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revista Estampas
Caracas, sábado 24 de junio de 2006  


Los rumbos
del viento

La península de Paraguaná, en el Estado Falcón, recibe con encantos al visitante. Aventúrese a este periplo que invita —entre otras maravillas— a ejercitar la contemplación. Adriana Gibbs. Fotos: Leo Alvarez

El viento es la primera razón por la que hay que visitar Paraguaná. Allí una impetuosa brisa sopla durante todo el año. Viento que silba, bufa, gime, arremolina y canta. En esta península son muchos los rumbos del viento. Y dejarse ir en ellos es todo un privilegio. Recordar los versos de Enriqueta Arvelo: “Toda la mañana ha hablado el viento una lengua extraordinaria”. O lo que dijo Blas Coll: “Lo más hermoso del viento entre los árboles es que, a su paso, prefiera hablar sin ninguna consonante; que sólo se sirva de vocales azules. Por eso su eco pervive largo tiempo después que ha saludado a la madera”. Escuchar ese aire de Paraguaná a sabiendas de que, como bien escribió el poeta sirio Adonis, “el viento enseña silencio aunque no cese de hablar”.

La segunda razón para visitar a Paraguaná es esa nada —ese todo— que se abre a los ojos. Se está ante un paisaje desértico, único en Venezuela. Aquí la seducción no viene dada precisamente por la exhuberancia que, por ejemplo, regala Paria. Aquí es, en todo caso, la exhuberancia del vacío; un espacio abierto, pleno de cujíes y cardones que arden de luz. Una luz —la tercera razón— por la que no pocos fotógrafos han guardado una fervorosa fidelidad a esta región.
“Viajar no sirve mucho para entender, pero sirve para reactivar por un momento el uso de los ojos, la lectura visual del mundo”, escribió Italo Calvino. Y a eso convoca Paraguaná: a reactivar la mirada. Es de esos lugares que propicia el doble viaje: el exterior del propio desplazamiento y ese sutil, el interior, que alborota el alma.

Licencias poéticas, aparte, Paraguaná es un destino para frecuentar, o bien para conocer en algún momento de la vida. Dicen que alguna vez fue una isla como las vecinas, Aruba, Curazao y Bonaire, hoy conectada a tierra firme por un istmo de médanos. No siempre se llamó Paraguaná. Descubierta por el navegante Alonso de Ojeda el 9 de Agosto de 1499, el día de San Román, fue bautizada como Provincia de San Román, nombre que se usó en los documentos y cartas de navegación de la época. Tres municipios integran la península: Carirubana, Falcón y Los Taques, con sus capitales: Punto Fijo, Pueblo Nuevo y Santa Cruz de Los Taques.

Las coordenadas la ubican en el extremo norte central del Estado Falcón. Limita por el norte y al este por el mar Caribe; al sur con el golfete de Coro y al oeste por el golfo de Venezuela. Mide 60 kilómetros de norte a sur y 54 de este a oeste. El 98% de su área corresponde a una superficie casi plana, modelada sobre rocas sedimentarias. Toda su extensión la interrumpe un solo accidente topográfico notable: el cerro Santa Ana, el cual alcanza una altitud de 830 metros sobre el nivel del mar.

La ruta propuesta en Paraguaná —y menos obvia— podría iniciarse por El cerro Santa Ana, localizado en el centro de la península, y declarado Monumento Natural en 1972. Su cumbre está constituida por tres picos que se extienden de este a oeste en el siguiente orden: El Picacho de Buena Vista, El Picacho de Santa Ana (centro) y, el más alto: el Picacho Moruy. Existen dos rutas para ir hasta el tope, una de ellas es la de Moruy, donde existe un sendero hasta el pico más alto y el otro es por Santa Ana, aunque el acceso hasta la cima ha sido restringido con fines de mantenimiento del hábitat natural.

Otro prodigio natural es la Reserva de Montecano, reservorio de la fauna y la flora en Paraguaná. Se encuentra a 15 kilómetros al norte del Cerro Santa Ana, y tiene muestras de las especies vegetales del estado.

