español, durante ocho meses en el año 1999, se estudiaron los condicionantes que influían en el incremento de la anorexia y la bulimia y se acordó la imposición de la normalización de las tallas en la industria de la moda, la no dictadura de la talla 36, que se ofrezca una variedad de tallas de acuerdo con la variedad de población y la convicción de que una talla menor o mayor no tiene que ver con la belleza.
En la también española Pasarela Cibeles, en su edición 44, se tomó una medida científica para enfrentar el mismo problema: aplicar el índice de masa corporal (IMC) como referencia para admitir a modelos, éste se obtiene al dividir el peso en kilos por el cuadrado de la estatura; el resultado debería ser entre 18 y 25 para considerarse saludable. Los cambios también llegaron a la pasarela de Milán, en cuyos cuerpos se están empezando a ver más curvas, mujeres bellas pero más rellenitas. El lema: "Milán: delgadez no es igual a belleza".
Pero a pesar de las buenas voluntades, la presión de muchos diseñadores y de la industria de la moda, la pasarela de Milán finalmente aceptó a modelos muy delgadas, lo que también se repitió en Londres.
Sin embargo, el ideal de belleza femenina no siempre estuvo ligado a figuras delgadas, casi de apariencia andrógina. Rollizas señoras, de abundantes carnes, ocuparon el puesto de las más bellas durante varios siglos; y no sólo de las más bellas: las más aristocráticas también, cuyos recursos daban para tener abundantes carnes y no emparentarse así con la delgadez de la pobreza.
Una modelo para cada época
En nuestra cultura occidental podemos decir que sólo es a partir de la época clásica cuando se puede hablar de verdaderos cánones estéticos. De la Prehistoria sólo existen ciertas preferencias estéticas que se desprenden de algunas obras de arte antiguas o de diversas fuentes documentales. Así, gracias a las pinturas rupestres y, sobre todo, a algunas estatuas como la Venus de Willendorf, en Alemania, el ideal de belleza era el de la mujer rolliza con gran ostentación de su nutrición, de su feminidad y de su capacidad procreadora, consideradas protectoras y de buen augurio.
En la antigua Grecia, la belleza se concebía como el resultado de cálculos matemáticos, medidas proporcionadas y cuidado por la simetría, por eso es a partir de este período cuando se puede hablar de verdaderos cánones estéticos. Los griegos le prestaban mucha atención al cuidado del cuerpo, por lo que se ejercitaban, se bañaban con agua fría y se sometían a masajes con el fin de aproximarse a la perfección estética. El estereotipo de una mujer griega atractiva correspondía a aquella de senos no muy voluptuosos, con un cuello fino y esbelto, así como hombros proporcionados. El maquillaje de las atenienses se basaba en el color negro y azul para realzar el tamaño de los ojos; coloreaban sus mejillas con carmín, y el color de la piel de la cara debía ser pálido.
Durante el Imperio Romano la estética se convirtió en una auténtica obsesión. Tanto los hombres como las mujeres atesoraban fórmulas de cosméticos, se maquillaban, peinaban y depilaban. Los baños, masajes, vestidos, peinados y el cuidado del cuerpo no eran exclusivos del sexo femenino, todos los romanos querían embellecerse y cuidarse.
Como consecuencia del auge del cristianismo durante la Edad Media, la belleza estaba estrechamente vinculada con la intervención divina. La fe y la moralidad cristianas impusieron un recato en las vestimentas y una práctica desaparición del maquillaje, que se consideraba contrario a la moral cristiana. El ideal de mujer medieval presenta blancura en la piel, cabellera rubia y larga, rostro ovalado, ojos pequeños, vivos y risueños, nariz pequeña y perfilada, labios menudos y rosados, torso delgado y complexión ósea como corresponde a las nórdicas, caderas estrechas, senos pequeños y firmes y manos blancas y delgadas.
A este período le sigue el Renacimiento, época con un canon de belleza semejante al del mundo clásico, donde tenía su principal fuente estética: se basa sobre todo en la armonía y en la proporción. Italia se convirtió en el referente artístico y todas las artes reflejaron ese canon de belleza del mismo modo. Dentro de las producciones artísticas ha quedado como emblemática en la historia El nacimiento de Venus de Sandro Botticelli, como la belleza femenina por excelencia. Las características son bien conocidas: piel blanca, sonrosada en las mejillas, cabello rubio y largo, frente despejada, ojos grandes y claros; hombros estrechos, como la cintura; caderas y estómagos redondeados; manos delgadas y pequeñas en señal de elegancia y delicadeza; cadera levemente marcada; senos pequeños, firmes y torneados; labios y mejillas rojos o sonrosados.
El Barroco fue la edad de la apariencia y la coquetería: durante este período destaca la proliferación, uso y abuso de perfumes, carmines, lunares, corsés, encajes, ropas suntuosas, zapatos de tacón, espejos, joyas, pomposidad, peinados, coquetería, en grado sumo. No en vano nació la palabra "maquillaje" y se extendió por varias lenguas, muchas veces como sinónimo de truco y engaño. En cuanto al físico en sí, se pueden adivinar tras los ropajes y afeites unos cuerpos más gorditos que en el Renacimiento, pechos más prominentes resaltados por los corsés, anchas caderas, estrechas cinturas, brazos redondeados y carnosos, piel blanca, hombros estrechos.
Desde entonces hasta ahora el patrón de belleza femenino ha cambiado continuamente: la gracia, ligereza y galantería del Rococó; la sobriedad de la Ilustración, etc. Y así llegamos al siglo XX, donde se han impuesto diversas tendencias que, en la mayoría de los casos, dependen de motivaciones económicas y de lo que se quiera mostrar: cuerpos rellenos porque no se quiere dar a entender que se pasa hambre; o cuerpos atléticos si se quiere mostrar que hay un alto nivel de vida que permite seleccionar los alimentos, preocuparse por la imagen e ir al gimnasio.
