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revista Estampas
Caracas, sábado 13 de octubre de 2007   

¡Este cuarto
es un desastre!

Si el cuarto de los más jóvenes de la casa está siempre desordenado, intente estos métodos para obtener buenos resultados. P.C.

Con mucha frecuencia el espacio personal y terriblemente desordenado de un
niño o de un quinceañero se convierte en un punto álgido en la familia. En una encuesta informal, los padres señalaron que el motivo de las peleas más
grandes con sus hijos no era las malas respuestas, los amigos, las bajas notas 
o el mal comportamiento, sino una habitación desarreglada.

“Los padres se toman el desorden a título personal y reaccionan con rabia,
y hasta con vergüenza y temor,” manifiesta el psicólogo clínico Michael Bradley, “Pero mantener la habitación en orden no está en el radar de un adolescente.
No es importante para ellos”.

Las investigaciones recientes sugieren que esta abrumadora inconsciencia
del propio caos pudiera tener sus raíces en la biología. Estudios basados
en la exploración por imágenes del cerebro revelan que el lóbulo frontal del adolescente aún se está formando. Esta región es la encargada de orientar las actividades de organización, planificación, fijación de la atención, parada e inicio. En consecuencia, probablemente, no es que los muchachos no quieran ordenar, sino que “literalmente” no pueden. Al menos no por iniciativa propia. Hablamos
con tres madres que han quebrantado el código de “limpia tu cuarto” lo que ha aliviado las tensiones y hecho que los jóvenes arreglen el desorden. Esto
fue lo que encontramos:

Combine la limpieza
con un buen relato


Los tres hijos mayores de Lucía, un niño de diez años y dos niñas de trece y catorce años, ordenan mientras ella les lee un capítulo de un libro emocionante. “Ya hemos leído todos los de Harry Potter y El Señor de los Anillos de esta manera”, comenta Lucía, de 42 años. “Comencé la práctica cuando estaban en primaria, como una forma de combinar el arreglo de sus cuartos con su afición a la hora de la lectura”. Si los niños dejaban de limpiar para escuchar solamente, ella interrumpía la narración hasta que reanudaban la tarea. Ahora que son más grandes  (y están ocupados con las prácticas de fútbol, natación, pintura, computación, etc.),  reservan este preciado ritual familiar para los fines
de semana.

Por qué funciona: “No sólo esta madre ha convertido una tarea potencialmente laboriosa en placentera, sino que también les ha dado a sus hijos apoyo con su presencia”, apunta Bradley . “Muchos adolescentes pueden sentirse solos cuando se encargan de la limpieza y el orden del cuarto. Este enfoque es cooperador y divertido. La madre se abstuvo de convertir la limpieza y el orden en un castigo. Le enseña a sus hijos que mantener el cuarto arreglado no tiene que ser una tarea fuerte ni fastidiosa. Si el hecho de que le lean algo no resulta atrayente para un muchacho ya crecido, el padre pudiera colocar alguna música que le guste mientras limpia”.

Disponga un lugar
para cada cosa


Carolina decidió poner fin al desorden al
ubicar un lugar para lanzar todo lo que
acumula su hijo de nueve años y sus hijas
de cinco y once años. “Los niños y yo
agarramos todas sus cosas, las amontonamos
y clasificamos absolutamente todo. Unas se donaron, otras se botaron y el resto se agrupó por categoría: ‘pistolas y espadas’, por ejemplo. De esta manera, tendríamos una idea del
tamaño de los envases que necesitaríamos. Conseguí los contenedores apropiados
y los etiqueté uno por uno.

Eliminar el desorden no fue la única
recompensa. Aprendí cosas de cada uno
de los niños: sus preferencias y hasta la
pasión que siente mi hija mayor por las
carteras. Tal vez el hecho de nombrar sus
cosas legitime su mundo”. Las habitaciones
no siempre están pulcras, advierte Carolina.
“Pero ahora le puedo decir a mi hijo que despeje
su escritorio (cuando tiene una pila de cosas encima) y lo puede hacer fácil 
y rápidamente. Antes, se sentía tan abrumado, que era incapaz de limpiar
sin pedir ayuda”.

