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revista Estampas
Caracas, sábado 09 de febrero de 2008 
 

Historias apasionadas

Fotos: Archivo

Hay parejas, de distintas épocas, cuyas relaciones trascendieron la esfera de
lo privado y se convirtieron
en íconos de amores eternos.
Aquí les presentamos algunas de ellas

Beatriz García Cardona

Shah Jahan
y Mumtaz Mahal

Un monumento inmortal

El Taj Mahal es un himno al amor, una obra extraordinaria que sólo un corazón enamorado sería capaz de entregar a la humanidad. El sorprendente sepulcro se encuentra ubicado en Agra, un pequeño lugar asentado al norte de la India. Y todo aquel que se detiene para admirar la soberbia perfección del conjunto, no puede dejar de recordar la historia de un gran amor:
Según las fuentes, el emperador Shah Jahan fue gobernante del Imperio Mogol en la India desde 1628 hasta 1666 y se casó con Mumtaz Mahal en 1612. No fue la primera esposa del príncipe, pero sí su favorita. Durante años fueron una pareja enamorada, que vivían el uno por el otro; ella era su acompañante inseparable en todas sus cruzadas; él la llenaba de regalos, de detalles, de flores, de joyas. Unos años después de la ascensión de éste al trono, y cuando
le seguía en su campaña en el Decán, murió al dar a luz a su decimocuarto hijo.
La muerte de Mumtaz provocó tal dolor en el emperador que abandonó la vida
de magnificencias de la que gozaba y dedicó gran parte de su tiempo a la construcción de la tumba de su esposa, un mausoleo que jamás mente humana pudiera imaginar.

Los mejores constructores, los mejores obreros, las mejores joyas, las mejores piedras… todo era poco para el lugar de reposo de su amada; en la obra intervinieron unos 20 mil trabajadores. El mármol, principal material de construcción, fue llevado en elefantes desde el Rajasthan; otros elementos llegaron de diferentes partes de la India y de otros países. Incluso, se desvió
el Yamuna para que el Taj Mahal pudiera reflejarse en sus aguas. Y tras dos décadas de construcción, fue enterrada allí Mumtaz Mahal. El emperador quería edificar su propio mausoleo en mármol negro, a imagen y semejanza del de su esposa, al otro lado del río Yamuna, y unir ambos mediante un puente de oro, pero no llegó a construirse ya que el tercer hijo del gobernante, después hacerse con el poder, encarceló a su propio padre en la fortaleza roja de Agra. Shah Jahan murió en prisión, después de años de enfermedad, contemplando la gran obra, monumento a su amada y resguardo para el descanso eterno de ambos.

 

Sartre y Beauvoir
El amor necesario y el contigente

Un hombre de mediana estatura, de anteojos gruesos, ateo, tomador, que manejaba la
pluma como si fuera una daga,
y una joven rebelde, de inteligencia superior nacida en el seno de una buena familia parisiense, mantuvieron una relación muy particular durante 50 años, y fue a través de esa forma de relacionarse como impulsaron durante la segunda década del siglo XX la independencia individual de la pareja, a partir de la liberación de los sexos. Ellos se llamaban Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Se conocieron en la Escuela Normal Superior de París, donde él se graduó como profesor de Filosofía; y aun cuando ella era un poco menor, inmediatamente se identificaron como iguales intelectualmente e iniciaron una relación que duraría toda su vida.

El característico trato entre ambos incluía la libertad de tener otros amantes, pero siempre contándose todo. Aunque permanecieron juntos, no faltaron los celos y conflictos, ya que él era muy mujeriego. Este hombre, uno de los filósofos del siglo pasado que más ha influido en el pensamiento europeo, era un monógamo institucional pero con perennes amores casuales, y todo cuanto hacía en ese sentido se lo contaba por la noche al Castor, como llamaba cariñosamente a Simone, mientras ella relataba en sus libros las experiencias de apertura sexual en las que participaba; ese culto hacia las relaciones liberales se extendió durante los años sesenta y setenta, sin embargo, sus biógrafos aseguran que la autora de El segundo sexo, abanderada de la liberación de la mujer en el mundo, acabó espiando a Jean-Paul, como cualquier persona enamorada: cuentan que buscaba las botellas de vino que él escondía en los estantes y le formaba lío a las jóvenes que lo visitaban.
Infiel por siempre
Sartre confesaba que nunca se sentía tan a gusto como cuando estaba frente a una mujer: “Las mujeres es en lo que más he pensado durante toda mi vida. Y esto, incluso cuando reflexiono en temas que no tienen una relación directa con ellas”. Y se definía como polígamo desde siempre”. Su amor con Beauvoir era el amor necesario. Y todos los demás eran los amores contingentes. Aun en los últimos quinquenios de su vida, cuando ya se encontraba físicamente disminuido, era corriente verle por los cafés de Montparnasse y de Saint Germain des Pres siempre con alguna de sus fieles y bondadosas admiradoras.

Sartre y Beauvoir, en nombre de la igualdad del hombre y de la mujer, establecieron la ley de la posibilidad de la aventura contingente como complemento de su amor necesario. Sin embargo, posteriormente algunos biógrafos han demostrado que se quiso hacer de ellos una pareja mitológica.

Pues la regla de los amores contingentes impuesta por el filósofo puso en peligro el amor necesario: Sartre era menos fiel por naturaleza. Seducía mucho, sobre todo desde que llegó a ser un hombre relevante.

Aseguran que la obstinación de este hombre machista, liberal, polígamo y enamorado le daba su trabajo a la escritora, quien hizo todo lo posible para que nunca se acercara a él una mujer peligrosa. Pocos días antes de su muerte el filósofo aconsejaba a sus amigos que había que engañar a todas las mujeres y dicen que hizo la siguiente afirmación: “A Castor la he engañado más que a ninguna”.
 

