|
Templos
de la arepa
En la urbanización Las Mercedes
la cultura de comer arepa encontró cuna y casa desde hace más de 40 años. Adriana Esté. Fotos: Natalia Brand
Aproximadamente en 1963 comienza la historia del único drive in de arepas que queda en la ciudad de Caracas: El Trolly. Este lugar forma parte de la memoria colectiva de la generación de los años setenta y ochenta, la misma que vivió la posibilidad de ir a los autocines, enamorarse en un mismo asiento, y llevar a los chamos en pijamas, junto a la pandilla completa de la cuadra amuñuñada en el carro.
Antonio Ruiz es el fundador del Trolly drive in y padre de María Dolores, quien actualmente maneja el negocio. Es ella quien deja conocer todas las peripecias y anécdotas que vivió desde los comienzos, cuando en un pequeño trailer vendían arepas en Los Chaguaramos, hace unos 42 años.
Dice María Dolores que El Trolly deriva del uso de la palabra inglesa trailer. Sus dueños quisieron dejar el nombre como se escuchaba en la boca de todos. Luego de sus primeros pasos en Los Chaguaramos, llegaron al Lido, sin mucho éxito, y de allí adonde ahora queda la torre Banesco en El Rosal, todo en bajo perfil. Fueron varios tumbos para por fin dar su paso más importante: ubicarse en lo que sería su destino de oro, la urbanización Las Mercedes. Transcurría el año 1966 y el pequeño tráiler se estaciona en un terreno frente al Torreón. Su norte siempre estuvo claro: ofrecer el servicio directo a la ventana del carro. Las visitas sobre ruedas se hicieron cada vez más concurridas, y así, lo que entonces se conocía como “patotas”, en los años sesenta, hicieron de éste su homeplace. Grupos de jóvenes y motorizados adoptaron este lugar como su punto de encuentro, convirtiéndolo en pioneros del centro urbano con más densidad comercial del país. Finalmente, el mejor de todos los combustibles llega al tráiler: el éxito. La familia Ruiz decide, entonces, arriesgarse y montar su primer local. La algarabía y movimiento de Las Mercedes llega para quedarse.
Variantes
De la misma especie del autoservicio, surgen El Ciempiés al final de la Avenida Principal, y El Punto Sabor, que quedaba en un huequito al lado del CVA (Centro Venezolano Americano). A estos, y por esa misma época, se junta El Tropezón, que extiende sus dones hasta la Avenida La Facultad de Los Chaguaramos, donde aún ofrece sus oficios. Finalmente, El Trolly se muda para el lugar que se conoce hoy día ubicado en la calle La Guairita. Con el revoloteo de la fauna crepuscular abre sus puertas apenas cae el sol: de cinco de la tarde a dos de la madrugada. Sus arepas son las llamadas tostadas, debido a que primero son rellenas y luego colocadas en una tostadora antes de servirlas. Tradicionalmente tienen un pedacito de tocineta en la parte superior como su marca de nacimiento.
El templo de la arepa
De esa iniciativa han surgido las areperas contemporáneas. Estas no se caracterizan ya por el casi extinto servicio drive in, sino por una readaptación al tráfico de Las Mercedes y a la densidad de personas que a diario llegan por un sinfín de motivos. La magnitud es tal que su jornada de trabajo se ha extendido a 24 horas, funcionando casi los 365 días del año. De esta manera se han convertido en templos de la arepa y de la comida criolla, referencia necesaria para trabajadores, obreros, ejecutivos, familias, fiesteros, rumberos, y capricho de turistas que se van con la remembranza del sabor en la boca. Aquí las personas llegan eximidas de protocolo, ya saben lo que van a pedir antes de sentarse, y pocos ordenan con necesidad de ver la carta, pues su espacio relajado acerca la sensación de comer en casa. Sus voces de fondo son de familiaridad plena: “…dame una reina y un tres en uno…”, “ dos guayoyitos y un marrón claro pa’ la mesa cinco”, “salen dos de perico y una catira”…. y si escucha algo sobre una “pelúa”, no se asuste, es la arepa de carne mechada con queso amarillo que se pide mucho. Parada obligada
Para el 1˚ de noviembre de 1980 comienza sus funciones el conocidísimo Granjero del Este; su ambiente folklórico tiene hasta un gallo viviendo en la terraza, que se oye cuando no hay mucha bulla, cosa que no sucede con frecuencia, pues este santuario de la arepa, según cuenta el señor Edgardo Villareal, jefe de salón y que trabaja allí desde que el negocio abrió sus puertas, tiene capacidad para unas 40 mesas. Trabajan en tres turnos para poder cubrir la demanda. Es como manejar toda la tripulación de un gran barco: la primera porción de la brigada de 6:00 am a 2:00 pm; el segundo grupo trabaja lo que llaman turno partido, entra a las 11:30 am y se va a las 2:30 pm, de manera que no quede nunca el salón vacío, y vuelven a las 6:00 pm para terminar a las 10:00 pm. Finalmente, otro grupo hace el de la madrugada que es de 10 pm hasta el amanecer. Esta faena se pone buena los fines de semana, cuando la marcha urbana llega a su esplendor. El viernes en la tarde comienza a bailar la arepa con vestimentas multicolores. Los mesoneros aligeran el paso para poder seguirla, en un ritmo que no disminuye hasta finalizado el domingo.
Desde la barra de la arepería se puede ver como, ágilmente, salen estos bollitos redondos: “Aquí, sólo durante el día se llegan a preparar, en una sola faena de siete a siete, unas 300 arepas”, cuenta desde la cocina la señora Nedys. Son arepas asadas de unos 13 centímetros de diámetro, hechas de maíz pilado (mas bien molido a máquina, pero con un resultado parecido). “Las más pedidas aquí son las de pernil, la reina pepiada y la de jamón y queso. Sin embargo, la gente pasa mucho a reconfortarse con un hervidito de gallina, siempre acompañado de su cesta con arepas, que toman en la noche finalizando la jornada laboral. También lo piden de madrugada para alentarse y seguir la otra jornada, la de la rumba, por supuesto. Después de la rumba
En 1982, al Granjero le sigue los pasos Doña Caraotica. Este negocio se ubicó en la avenida principal de Las Mercedes, al lado de lo que ahora es la bomba Texaco. Luego y en la misma avenida Río de Janeiro se fundan El Budare del Este y, más tarde, La Casa del Llano. Más recientemente nacen Caracas de Ayer y Los Pilones del Este. Es peculiar e interesante enterarse de que la mayoría de los propietarios de estos negocios son miembros de la comunidad portuguesa, que con dedicación, trabajo y tino han sabido resaltar el gusto de los venezolanos por la arepa.
El dueño de Doña Caraotica hace la siguiente acotación: “Es un trabajo parejo, todo se hace a mano, el maíz en grano hay que lavarlo, hervirlo y molerlo, para luego encontrarle el punto a la masa y entonces, finalmente, hacer las arepas y asarlas. Toda la labor es manual”. De la misma familia, el joven Jorge De Trindade, encargado del negocio familiar y estudiante de Comunicación Social, reporta que allí va la gente a comer sin distinción social o política, lo que manda es el gusto por la arepa. “Por ejemplo, por aquí llega el doctor Hermán Escarrá, quien opta por la rellena de chorizo carupanero. También viene Erika de la Vega que prefiere la de queso de mano con aguacate. Frank Quintero, a veces, come reina, y a veces come la mixta de carne mechada con queso amarillo”.
|