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Bebo, el grande
Con 86 años, uno de los pianistas e intérpretes de jazz más importantes de Cuba, vive una nueva ola de popularidad después del rotundo éxito de la producción Lágrimas Negras. Estampas conversó con el artista vía telefónica sobre su actual “golpe de suerte”. Idalia De León
Es una paradoja que el músico cubano Bebo Valdés viva un nuevo momento de popularidad, al mismo tiempo que sus compatriotas y contemporáneos integrantes del Buena Vista Social Club. Es una paradoja que tanto él, como los otros, hayan quedado registrados en sendos documentales, que en el caso de Valdés se trató de Calle 54 (2000), el filme del español Fernando Trueba, y en el de los segundos, del muy famoso Buena Vista Social Club (1999) del realizador alemán Win Wenders. Es una paradoja que sean las nuevas generaciones las que colmen los teatros donde estas leyendas vivientes pasan por alto, sin mucho esfuerzo, eso que llaman la tercera edad.
“Estoy como si estuviera de 20 años, firmando autógrafos, aunque sé que tengo 86”, dice Valdés, quien era como el eslabón perdido de los grandes de su generación, y quien, de haberse quedado en Cuba, probablemente también hubiese sido inmortalizado en el laureado filme de Wenders. Pero su destino le había reservado, vaya coincidencia, el tener larga vida para disfrutar otra vez del reconocimiento del público, pero esta vez —globalización de por medio— aprovechando las posibilidades audiovisuales del nuevo siglo.
En efecto, desde que Paquito D’Rivera lo convocó en 1995 para grabar Bebo Rides Again, CD que, ciertamente, marcó su regreso, Valdés no ha tenido descanso. El, considerado uno de los gigantes de la música cubana, y quien partió de la isla hace 42 años para radicarse, primero en México, y luego definitivamente en Estocolmo, Suecia, sólo dejaba escuchar su piano en los restaurantes de los hoteles de lujo de la ciudad. Ahora, devuelto al mundo de los grandes teatros y de los estudios de grabación, Caballón (así le dicen en alusión a su 1,90 de estatura), ha editado en los últimos años más de un puñado de discos, y el célebre éxito del álbum Lágrimas Negras, que hizo junto al cantaor Diego El Cigala, se convirtió en su carta de presentación para aquellos que ignoraban su existencia. Para aquellos que ignoraban que Valdés fue figura central del cabaret Tropicana, donde fue director musical por diez años; que fue Bebo quien, según algunos entendidos, inventó el mambo (y no Pérez Prado), cuando en 1946 grabó el tema Rareza del siglo junto con la orquesta de Julio Cueva; que se le atribuye ser el creador del Latin Jazz, y que tuvo en su orquesta a otro coloso de las noches habaneras de los cincuenta, a Benny Moré. También, que es el padre de otro grande del piano, Chucho Valdés, a quien Bebo considera el mejor.
 Solo de Bebo. Se llama Dionisio Ramón Emilio Valdés Amaro, pero todos le dicen Bebo. Su voz, al otro lado del teléfono celular, se siente jovial, enérgica y cálida. Le preocupa que la mala recepción de la señal atente contra la entrevista. Dice que se moverá a otro lugar para ver si la comunicación mejora. Conmueve imaginarlo desplazando su humanidad de un recinto a otro, calzando cómodamente en ese gesto tan contemporáneo que siempre viene acompañado con el “ya va que no te escucho bien”. Por fin, satisfecho, logra su objetivo.
Su acento cubano lo mantiene intacto, como si nunca hubiese salido del pueblo de Quivicán, donde nació el 9 de octubre de 1918. Modismos y cadencias no parecen haber cedido espacio a más de 40 años de cotidianidad nórdica. Nunca ha visitado Venezuela, pero ha tenido amigos de acá, como Billo Frómeta y Aldemaro Romero. “¿Está vivo?”, pregunta. Sí, le respondemos.
¿Cómo vive este nuevo aire de popularidad que lo mantiene tan ocupado por estos días?
“Es muy difícil de explicar. Esto que me ha pasado en la vida es un golpe de suerte. Es bueno que en mi vejez, antes de retirarme o de morirme, reciba este honor, esta atención del público. Imagínate que después de viejo y retirado vuelvo a salir a la luz del sol gracias al apoyo de Paquito D’Rivera. Todo esto me viene muy bien para mi salud y mi economía”.
¿Cuándo decidió ser músico?
“Mi madre me vio, cuando yo tenía cuatro años, que tenía afición por el piano, y a los siete u ocho años me pusieron a estudiarlo”.
En su juventud, ¿qué música influyó en su formación como creador?
“La de Cachao, con el mambo”.
¿Cuál es el ritmo que más le gusta interpretar?
“Cualquiera que sea bueno, sin excepciones”.
¿Con quién le gustaría tocar?
“Con los que sean figuras en su género. El que canta un bolero bien no puede cantar un mambo bien; el que canta un mambo bien no puede cantar un guaguancó bien. Un especialista del corazón no puede serlo también de los riñones, porque no, porque no lo es. Yo veo la música desde ese punto de vista”.
La experiencia en la película de Fernando Trueba el Milagro de Candeal, la cual lo llevó a tocar al lado de Carlinhos Brown, ¿qué legado le dejó? ¿Había estado tan cerca de la música brasileña?
“Desde que empezaron Ary Barroso y Antonio Carlos Jobim por los años cuarenta, siempre he sentido mucha pasión por la música brasileña. También soy fanático de la religión Yoruba, la cual considero parte mía porque tengo raíces africanas. Yo ando buscando mi parte Yoruba, mandinga, en cualquier lugar. Me han dicho que puedo encontrar mucho en Salvador de Bahía, Brasil. He encontrado algo, pero todavía me falta mucho”.
