| Autoexámenes
Los equipos de exámenes del tipo “hágalo usted mismo” se han vuelto populares. Sin embargo, antes de usarlos hágase dos preguntas:
¿Está seguro de que son exactos los resultados? ¿Sabrá enfrentar esos resultados? Sophie Petit-Zeman
En nuestra casa, hacerse un autodiagnóstico es algo importante. Tenemos un termómetro tradicional de mercurio; yo utilizo una linterna junto con un espejo y un estiramiento estratégico del cuerpo para hacerle un seguimiento a mi garganta cuando se irrita; mi esposo se levanta el ánimo él mismo cuando sale a trotar para luego regresar y pararse de un salto en la báscula del baño. Sin embargo, no todas las “clínicas caseras” son tan rudimentarias.
Mintel, firma especializada en análisis de mercado, reveló meses atrás que en países como el Reino Unido se gastan 91 millones de dólares al año en equipos de autodiagnóstico, y la suma sigue creciendo. De acuerdo con esa encuesta, el año pasado los británicos gastaron 58 millones de dólares en pruebas de embarazo, 15 millones en tensiómetros y 8,8 millones de dólares en pruebas de ovulación.
En estos días podemos comprobar si estamos en forma física y mentalmente sin levantarnos de la silla: Internet ofrece casi tres millones de sitios relacionados con pruebas médicas en el hogar. ¿Son una fuente de información valiosa sobre la salud de su familia? ¿O acaso corremos el riesgo de obsesionarnos con las pruebas sin saber si el enfoque de “hágalo usted mismo” es confiable o si sus resultados son significativos? ¿Terminaremos tratando de diagnosticarnos y medicarnos nosotros mismos cuando en realidad debemos ir al consultorio de un médico? ¿Y qué ocurre con pruebas que pueden diagnosticar algo realmente desagradable? Basta imaginar qué se sentiría si una noche cualquiera uno descubre que corre el riesgo de sufrir de cáncer de seno o mal de Alzheimer sin que haya alguien bien informado cerca.
Sólo se puede saber con certeza si las pruebas de autodiagnóstico “funcionan” mediante una evaluación controlada, lo cual pocas veces se hace. Las pruebas más sencillas se realizan completamente en casa, en cuestión de minutos, por lo general utilizando una muestra de orina o sangre en la cual los resultados muestran un cambio de color en el material sometido a prueba. En otras, la persona envía un pedazo de sí misma para que sea analizado: sangre para pruebas genéticas, uñas o cabellos para alergias, por ejemplo.
Algunos recurren al autodiagnóstico para detectar alguna condición o enfermedad (desde el embarazo hasta el VIH) y otros para identificar una predisposición o riesgo (desde osteoporosis hasta mal de Alzheimer). También hay quien le hace un seguimiento a un diagnóstico o al progreso de su tratamiento. Incluso se pueden encontrar pruebas para evaluar la salud mental.
Algunas pruebas pueden ser completamente inútiles; otras están basadas en sólidos conocimientos científicos pero ofrecen resultados incomprensibles. También hay pruebas que pueden revelar más de lo que se buscaba. Por ejemplo, un estudio reciente investigó las interacciones entre genes, ambiente, enfermedades del corazón y una variante genética que implica un riesgo particular para los fumadores. Si bien tal información podría terminar siendo utilizada en recomendaciones médicas y tratamientos para la salud, hay un inconveniente imprevisto: el gen que porta el riesgo de sufrir una enfermedad del corazón también está vinculado con la aparición temprana del mal de Alzheimer. Ninguna prueba, independientemente de que la realice el médico o usted mismo, es 100% exacta. Pueden dar falsos positivos o negativos y causar una preocupación indebida o una tranquilidad inapropiada. En el caso de los autoexámenes, el proverbio “sólo pregunte si puede aceptar la respuesta” adquiere todo un nuevo significado. l |