Por qué funciona:
Disponer un lugar para todo aumenta las probabilidades de que al menos algo terminará donde le corresponde. Algunas veces se descubre que los cuartos de los niños carecen de las reglas básicas de organización. Una decoración desactualizada, la falta de espacio para guardar y la carencia de muebles funcionales pueden acabar con las ganas que tengan los pequeños de encargarse de sus cuartos, concluye Bradley. “Cuando un niño se acerca a la adolescencia, en lugar de decirle ‘Limpia tu cuarto’, es mejor conquistarlo con un  ‘Vamos a redecorar y reorganizar’”.

Si su hijo dice que sí, esté alerta a su reacción, sugiere Bradley. “Algunos chicos querrán escoger los colores y los cajones, mientras que otros pudieran sentirse abrumados con todas las etiquetas y todos esos envases y sistemas”.
Sea como sea, otros no están listos para salir de la infancia, y no hay razón por la que los padres deban forzarlos. “Me he quedado sorprendido al ver cuántos quinceañeros, especialmente varones, esconden sus cobijitas,
ositos de peluche y figuras de acción en sus cuartos,” comenta Bradley. “La adolescencia temprana es un período de ambivalencia. Algunos muchachos necesitan el confort de aferrarse a la infancia”.

Ajuste la rutina
al niño


Adriana se valió de la psicología para suavizar
las tensiones causadas por el desorden en los cuartos de sus hijos, quienes ahora tienen trece
y quince años. “Cada niño, cada persona, aprende
a su manera,” explica ella. “Finalmente me percaté
de que mis hijos precisaban de instrucciones
y estrategias muy distintas para limpiar sus habitaciones, al igual que lo necesitan para hacer
la tarea. Apenas le decía a mi hijo menor que limpiara su habitación y lo hacía: le encanta ser organizado.
Sin embargo, pedir, o hasta insistir, no funciona con
el mayor. Me di cuenta que necesitaba dividir la labor en pasos más pequeños
y factibles. Comencé a trabajar con él en tareas, tales como ordenar las pilas
de revistas y escoger las que él quería conservar. Luego, le pedía que él solo
se encargara, y colocaba un cronómetro para que se mantuviera sobre la marcha”.

Adriana también compró organizadores
que se ajustan a la personalidad y las necesidades de cada uno de sus hijos.
“Mi hijo mayor está muy interesado
en el mundo de los negocios, por lo
que fuimos juntos a comprar accesorios
tipo ejecutivo y un mueble de oficina
con gavetas. Mi  hijo menor consiguió
cestas de mimbre para sus juguetes
y envases transparentes para guardar
las miles de piezas de Lego que le gusta clasificar por color. Las habitaciones siguen desordenándose, y algunas veces
lo dejo pasar. Pero en general, el nivel de frustración, el de ellos y el mío,
es mucho, mucho menor”.

Por qué funciona: “Entender las necesidades de cada hijo es determinante en cada aspecto de la crianza”, comenta Bradley. “Las órdenes tipo militar no tienen efecto para limpiar y ordenar una habitación. Me percaté de ello cuando mi propio hijo era más joven. Ya me estaba molestando bastante lo de su cuarto desordenado. Entonces, un día, lo vi leyendo unos libros en una librería. Extendió 20 ejemplares en el piso, los cogió y los colocó de nuevo para leer las secciones. Lo que para mí era desorden, es la manera cómo él se conecta con su universo. Establecimos reglas básicas de orden y limpieza en su cuarto, el resto quedaba
de su parte”.

Tolerar el desorden por un tiempo puede hacer que las lecciones ocurran naturalmente, añade. “Cuando su hijo está desesperado porque no encuentra
su franela favorita para ir a un concierto, ésa es la hora de la verdad,” comenta Bradley. “Allí es cuando los muchachos empiezan a buscar la manera de ser
más ordenados”.

El balance: Acepte la imperfección. Note que dos de los padres entrevistados
para este artículo admitieron que las habitaciones de sus hijos a veces
continúan siendo zonas de desastre. “La frase que le enseñamos a los padres
es: “Tu habitación me tiene loco y te quiero como un loco’”, señala Bradley.

Traducción Conchita Delgado

 
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