Y para insistir en el verde, adentrarse al parque xerófito: 1.600 hectáreas de bosque seco y tropical. Hay la posibilidad de la visita guiada o de aventurarse por la propia caminería. Bellísimo paseo.

¡Al agua!
Si el antojo es azul, generosas playas reciben al visitante. Las playas de Adícora son afamadas por su impetuoso oleaje, y frecuentadas para la práctica de deportes de vela. De hecho, hay varias posadas que ofrecen entre sus servicios clases de windsurf y kitesurf, donde los novatos pueden aprender estos deportes o donde los más expertos pueden perfeccionarse. Está la de Jesús Colina, más conocido como Pachi. Tiene cuatro años con la posada Windsurf donde ofrece un curso que dura entre ocho y diez horas. El curso, que incluye alojamiento, tiene un costo aproximado de 500.000 bolívares. Y otra posada muy conocida también es Archie’s.

Si la onda, más bien, es una playa más tranquila la opción puede ser playa Buchuaco, una de las preferidas por los temporadistas; tiene una zona amplia para acampar y se encuentra a diez minutos de Adícora. A cinco minutos Buchuaco sigue playa El Supí, playa poco profunda protegida por arrecifes; atrae mucho a familias turistas, con niños pequeños, porque son tranquilas y de poco oleaje. A diez minutos de El Supí está playa Tiraya, con mayor oleaje y un encanto: en ella hay una zona donde se puede ver gran diversidad de aves.

Ahora bien, si de contemplación se trata, el paseo “obligado” es el que conduce al Cabo de San Román. Para ir se debe seguir por la carretera asfaltada que sigue después de Piedras Negras. Puede ser transitada con un vehículo normal, pero se recomienda uno de doble tracción. Primero pasará por el espectacular acantilado y playa de Puerto Escondido. Allí se encuentra el restaurante de Cabañas del Paraíso, famoso por sus langostas frescas. La nostálgica delicia de un barco encallado y el encanto de comer frente a una playa solitaria. Un poco más allá se llegará al punto más norte o septentrional de Venezuela, el Cabo San Román, sede de una de las más hermosas vistas de la península. Allí está el famoso faro —renovado a finales de febrero de 2004— dotado de una poderosa lámpara con alcance de 25 millas. Al encanto que ya tiene por ser un faro se suma otro: la estructura de dicha torre fue inspirada por el faro de piedra más antiguo del mundo, el cual se ubica en la península de La Coruña, España.

En este paseo otro esplendor aguarda al viajero: el de los médanos. No los de Coro. Estos se encuentran en la vía a San Román, a pocos minutos del Cabo. Son médanos que desembocan en el mar. Allí, en los llamados Morros de Chuara, desierto y mar cohabitan para maravilla de quien los mira. Se recomienda transitar en estos médanos bien al amanecer o bien al atardecer: el acto de recibir allí los primeros atisbos de la noche es, sencillamente, mágico.

Desde el cabo se puede ir a Punta Macoya, un balneario virgen, poco conocido y poco visitado por los turistas. Allí también hay un faro, desde 1902, que ha sido restaurado y sirve de guía a las embarcaciones. A saber: a Punta Macoya también se le llega por el suroeste de la península entrando por la vía de Villa Marina y Punta Salinas; eso sí, en ambos casos con un vehículo de doble tracción.

En Villa Marina, sector del Municipio Los Taques, hay playas bellísimas —aperladas podría ser el adjetivo—. No tienen la tibieza y el oleaje de las playas del noroeste de la península. Son serenas, más bien frías, pero no menos encantadoras. Como El Pico, inmensa playa de arena blanca, ubicada en una bahía abierta. La de Villa Marina es otra de las predilectas, y usada comúnmente como escenario de competencias de motos de agua, velerismo, esquí acuático, y otras disciplinas marinas y submarinas.

