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Entre las razones más comunes por las cuales un niño puede ser “cascarrabias”, o ponerse de mal humor con más facilidad que el promedio de los niños de su edad, pueden estar: Tener un bajo umbral para contener la rabia; poseer un temperamento impulsivo, que los hace más explosivos y menos controlados; bajo nivel de tolerancia a las frustraciones; ser excesivamente perfeccionistas; haber aprendido que la rabia es el mejor mecanismo para conseguir lo que quiere; y en algunos casos, puede tratarse de niños que requieran más atención de sus padres y que sólo sepan manifestarlo a través de esta emoción.
¿Qué hacer?
Aunque no se le pueda decir que no sienta rabia o que está mal que la exprese, hay que explicarle que lo haga sin agredir a las personas y objetos que lo rodean.
Aislarlo para que sepa que su mal humor no puede afectar al resto y tratar de no mirarlo mientras llora, pues al no tener público es más fácil que se olvide de su enojo.
Cuando se impone algún castigo, ser firmes y cumplirlo.
Cuando se calme, hablar con él, preguntarle a qué se debe su rabia, analizar juntos cómo reaccionó y darle otras opciones para expresar su enojo.
Aunque suene trillado: “educar con el ejemplo”. Nada más cierto que el dicho “lo que se hereda no se hurta”. Los padres gruñones deberán hacer un esfuerzo doble de autocontrol.
Hablar con el niño y explicarle que las cosas son más difíciles de hacer cuando se está tenso y que no vale la pena enojarse.
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