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Alaska
en blanco y azul
El desierto líquido de Norteamérica es un regalo para los ojos y el alma.
María Ángela Valbuena
Sobrevolar los glaciares de Alaska es una experiencia indescriptible y aterrizar en aquellas montañas quizás sea lo más parecido a un alunizaje. Uno se siente pequeñito en aquella llanura blanca pero tan lleno de vida y tan conciente como nunca. El aire es de una pureza casi dolorosa y aquí y allá surgen lagunas de un turquesa intenso. Las piedras -unas serenas, otras en tensión- recuerdan un jardín japonés y en algunos sitios es posible ver correr el agua por debajo del hielo que se pisa.
Majestuosas montañas rayadas por hilachas de nubes flanquean el paso de los barcos por los pasajes de la costa, dando una silenciosa bienvenida a los osados viajeros. En ocasiones, el mar y el cielo se confunden en un mismo gris y uno se queda flotando en aquella nada. De pronto, se erige una imponente pared de hielo: el glaciar. Aquellos bloques filosos no son del todo blancos, están surcados por vetas azules. Y uno sabe que están vivos, tanto como quien los contempla.
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