Allí está —en hospedaje— la opción del hotel Eurobuilding Villa Caribe, buenísimo cuando se viaja en familia. Tiene habitaciones y cabañas, bohíos de juegos, snack bar, una playa divina, restaurantes, y deliciosas piscinas si esa es la preferencia.

En el sector Los Taques hay varias posadas; entre ellas Las tres ventanas y El Mangle. Una recomendación gastronómica en Villa Marina: el restaurante Timonel donde  preparan un platillo que lleva el nombre de Fuego infierno: un churrasco de mero, cocinado envuelto en papel de aluminio y en compañía de variados vegetales.

Más encantos
No debería emprenderse el retorno sin haber peregrinado por los pueblos de Paraguaná. Pueblo Nuevo es generoso en prodigios. Empezando por La posada de Pancha, en la vía entre Adícora y Pueblo Nuevo. Es una hermosa casa de hato de estilo colonial, que brinda hospedaje: sus habitaciones, las comidas, todos los espacios del lugar son un regalo, amén de las atenciones de la pareja anfitriona: Chuto Navarro y Pancha. En Pueblo Nuevo la cita imperdible es en Quesos Las Delicias. Allí Lisbeth Hidalgo vende quesos amasados por ella y traídos de zonas aledañas. No es exagerado decir que son unos de los mejores quesos de toda la península. También en este pueblo se puede degustar el afamado dulce de leche. 
En casi todos los pueblos se destacan las iglesias por su bella arquitectura. La de Santa Ana conserva su retablo original. En 1969 fue declarada Monumento Histórico Nacional. Al llegar a esta iglesia la invitación es la de subir al campanario, ver desde allí al cerro Santa Ana, y permitirse una travesura: hacer sonar las campanas. En el pueblo de Moruy se puede conseguir una artesanía de muebles bastante interesante. Y en Miraca, podrá saber porqué la llaman la cuna de la loza. Este pueblo está habitado —casi en su totalidad— por casas de artesanos que han hecho de su vivienda también un taller de trabajo. En el punto medio de Miraca está el Parquecito de las piedras, una suerte de pequeña plaza habitada por piezas de barro cocido bajo un árbol. Al recorrer las distintas casas-talleres del pueblo se encontrarán las piezas de María Cristina, la hija mayor de Paula —fundadora de esta tradición en Miraca—; las vajillas y muñecas de Auristela de Rendón y Richard Rendón; las mujeres con abanicos elaboradas por Janet Rodríguez; la variedad de objetos de la tradicional familia Rojas. El Vínculo, El Hato, Tacuato, Buena Vista, Charaima y Baraived completan este itinerario. 
Un dato a considerar: la península es Zona Libre y por ello es un excelente lugar de compras con precios libres de impuestos.

Y este texto se despide con otro destino: Salinas de las Cumaraguas. Están ubicadas al noreste de la Península, específicamente en el Municipio Falcón. A estas salinas se sugiere llegar un poco antes de que se despida el sol, pues el espectáculo visual bien lo amerita, pues a esas horas el tanino que contienen las aguas que irrigan ese sector, les torna el color a rojizo. Además, se pueden observar hermosas garzas rosadas; espacio entre otros de Paraguaná para plácidamente ejercitar la contemplación. Se trata, pues, de explorar (e indagarse) en el trayecto por esta fascinante península.

 

Señas
En Pueblo Nuevo
l La posada de Pancha Telfs.: 0414-969.2649/0269-511.1269
l Quesos Las Delicias. De lunes a sábado, de 8:00 am a 12:00 m, y de 3:00 a 6:00 pm
En Adícora
l Posada Windsurf Telf.: 0269-988.8012 / 0414-684.3734
Web: www.windsurfadicora.com
Hay otra de Kitesurf
l Adícora kitesurfing
Web:www.adicorakitesurf.com
l Posada Archie’s. Telf.: 0269-988.8285
En el Tanque
l Hotel Eurobuilding Villa Caribe Telfs.: 0269-250.9262/9211
lPosada Las tres ventanas Telf.: 0269-277.0627
l Posada El Mangle. Telf.: 0269-277.0403

 
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