¿Y qué tal la experiencia de trabajar con Carlinhos Brown?
“Carlinhos Brown es un Dios, un hombre fuera de serie en todo”.
Ya salió al mercado Bebo Solo, su nuevo disco...
“Es una cosa que dediqué a Cuba. Hago un recorrido por los grandes compositores cubanos, a partir de 1817. Allí están Manuel Saumell Robledo, padre de la música clásica cubana, junto con Ignacio Cervantes, pero además tenemos a Miguel Faílde, creador del danzón. También tenemos a Miguel Matamoros. Ya en 1900, incluimos a Cachao y a Arsenio Rodríguez. El problema fue cuando llegamos al 2000 porque no encontramos una grabación buena en mi país, de músicos que toquen este tipo de música como la danza y la contradanza. Entiendo las razones, porque no se trata de música bailable. Lo que no entiendo es por qué si tenemos una música clásica tenemos que olvidarla. Es verdad que es necesario estudiar a Mozart, a Debussy, Chopin, pero no se puede olvidar la música cubana. Imagínate que en Venezuela no se toque el Alma Llanera y que Juan Bimba no sea el individuo que represente a ese país. Yo quiero regalarle este disco a las nuevas generaciones”.
 De tener la oportunidad de ir a Cuba ¿a cuál lugar elegiría ir?
“Yo no voy a irmientras siga el régimen”.
¿Qué extraña de Cuba?
“Mi madre fue lo más grande que existió en mi vida, mis amigos. De todas maneras, todo lo que pasó ya es un sueño, mi niña. Hablar de eso es como soñar. Claro que lo extraño, es mi país, pero hay que tener un poco de civismo en la vida. Yo me fui de mi país porque no me gustaba el régimen, porque no me da la libertad que yo necesito. Yo no hago política, no soy amigo ni de los derechistas ni de los izquierdistas. Digo las cosas que yo quiero. Yo no odio a nadie, no critico a nadie. Cuando no me gusta me separo. Yo no voy a Cuba porque no me interesa, porque no tiene constitución, y la segunda razón es que no me gustan los dictadores, ni de izquierda ni de derecha. Mi lema es que no creo que sean buenos para ningún pueblo”.
De los integrantes del Buena Vista Social Club, ¿a quién conoció?
“Los conocí a casi todos, aunque no tuvimos mucho contacto porque yo me dedicaba más al jazz y a hacer arreglos. Conocí a varios, a Ibrahim Ferrer, quien fue cantante de mi orquesta; a Puntillita, quien murió; a Compay Segundo que también murió, a Omara Portuondo, quien cantaba con María Teresa Vera...”.
¿Los ha vuelto a ver?
“No, además varios de ellos ya murieron”.
¿Cuál bolero le marcó la vida?
“Marta de Moisés Simons”.
¿Qué recuerda de María Teresa Vera?
“Es la mejor compositora que ha dado Cuba”.
Si tuviera que revivir a un músico, ¿a quién reviviría?
“A Ernesto Lecuona”. l ideleon@eluniversal.com
Dúo dinámico
Fernando Trueba, el director de cine español, y gran amigo de Valdés, se ha convertido en su mentor y testigo de sus más recientes movimientos artísticos. Bajo su sello discográfico Calle 54, se han editado las más recientes creaciones de este maestro del piano.
La amistad Trueba-Valdés comenzó en 1999, cuando el cineasta viajó a Estocolmo en busca de Bebo para invitarlo a participar en su película Calle 54, en la que se rinde tributo a las figuras más representativas del jazz latinoamericano. Después, lo acompañó en el proyecto de grabar El arte del sabor junto a Cachao López, Carlos “Patato” Valdés y Paquito D’Rivera, producción que mereció dos premios Grammy. “Como la vida ya era imposible sin Bebo”, dice Trueba, emprendieron la siguiente empresa, cuyo increíble éxito parece no sólo descansar en el genio de dos artistas, sino en el haber amalgamado sabiamente el sentimiento de dos culturas hermanas.
Se trata, claro está, de Lágrimas Negras, trabajo en el que Diego El Cigala desgarró los más representativos boleros. Se sabe, por cierto, que la segunda parte de Lágrimas Negras ya está lista, pero la fecha de salida al mercado todavía es una incógnita. Luego siguió We Could Make Such Beautiful Music Together, junto al violinsita uruguayo Federico Britos, y posteriormente fue convocado otra vez por Trueba a participar en la película el Milagro de Candeal al lado del cantautor brasileño Carlinhos Brown, filme que culminó con la grabación de un CD homónimo.
El año pasado grabó, también por iniciativa de Trueba, uno de sus proyectos más ambiciosos, que ya ha llegado a las disqueras venezolanas. Se trata de Bebo de Cuba, un CD doble conformado por la Suite Cubana (pieza para 21 músicos) y El solar de Bebo (para 11 músicos), sumando 18 temas de su autoría que demuestran la particular mirada que Bebo otorga a la música de su tierra. Como no era suficiente, el incansable artista grabó este año Bebo Solo (que probablemente se encuentre en octubre en el país), donde se pueden escuchar temas como Echale Salsita, La Bayamesa o Ya yo no vuelvo a querer, entre otras emblemáticas piezas cubanas.
“Tengo cientos de recuerdos inolvidables de esa temporada en el cielo con Bebo –dice Trueba—. Pero si tengo que elegir un momento entre todos, me quedaría con la cara del viejo cuando el primer día de ensayos oyó a la banda arrancar la primera lectura del primer tema. Sus ojos se iluminaron y su sonrisa de niño eterno apareció, irreprimible, en su cara. Era felicidad”. |
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