Kahlo y Rivera
Ni contigo ni sin ti

Ni contigo ni sin ti. Así era la relación entre los pintores mexicanos Frida Kahlo y Diego Rivera. Una pareja tortuosa donde las infidelidades mutuas estaban a la orden del día. Se casaron por primera vez en 1929, cuando ella tenía 21 años y él le doblaba la edad.

Frida Kalho a los 6 años sufre una poliomielitis que le deja
coja y le obliga a estar recostada durante meses. Siendo adolescente, sufre un tremendo accidente de tráfico que le rompe la columna vertebral. Posteriormente, ya iniciado su matrimonio con Diego Rivera, sufre tres abortos. Desde pequeña, el dolor corporal pasa a ser el acompañante pesado y agobiante que Frida arrastra durante toda su vida. Sin embargo, tras la ruptura con Diego Rivera, su enamorado, esposo y amante, el dolor que ella siente es todavía mucho más profundo.

El matrimonio no resultó nada fácil, tal como lo revelan algunas de las cartas
que la artista mexicana escribió a su marido. En todas ellas, se refleja la pasión de Frida y también su profunda angustia ante las continuas traiciones de su amado Rivera: “Creo que lo que pasa es que soy un poco bruta y un tanto zorrita, pues todas estas cosas que han pasado durante los años que vivimos juntos y todas las rabias que he hecho no me han llevado sino a comprender mejor que
te quiero más que a mi propia piel, y que aunque tú no me quieres de igual manera, de todos modos, algo me quieres ¿no?”

Tras divorciarse, en 1940, volvieron a pasar por la vicaría meses después. Un amor loco del que Frida sólo deseaba un poco de sinceridad: “Lo único que te pido es que no me engañes en nada, ya no hay razón. Y hagas lo que hagas, pase lo que pase, siempre te adorará tu Frida”.

 

Gala y Dalí
Un amor surrealista

La relación de Dalí y Gala, su esposa ocupa un lugar distinguido en la biografía del célebre pintor catalán, al grado de ensalzarlo a beneficio de su arte. En 1929 el pintor Salvador Dalí viajó a París para encontrarse con el también pintor Joan Miró y el grupo surrealista encabezado por André Bretón. Los surrealistas le retribuyeron la visita y fueron a la casa de campo de la familia de Dalí en Cadaques. Los visitantes fueron Magritte, Buñuel y el poeta Paul Eluard con su esposa, la rusa Helena Dimitrievna Diakonova Daulina, más conocida como Gala. El flechazo entre Gala y Salvador fue instantáneo. Gala -11 años mayor que él- había estado con Eluard, con Bretón y probablemente con Buñuel. Cuando el grupo volvió a París, Gala se quedó con Dalí. Pero el padre de Salvador no aprobó la relación y los expulsó de la casa familiar. Sin trabajo y sin dinero, se mudaron
a una pequeña casa en un pueblo llamado Port Lligat, donde Dalí se dedicó a pintar y a vender sus cuadros para poder subsistir. Por encima de cuáles fueran las relaciones con Gala, que oscilaron entre cielos y abismos, convivió con ella
52 años. Ella fue su verdadera riqueza, lo acompañaba a todas partes, lo defendía, lo protegía de los otros y de sí mismo.

En 1934 Gala y Dalí se casaron en una simple ceremonia civil y Dalí fue expulsado del movimiento surrealista en París. Se hizo una parodia de juicio, encabezada por Bretón, en donde se lo acusó de no respetar los lineamientos
del grupo. En 1940, unas pocas semanas antes de que los nazis invadieran Francia, Dalí y Gala huyeron en transatlántico hacia los Estados Unidos, con
unos pasajes pagados por Pablo Picasso.

La mayor parte de la obra pictórica de Dalí que quedó en Europa fue destruida
por los nazis. Permanecieron ocho años en Nueva York. Allí comenzó con su período clásico en donde introdujo temas tradicionales y universales. Gala le enseñó a relacionarse con la comunidad artística norteamericana. Durante la década del cincuenta desarrolló los principios de lo que denominó "Misticismo nuclear".

En 1958, compenetrado con su nueva visión católica del mundo, se casó nuevamente con Gala, esta vez en una ceremonia religiosa en Girona, España. Gala no sólo era su compañera en la vida; era su musa inspiradora, su amante
y la administradora de su fortuna. En los años setenta, Dalí mismo inauguró en Figueras un museo exclusivo para sus obras. En esta década también dio una prueba concluyente de adhesión a Francisco Franco al pintar un cuadro de la nieta mayor de este último. Dalí no sólo se lo entregó personalmente al caudillo, si no que lo endiosó públicamente. Mientras tanto, Gala se hizo regalar el castillo de Pubol y le hizo jurar por escrito a Dalí que sólo entraría en el castillo cuando ella lo invitara. Había una razón: la anciana Gala estaba rodeada de jóvenes modelos masculinos de Dalí que eran sus amantes. Pero Dalí la amaba tal cual era.

La mayor catástrofe que podía abatirse sobre Dalí ocurrió el 10 de junio de 1982, cuando a los 89 años muere su Gala, abandonándolo a la soledad. Dalí se fue a vivir al castillo de Pubol y sólo atinó a decir que se dejaría morir. Y casi muere dos años más tarde cuando se quemaron las sábanas de su cama, fue salvado por Robert Descharmes su secretario privado quien había pasado esa noche en el castillo. En 1987 sin Gala cayó en una extrema depresión de la que nunca más salió; el 13 de enero de 1989 en el Hospital Comarcal de Figueras murió de una insuficiencia cardíaca asociada a una neumonía.

 

 

 
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