
SU MAYOR presea
Ya se han ganado unas cuantas medallas de oro: la del amor, la de
la entrega, la de las verdes y las maduras... Ahora apuestan por ver
a sus hijos dando lo mejor de ellos en Beijing 2008. Conózcalas,
son nuestras mamás olímpicas.
Por María Elisa Espinosa. Fotos: Leo Álvarez y Mariana Green
| Con la exelencia entreceja y ceja |
SEquipo de alta definición |
Además de Miriam Romero, el núcleo familiar de Alejandra Benítez lo integran Jorge Rada, esposo de la mamá; dos hermanos de sangre: Jorge (de 19 años) y Jorge José (de 17); además de Luis Antonio (de 15 años), hermano de crianza. Así que los días de Miriam, como ella bien apunta, "transcurren entre sables, maletas y notas musicales, pues, además de Alejandra y su esgrima, dos de mis hijos son músicos de la Orquesta Sinfónica Infantil, Luis Antonio juega baloncesto, y por eso todos se la pasan viajando".
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Alejandra Benítez bien podría estar hoy sobre una pasarela de modas, pues bonita es, y mucho. También podría estar incluida en las crudas estadísticas del Tercer Mundo sobre deserción escolar, embarazo precoz, delincuencia... Pero, en lugar de eso, sus proezas llenan con centimetraje las páginas de los diarios nacionales e internacionales que dan cuenta de cada uno de sus pasos dentro de una disciplina deportiva que no por extraña deja de provocar un gran orgullo en los venezolanos cuando la ven recibir, sobre el podio, un laurel tras otro. Odontóloga de profesión y esgrimista por pasión, esta joven de 27 años fue criada en la parroquia Antímano de Caracas por una madre -Miriam Romero- que se metió entre ceja y ceja que su hija lograría cada uno de sus objetivos, más allá de la escasez y el duro contexto que las rodeaba. "La relación con mi mamá es muy fuerte, primero que nada porque ella me crió sola, aunque luego tuve la imagen de un padre, que es el papá de mis hermanos, y ese doble rol nos permitió compartir tanto la parte bonita como la parte dura de las cosas… Por eso en cada entrevista la nombro es a ella: a quien le agradezco todo", desliza generosa la muchacha. Miriam, por su parte, no la desmiente: "Yo siempre digo que una, como madre, en el momento en que tienes a un hijo en el vientre, tienes que pensar en qué es lo que va a ser ese niño en el futuro. Siempre he tenido el criterio de que los muchachos deben tener como mínimo dos actividades: una, los estudios, que es lo que les va a ayudar a desarrollarse como personas y les va a dar la mejor manera de vivir; y la otra es la educación complementaria, que puede ser un deporte o cualquier otra actividad extracurricular que también te pueda proyectar en la vida". En el caso de Alejandra, fue por ensayo y error que finalmente dio con la carrera que tanto le entusiasma ahora: "Mi mamá me metió a hacer lo inimaginable, cosas totalmente opuestas: judo, ballet, voleibol, atletismo, natación, teatro, saltos ornamentales… Hice todos los planes vacacionales que alguien pueda imaginar. Y, a pesar de que en mi juventud me quejaba, hoy, con la madurez, me he dado cuenta de que fue lo mejor que pudo hacer por mi". ¿Que cómo entonces caería en la esgrima y, más puntualmente, en la especialidad de sable (las otras dos son florete y espada), de la cual se erigió campeona en la Copa del Mundo 2005, en La Habana, por citar apenas uno de sus tantos reconocimientos? La conclusión es que pasó porque tenía que pasar. El flechazo -y tómese esto de manera casi literal- se dio en predios de la Universidad Central de Venezuela cuando su tía Órbita Benítez le presentó la posibilidad de practicar este deporte. "Desde que el entrenador me vio, nos animamos… Así que de un 'vamos a ver si le gusta', pasamos a que me quedé. Entonces tenía 15 años".
