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revista Estampas

Caracas, sábado 08 de noviembre de 2008

 

Un templo del buen gusto

Carolina Irving, editora de estilo de la revista Vogue Living, nos abre las puertas de su casa en el Uper East Side Manhattan, en pleno corazón de New York.
De padres venezolanos, criada en París y casada con un inglés, estudió Arqueología e Historia y su pasión es conocer el mundo.
Su estilo personal y su hogar reflejan su maestría para combinar piezas diversas de forma exquisita; un arte que sólo unos pocos dominan a plenitud.
Sonia Henríquez

El estilo personal, así como su gusto en la decoración, es una mezcla espontánea de objetos exquisitos. Carolina Irving -editora de estilo de Vogue Living- luce desde blusas étnicas con estampados de Matisse mezcladas con faldas lápiz de aires parisienses sobre tacones vertiginosos de su amigo Christian Louboutin, hasta un sencillo cinturón encontrado en la isla griega de Patmos.

De padres venezolanos y criada en París, fue entrenada desde pequeña en el arte de la belleza y de la estética. Recuerda cómo su madre proyectó su elegancia en el piso de decorado Jansen del edificio art déco Walter, en el arrondissement 16, en el que un "chic dictatorial" envolvía las habitaciones y el comedor: "Estaba pintado en un blanco níveo con un artesonado de oro, tenía preciosos paneles de biombos chinos de Coromandel del siglo XVII y cortinas rojas de tafetán".


Irving estudió Arqueología e Historia del Arte en L'Ecole du Louvre donde se especializó en el arte italiano del siglo XVII, para más tarde trabajar, durante dos años, en la Fundación World Monuments en Perú. El proyecto consistía en documentar y archivar las pinturas del Colegio de Cuzco que anteriormente fueron saqueadas de remotas iglesias. "En mitad de los Andes, te encuentras con estas iglesias barrocas, auténticas joyas, cuyos altares estaban revestidos de esmeraldas y de oro".

Ya en Manhattan, conoció y se casó con el británico Ian Irving, subastador y especialista en plata de Sotheby's y encargado de la legendaria venta en 1988 de parte de la amplia colección de Andy Warhol. Tras la boda, Carolina se inició en una nueva aventura estética. "Mi gusto es muy francés. Cuando conocí a Ian hice que vendiese sus maravillosos cuadros del siglo XVII y sus adorados muebles. El adjetivo 'inglés' no entraba en mi vocabulario artístico, me horrorizaba". No obstante, tras esta purga inicial, su visión decorativa quedó diezmada ante la progresiva sensibilidad inglesa que crecía en su interior. Gracias a los amigos de Ian, especialmente al decorador Peter Dunham y a la joyera Charlotte di Carcaci, aprendió a "descubrir el mágico universo de la decoración inglesa -el período isabelino, el de Carlos I y II; y el de William y Mary- y la combinación de estilos".






Hallazgos únicos

Un tapiz del siglo XVII, adquirido en Christie's South Kensington, preside la entrada de la galería.
En la biblioteca-salón, un puf octogonal de Robert Kime es uno de los puntos focales y el favorito de la decoración.


Cuando la familia creció con la llegada de sus hijas Olympia y Ariadne, se mudaron al piso de un edificio de los años treinta del Upper East Side, donde la cantidad ingente de sus pertenencias otorgaron lugar un ambiente de acogedora comodidad victoriana.

Hace cuatro años, la familia se mudó a un piso de una planta superior en busca de más luminosidad y espacio. Con la destreza y el ingenio del arquitecto y amigo Daniel Romuáldez, derribaron tres habitaciones para crear un único salón con estanterías por doquier que recogen los amplios intereses de la pareja por las artes decorativas.

"Tengo el síndrome de conocer mundo", comenta Carolina, que sacia este anhelo con una vasta biblioteca de literatura de viajes (Lesley Blanch, Robert Byron, Bruce Chat-win…). Estos libros comparten estantería con otros sobre esoterismo (Miklós Bán-ffy, Sándor Márai…) y tomos sobre decoración atestados de post-its. "En esta estancia no te sientes encerrada, pues recrea tres pequeñas áreas confortables en una", comenta Caroli-na sobre el cuarto de casi 15 metros de largo.

En uno de los lados está el comedor, en el que los Irving se entretienen con los libros y catálogos de subastas, la excelente bodega de Ian y con una estimulante conversación sobre sus descubrimientos artísticos. La zona más habitada está colmada de sofás, sillas y otomanas; la profusión de lienzos y de telas de algodón son el reflejo de la minuciosa búsqueda que Carolina lleva a cabo en cada uno de sus viajes, desde Francia a Inglaterra pasando por Suecia y la India. Al conjunto global, que evoca una exótica reinterpretación del encanto inglés del S. XIX, Irving lo califica como "fusión decorativa", reforzándolo con la alusión a Christopher Gibbs y Peter Hinwood, que mezclaron antigüedades islámicas con pinturas y muebles europeos.

De manera inexplicable, los tesoros acumulados conviven entre sí sin estridencias. Guiados por sus instintos, los Irving han agrupado piezas tan extraordinarias como una mesa de juego de 1760 bordada por Johann Michael Van Selow, un retrato isabelino de Margaret Arundel o una bandera venezolana del siglo XIX realizada con plumas de pájaros exóticos. Dondequiera que la mirada se pose, siempre habrá algo con que deleitarse. En este país de las maravillas, Carolina sabe cómo satisfacer los anhelos de sus invitados y sino, los suyos; no hay otro sitio en el que uno preferiría estar.





Orgullo patrio

El hogar de los Irving agrupa
un conjunto de piezas extraordinarias proveniente
de diversos rincones del mundo y distintos períodos históricos, con un predominio
de lo inglés y francés.
En uno de los salones, sobre un sofá cama Luis XVI, se exhibe un escudo de Venezuela del siglo XIX confeccionado con plumas de pájaros exóticos.

 

 

 
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