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Coincidencia fatal

La víctima se encontraba en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Max Haines

TODO ASESINATO es reprehensible, pero hay algo particularmente obsceno cuando una persona inocente se convierte en víctima por el mero hecho de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Tal asesinato tuvo lugar en abril de 1947, en Londres, Inglaterra. Tres hombres jóvenes, armados, entraron en una joyería. Los tres llevaban máscaras. Uno se mantuvo vigilando la puerta, mientras que los otros dos registraron la tienda, gritando órdenes a los clientes y empleados: “Echense hacia atrás y no se muevan”.

Un joven dependiente movió una de sus manos bajo el mostrador hasta que pudo encontrar el botón de alarma. La señal hizo aparecer al gerente, quien se encontraba en el almacén. A primera vista sopesó la situación y, no muy sabiamente, intentó arrebatar a uno de los bandidos la pistola.

Los otros ladrones vieron lo que estaba pasando y empezaron a golpear al gerente en la cabeza. Durante la pelea se escapó un tiro. Aunque nadie fue alcanzado, la situación asustó a los ladrones, que rápidamente salieron a la calle para escapar en su auto.

El conductor asignado se puso tras el volante, seguido de cerca por sus dos compañeros. Pero no estaban de suerte ese día: un camión había estacionado frente al vehículo e interrumpía el paso. El trío abandonó el carro.

Varios testigos vieron a los ladrones correr calle abajo. El gerente, con la sangre corriendo por su cara, salió en su búsqueda. Sin quererlo, un hombre en una motocicleta se atravesó en el camino de los asaltantes que iban huyendo. El conductor de la motocicleta, Alec de Antiquis, intentó bajarse. Se disparó un tiro y el infortunado Antiquis cayó en el pavimento de la calle Charlotte, muerto, con una bala en la cabeza.

Un testigo del tiroteo sacó un pie y le puso una zancadilla a uno de los ladrones, pero se dio por vencido cuando un segundo bandido le pateó la cabeza.

Los tres pistoleros consiguieron escapar. En el pavimento yacía Alec de Antiquis, de 26 años. Alec era un hombre trabajador, casado y con seis hijos. La noticia del atrevido robo a plena luz del día y su trágica conclusión se extendió por Londres. Testigos oculares pudieron dar una vaga descripción de los delincuentes. De estas descripciones, Scotland Yard publicó un boletín.

A pesar de los esfuerzos, pasaron tres días antes de que los detectives tuvieran una pista sólida. Un taxista apareció con información sobre el día del asesinato y declaró que un hombre joven, con un pañuelo en el cuello, saltó en el capó de su auto mientras estaba andando. El taxista lo hizo caer, y se dio cuenta de que el joven se metió corriendo en un edificio de oficinas de Tottenham Court Rd.

Los detectives recorrieron el edificio. Un chico de 14 años, empleado de una de las oficinas, recordó un extraño suceso que ocurrió el día del asesinato. Dos hombres jóvenes se precipitaron dentro del edificio, apartándole hacia un lado antes de irse escaleras arriba. Cuando se marcharon, el joven pensó que era extraño que aunque ambos llevaban chaquetas al entrar en el edificio, cuando salieron sólo uno la llevaba puesta.

El edificio fue registrado meticulosamente. Por supuesto, en una oficina vacía, la policía encontró una gorra, una chaqueta y un trapo de tela blanca, que había sido usado como máscara. La chaqueta se rastreó hasta una fábrica de Leeds, que logró rastrear su venta en una tienda del sur de Londres. El vendedor recordaba haber vendido la prenda de vestir, y fue capaz de encontrar el recibo de venta, con nombre y dirección.

La policía se apresuró a la casa de una joven pareja del sur de Londres, quienes admitieron inmediatamente que la chaqueta era propiedad del hombre de la casa. Sin embargo, se la había prestado al hermano de su mujer, Charles Henry Jenkins, de 23 años, quien vivía en Borstal. Jenkins fue interrogado pero no admitió nada. Cuando se le informó de que iba a ser puesto en una línea de personas para ser observado por dos docenas de testigos, declaró: “Supongo que es por la chaqueta, pero no les diré dónde estaba yo hasta que se acerque el final. Yo no soy un informante. Ustedes no creen que yo podría disparar”.

Veinticuatro testigos fallaron a la hora de elegir a Jenkins entre los participantes de la fila. Scotland Yard estuvo a punto de dejar al hombre en libertad. Inexplicablemente, Jenkins, voluntariamente, declaró a la policía que él había prestado la chaqueta incriminatoria a un hombre llamado Walsh. Los detectives dudaron mucho de esta información, pero tuvieron éxito localizando a Walsh y recuperaron varios relojes robados, botín de un asalto que se había producido cuatro días antes de que Antiquis fuera asesinado.

Walsh, dándose cuenta que podría ser fácilmente implicado en un homicidio, decidió contar todo. Admitió haber tomado parte en el robo anterior. Sus compañeros habían sido Jenkins, Christopher James Geraghty, de 20 años, y John Peter Rolt, de 17 años. Walsh también insistió en que no había tenido nada que ver con el segundo robo y el subsecuente asesinato de Antiquis.

La policía quería saber por qué Jenkins señaló a Walsh. La razón se hizo obvia. Walsh reveló que se había negado a repartir el botín del robo previo con sus compañeros. Jenkins estaba furioso y decidió buscarle problemas a su anterior compañero de crimen.

Dieciocho días después del asesinato, Jenkins, Geraghty y Rolt fueron detenidos. Geraghty fue el primero en romper el silencio. Admitió que él había disparado el tiro en la joyería, y mucho más importante, había disparado el arma que había matado a Antiquis. “Estaba en medio. Disparé, intentando asustarle”, explicó Geraghty.

Cuando Rolt oyó que su compañero había confesado, admitió ser el conductor del coche robado para la huida. Jenkins y él se habían escondido en el edificio de oficinas.

Jenkins, Geraghty y Rolt fueron juzgados por asesinato en Old Bailey. El jurado deliberó sólo 50 minutos antes de encontrar a los tres hombres culpables.
Rolt fue afortunado. Ya que tenía menos de 18 años, se libró de la horca. Se le ordenó “detención mientras su majestad lo considere oportuno”.

Jenkins y Geraghty fueron sentenciados a muerte. Ambas sentencias fueron apeladas. Jenkins, en particular, pensó que nunca sería ejecutado ya que no había disparado el tiro mortal. Sin embargo, la ley claramente establece que si se produce un asesinato durante la perpetración de un delito mayor, todos los participantes son igualmente culpables.

Cinco meses después de que Alec de Antiquis muriera en las calles de Londres por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado, Charles Henry Jenkins y Christopher James Geraghty fueron colgados en la prisión de Pentonville. l

Ilustraciones: David Márquez

 
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