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Late
que late
El chocolate y el corazón están unidos en el imaginario colectivo. Cuando alguien nos gusta mucho decimos que es un bombón; los enamorados se regalan cajas de estos dulces en forma de corazón el día
de San Valentín; en criollo hablamos de unos atractivos abdominales marcados como “los chocolaticos” y hay
quienes equiparan el placer que produce esta sustancia con
el sexo. Cuando sufrimos una decepción amorosa o estamos deprimidos, recurrimos al
chocolate (el Prozac vegetal) en busca de consuelo. Parte del disfrute que se experimenta
al comerlo se debe a que su punto de fusión es ligeramente inferior a la temperatura del cuerpo humano, derritiéndose al meterlo a la boca.
El chocolate desencadena una reacción química similar a aquella que se produce cuando estamos enamorados: el centro de placer del cerebro comienza a producir feniletilamina a gran escala y así es como perdemos la cabeza: vemos la vida en rosa y nos sentimos flotando. Por otra parte, el de tipo amargo contiene antioxidantes
en grandes cantidades,
que contribuyen a la prevención de enfermedades
cardiovasculares. Pero, haciendo a un lado la ciencia y al igual que sucede con el amor,
lo cierto es que nos dejamos llevar por la sinrazón y los
sentidos cuando nos topamos
de frente con uno de estos bombones...
Señas
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