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Piernas largas, vientre plano, grandes senos
y labios carnosos son muy deseados |
Bellas, jóvenes, flacas... y siempre perfectas
La ironía de esta exigencia pareciera exagerada, pero hoy la mujer que fue considerada una de las más bellas del siglo tendría que caminar muchas cuadras para conseguir un jean que se adaptara a su cuerpo: Marilyn Monroe sería gorda. Se dice que su talla de pantalón sería la 44, por lo que prácticamente tendría que comprar su ropa ¡en una tienda de tallas grandes!
Resulta evidente que a partir de mediados de los años sesenta la tendencia es la de los cuerpos delgados, gran altura, vientres lisos, cabello abundante, ojos grandes, nariz pequeña, labios carnosos, senos simétricos y sólidos, piernas largas y delgadas, cadera marcada aunque no excesiva, cuerpos bronceados, y, sobre todo, jóvenes y sin arrugas. Ha habido leves alternativas, por ejemplo, en los setenta, predominó la estética de figura recta, sin cadera ni pecho, alta y extremadamente delgada, tipo Barbie, en el dilema de una constante y severa dieta.
Sin embargo, la última década del siglo XX nos trajo un modelo de mujer hecho a la medida, con la intervención del cirujano plástico como actor principal. En la propuesta de ese nuevo ideal existe un supuesto intento por complacer todos los frentes: aquellos que luchan por erradicar las enfermedades ligadas a los trastornos alimentarios, y aquellos que lo hacen por imponer la belleza perfecta, de manera que esa nueva mujer debe tener formas más redondeadas y voluminosas, pero eso sí, con acabado de primera.
Ciberbelleza
En la más estricta actualidad, parece que son los cómics y las nuevas tecnologías -junto con los medios de comunicación- los que proporcionan los nuevos patrones de belleza. Quizá ahora el icono de belleza femenina lo proporcionen los videojuegos: mujeres a lo Lara Crofts (de unos contornos fantásticos, en ambos sentidos de la palabra), es decir, ciberseres que se desenvuelven con inusitada ligereza en las pantallas de los computadores, a los que intentan encarnar como pueden los grandes actores de Hollywood, con más o menos éxito.
En fin, se puede afirmar que la belleza nunca es inocente; siempre hay razones inconfesables detrás de los cánones, en todas las épocas. Las matronas romanas debían dar ejemplo de dignidad con su sobriedad física; las bellas renacentistas reflejaban en su delgadez la espiritualidad de la época; las nobles francesas de antes de la revolución mostraban con sus hábitos imposibles y pomposos que nada tenían que ver con el populacho. Los cánones de belleza actuales implican que se gaste dinero sin medida para alcanzarlos: gimnasios, dietas, siluetas, cirugía para la eterna juventud. La gran mayoría de los seres humanos han pasado y pasarán por esa especie de tiranía de la moda y del canon de belleza imperante para el momento: vivimos pendientes de la apariencia.
| Simulación |
A lo largo de la historia, diversos artilugios han buscado la mejora de la belleza o su exaltación, de cara a los patrones imperantes:
» Cinturas de avispa El corsé, una prenda para resaltar el busto y acentuar la cintura, fue fabricado por primera vez en Creta el siglo II A.C. Su versión más cercana se inventó en España a fines del siglo XIII. Catalina de Medici lo introdujo a su país, al mismo tiempo que lograba comprimir su cintura al extremo de 33 cm de diámetro, la medida ideal para las damas de la época.
» Senos en su lugar A finales del siglo XIX se inventó el sostén, creación de la francesa Hermine Cadolle en 1889 quien lo llamó bien-être. En EE.UU. la
primera que registró la marca de un brassiere fue Mary Phelps Jacob, en 1913.
» Tacones cercanos Se dice que los primeros tacones aparecieron en 1533. Ya en el siglo XVII, las europeas se alzaban sobre tacones de 13 cm e incluso más altos y para no caerse ¡debían usar bastones!
» Mi amigo el cirujano En los siglos XX y XXI, el aumento de pechos y glúteos están a la orden del día, además de intervenciones para cambiar facciones, eliminar la grasa del abdomen, borrar arrugas, etc.
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| Curiosa belleza |
Ser bellos tiene patrones particulares en varias partes del mundo:
» Las etíopes deforman sus labios con discos de arcilla. Las indias Txucarramae (Brasil) se afeitan la cabeza.
» En algunos pueblos de Birmania la belleza se mide por los aros que se consigan colocar en el cuello de las mujeres, que puede alcanzar incluso 25 cm, hasta deformarlo por completo (les llaman las mujeres jirafa), de modo que si
llegasen a quitárselo se les romperían los huesos del cuello.
» La mujer tuareg es valorada según la gordura que consiga acumular en el vientre.
» A las adolescentes de Papúa Guinea les estiran los pechos para dejarlos caídos; así tendrán más posibilidades de casarse.
» El canon, visto así, parece un catálogo de torturas, de las que no está exenta nuestra cultura occidental, aunque utilice otros medios. Y no muy distintos, pues qué otra cosa es la perforación para colocar pendientes y piercing, los tatuajes, el hambre en las dietas, incluso los tacones, que producen daños en la espalda.
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Conexiones
• www.aluba.org
• sexualidad.wordpress.com
• www.atinachile.cl
• www.icalquinta.cl
• canonesbelleza.wordpress.com
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