El enamoramiento de Alejandra hacia la esgrima tiene su razón "en que encierra muchas cosas: tiene la magia de lo que es la concentración, dependes mucho de tu cabeza, tienes todo un plan táctico que debes implementar en un momento en el que tienes millones de emociones, además de que le crea a uno mucha disciplina. Y también está lo que es la acción-reacción, tienes que resolver problemas en cuestión de micro segundos… La verdad es que es muy lindo", se explaya la joven en piropos hacia lo que hace, y Miriam, la madre, tampoco es que se queda callada cuando se le pregunta sobre lo que siente cuando ve a Alejandra vestida con el uniforme de esgrima representando a Venezuela… "¿Qué no siento, más bien? No sé ni qué decir. Veo lo grande que es el haber logrado todo esto por su propio esfuerzo y, también, por el esfuerzo de todos para ir enderezándole el camino y que así llegara hasta donde ha llegado". |

"CUANDO THOMÁS ESTÁ EN UNA COMPETENCIA, YO REZO, REZO Y REZO Y SÉ QUE DIOS ESTÁ CONMIGO... QUISIERA ESTAR ALLÍ, JUGANDO"
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Son voleibolistas y se entienden |
SLos de su Cancha |
Además de tres hermanos de un primer matrimonio del papá, la familia de este joven boxeador la integran sus padres, Alfonso
y Rosa, su hermana Elvia seguida por él y, más atrás, otro varón llamado Alfonso Alfonso. "Bautizamos así al menor por su papá y por su hermano", deja saber la madre antes de que a cualquiera se le ocurra preguntarle por qué llamar a alguien Alfonso al cuadrado. "Él está en natación y boxeo… pero me gustaría más que escogiera lo primero", también deja colar como quien no quiere la cosa.
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No se exagera al decir que Thomás Ereú ya había sentido unos cuantos golpes de bolea desde el vientre de su madre. Pues ella, Enid, practicaba voleibol justamente cuando salió embarazada del muchacho. Hoy, a sus 28 años y con ese metro 94 que lo separa del piso, tampoco es exagerado decir que a Thomás le toca ver a su mamá desde un ángulo que raya en el abismo. Con todo y eso, él desde arriba y ella más abajo, los dos son voleibolistas y se entienden. De allí que aquí encaje -o más bien se potencie- aquella premisa según la cual toda madre siente exactamente lo que le pasa a su hijo. "Cuando está en una competencia, yo rezo, rezo y rezo y sé que Dios está conmigo… Quisiera estar allí, jugando, que los muchachos ganen. La verdad es que sufro bastante porque soy deportista; imagínense ese feeling que tenemos: Thomás juega y yo también, sé lo que se siente estar allí, no sólo porque soy profesora de Educación Física (ya jubilada del Instituto Nacional de Deportes), sino porque también fui entrenadora de voleibol y competía en campeonatos regionales". Así que conociendo muy bien qué tipo de pelota se está lanzando, a Enid Ereú no se le hace nada difícil elaborar un balance de lo que significa ser mamá de un deportista de alta competencia: "Para mí, la parte buena son los logros que obtienen, las alegrías que nos dan tanto a la familia como al país; mientras que lo malo es que casi nunca están aquí, por lo que resulta muy duro pasar los cumpleaños sin ellos, el Día de la Madre, cualquier celebración…". Y esto no es cuento, es historia: pues, en el caso de Thomás Ereú, así como del resto del equipo de la selección venezolana de voleibol que estará en los Juegos Olímpicos de Beijing entre julio y agosto de 2008,
el desarrollo de sus carreras lo han tenido que realizar totalmente en canchas foráneas, en vista de que en Venezuela no existe una liga profesional en esa disciplina. Quizás también por ello es que para la familia de Thomás (quien hasta hace nada jugaba en Grecia), así como para las de todos los muchachos de la selección, haya sido tan significativo aquel partido jugado el pasado enero en Formosa, Argentina, cuyos resultados contra el equipo anfitrión merecieron la clasificación de los jóvenes criollos para las Olimpíadas. Aquella imagen -¿y quién lo dudaría a estas alturas del partido?- la tiene más que fresca Enid: "Yo hice feng shui: pegué en mi casa carteles que decían 'Los muchachos ganaron'… 'Argentina perdió contra Venezuela'… Como tengo cantidad de recortes de periódico, los puse por toda la casa. Es decir, que los proyecté triunfando, y así fue". A Thomás, más que en vivo y dentro de la cancha, le tocó ver todo aquello desde su cama en las veredas de Coche, compartiendo con toda la familia, ya que se encontraba fuera de juego a causa de una operación que le habían hecho en el manguito rotador de uno de sus hombros. "Por eso le decía a ella, porque la conozco, que no me fuera a interrumpir, que yo me iba a mi cuarto y que ella lo viera abajo", cuenta el muchacho ya bastante recuperado de la dolencia y preparándose para participar en junio próximo en la Liga Mundial de Voleibol. Allí estará nuevamente jugando en la posición de receptor y "volando" como todo un Superman, apodo que se ha ganado en estas lides por pura herencia de mamá… "¡Es que él salta como yo!", remata Enid como en sus mejores tiempos.
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"UNA MADRE NUNCA VA A DECIRle A UN HIJO QUE PRACTIQUE ESTE DEPORTE, PERO UNA VEZ QUE ELLA ME VIO ALLÍ, NUNCA ME DIJO QUE ME SALIERA"
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| De la pelotita e´goma al ring |
SCuadrilátero al cuadrado |
Además de tres hermanos de un primer matrimonio del papá, la familia de este joven boxeador la integran sus padres, Alfonso y Rosa, su hermana Elvia seguida por él y, más atrás, otro varón llamado Alfonso Alfonso. "Bautizamos así al menor por su papá y por su hermano", deja saber la madre antes de que a cualquiera se le ocurra preguntarle por qué llamar a alguien Alfonso al cuadrado. "Él está en natación y boxeo… pero me gustaría más que escogiera lo primero", también deja colar como quien no quiere la cosa.
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Ni falta hará decir lo atípico que resultaría ver a una madre recomendándole a un hijo que se meta a boxeador. Y, en este caso, no será la mamá de Alfonso Blanco la excepción a la regla. "Es verdad que ella me apoya al 100 por ciento, que me acepta porque ve que esto del boxeo me ha dado frutos, pero todavía se pone muy nerviosa… Yo me imagino que una madre nunca va a decirle a su hijo que vaya a practicar este deporte, pero una vez que ella me vio allí, nunca me dijo que me saliera sino, simplemente, me lo respetó", evalúa hoy un Alfonso Blanco de 22 años cumplidos y unas cuantas preseas mundiales obtenidas en la categoría peso mediano (75 kilogramos) del boxeo aficionado. Tenía apenas 12 cuando se montó por primera vez sobre un cuadrilátero para matar su curiosidad sobre cómo era eso de dar y recibir golpes mientras todo el mundo está viendo. "En la casa todavía a algunos no les gusta, pero me lo aceptan. Nunca me dicen que me salga del boxeo; e incluso, cuando voy a pelear, todos me acompañan al gimnasio", insiste en aclarar el muchacho que llevó a casa en el año 2007 la medalla de plata del Campeonato Mundial de Boxeo Amateur en su categoría, celebrado en la ciudad de Chicago, Estados Unidos. Rosa Parra, la mamá, de seguro lo habrá recibido ese día con los brazos abiertos y un buen pedazo de la torta que ella prepara y tanto le gusta a Alfonso. Quizás, también, para ese momento ya se habrían apaciguado los moretones propios de la pelea; o, quizás, la señora Rosa optara por obviarlos para no agregarle angustias a sus días. "Lo primero que ella hace siempre es abrazarme y, pase lo que pase, me felicita: pierda o gane, me felicita… Me imagino que sufrirá por dentro su dolor de ver a un hijo golpeado, con un ojo morado, con la cara hinchada… pero, siempre, siempre, me felicita". Ella, desde el otro lado del ring (o en este caso del teléfono) asegura -y se le siente que lo dice con orgullo- que "Alfonso casi nunca llega golpeado". Paso seguido, aclara que su hijo puede ser cualquier cosa menos peleón. "Echador de broma, sí, pero no un buscapleitos. Él, más bien, se la pasaba de pequeño jugando pelotita e'goma. Por donde iba se conseguía una y la bateaba… Y si no tenía una, entonces la hacía con papel aluminio, por eso yo pensé que iba a ser beisbolista en lugar de boxeador. De hecho, estaba en beisbol antes de llegar al boxeo, pero ya entendí que su gran pasión es este deporte y que ir a las Olimpíadas es su mayor sueño. Por eso me siento feliz", saca sus cuentas la madre, quien se ocupa también de advertir que Alfonso no es el único pugilista en la casa. También está Elvia, la hija mayor, aunque ya está retirada del cuadrilátero. El muchacho, por su parte, no se cansa de lanzarle baldes llenos de piropos a la señora Rosa: "Para mí ella es la mejor madre del mundo… Me imagino que todos dicen lo mismo, pero yo digo que como mi mamá no hay dos. Ella está allí siempre para lo que uno le pida… Ella tiene que ver mucho con todo lo que yo he logrado en mi carrera como boxeador. En todo me ha apoyado y lo sigue haciendo", resume el muchacho para concluir con un veredicto: "¡Yo le daría a ella una medalla de oro en todas las categorías!". |
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