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El corazón
de las tinieblas

Las cosas fueron
difíciles para Jake Hoff

Luego de nacer en Arad, Rumania, en un hogar de padres pobres, se vio obligado a salir a trabajar
a la edad de 11 años. Probablemente el mejor período en la vida de Jake fueron los cuatro años que pasó en el ejército húngaro durante la I Guerra Mundial.

Al terminar la guerra trabajó como mecánico y minero
en Alemania. Pese a ser
un trabajador esmerado,
a menudo pasaba largos períodos de tiempo desempleado. En 1920 se casó. Él y Kati se sentían cada vez más desalentados por la incertidumbre de la vida en la Europa de posguerra.

Kati tenía debilidad por los hombres. En dos ocasiones dejó a Jake por otros amantes, pero en ambos casos él logró convencerla de regresar. Él sabía que debía realizar un cambio drástico si quería conservar a su esposa. Decidió mudarse a Canadá, donde había escuchado que abundaban las oportunidades para un trabajador como él.

Jake llegó solo a Canadá. Trabajaría duro y le enviaría dinero a Kati para que se reuniera con él. Pasó un año hasta que ahorró suficiente dinero para el pasaje de Kati. Los Hoff se establecieron en Windsor, donde Jake trabajaba como vendedor de pescado por ocho dólares a la semana. Eso no alcanzaba para cubrir los gastos, así que Kati alquiló un cuarto para inquilinos, a los cuales les cobrara 50 centavos semanales por cabeza.

La vida de los Hoff no era exactamente el sueño que tenía Jake durante los tiempos duros en Europa, pero no todo era malo. Kati se había calmado. Ambos vivían felices en su residencia. Pero, ¿no siempre encuentra la mosca el camino hasta la miel?
En este caso, la mosca era uno de los inquilinos, un joven inmigrante alemán, de quien Jake sospechaba que tenía una aventura con su esposa. Le ordenó al hombre que se marchara de su casa. El inquilino se rehusó. Finalmente, Jake, quien medía apenas 1,65 metros, armó tal algarabía que el joven se mudó a otra posada a pocas cuadras de distancia.

El golpe final fue cuando Kati dejó a Jake para vivir con su nuevo amante. El 19 de mayo de 1933, Jake, entonces de 39 años, salió a cazar a su mujer. La encontró caminando en las calle. Kati se volteó para enfrentar a su esposo, sin dudar que recibiría una diatriba en plena calle. En lugar de ello, sus ojos se abrieron horrorizados cuando Jake sacó un revólver Iver Johnson de su bolsillo. Sólo dijo:"En Canadá, las damas primero, Kati". Luego apretó el gatillo.

Falló el primer disparo, pero el segundo fue directo a la columna vertebral, mientras que un tercer tiro calibre 38 le dio en la cabeza. Kati Hoff cayó muerta en la calle. Jake apuntó el revolver a su sien derecha y disparó. Lo llevaron de emergencia al hospital, donde lo operó el doctor D. S. Wigle. Varios fragmentos de hueso le fueron retirados del cerebro. Estuvo al borde de la muerte durante dos semanas antes de comenzar a recuperarse gradualmente. No se mató, pero después de la operación quedó totalmente ciego.

Jake fue enjuiciado, encontrado culpable de homicidio involuntario y sentenciado a cadena perpetua. Imploró que lo colgaran, pero en lugar de ello fue internado en la Penitenciaría de Kingston para que cumpliera su pena. Aunque parezca increíble, Jake Hoff, ciego, pasaría cerca de tres décadas detrás de los barrotes. Él era una especie de novedad en Kingston, y lo consideraban tan inofensivo que a menudo dejaban abierta la reja de su puerta.

Recibió poca correspondencia a lo largo de los años. Un hermano en Alemania le enviaba tarjetas de Navidad. El Instituto Nacional Canadiense para el Ciego (INCC) proporcionaba libros en alfabeto Braille, pero Jake no leía ni escribía inglés. Los libros no le servían para nada.

La mayor parte del tiempo se sentaba y fumaba, además de tantear el piso de concreto con su bastón blanco. Otros prisioneros no lo tomaban en cuenta. Era como si no existiera, algo que no molestaba a Jake, quien siempre había sido un tanto solitario. Los años pasaron y el ciego Jake envejeció. En muchas ocasiones pudo solicitar libertad bajo palabra, pero ninguna organización estaba preparada ni dispuesta a cuidar al hombre ciego. No tenía amigos ni familia. Jake Hoff se encontraba en un oscuro vacío, sin luz ni esperanza.

En realidad, no era culpa de nadie. A lo largo de los años, los funcionarios de la penitenciaría habían intentado sacar a Jake. A comienzos de la década de los años cuarenta, el INCC, sección Kingston, aceptó ocuparse de él, pero dado que no se pudo encontrar ningún patrocinante financiero, retiró la oferta.

El INCC, sección Toronto, también estuvo de acuerdo en cuidar de Jake, pero exigió asistencia financiera en caso de que se volviera inválido. Esta garantía no se pudo proporcionar. En una oportunidad, una hermana de Jake, Anna Lenner, fue localizada en Chicago. Aceptó cuidar a su hermano, pero el gobierno de Estados Unidos le prohibió entrar al país.

Reos compasivos le proporcionaban a Jake dinero para comprar cigarrillos, de forma que pudiera continuar con su único lujo, aunque ser un fumador empedernido empeoró su asma. En 1961, a la junta de Providence Villa of Scarborough le presentaron los hechos concernientes al convicto ciego, quien había pasado tantos años en prisión. Los gobiernos federal y de Ontario se comprometieron a aportar tres cuartas partes de los 3,40 dólares que representaban los gastos diarios de supervivencia de Jake. Providence Villa aceptaría a Jake y cubriría todos los demás gastos.

El 7 de marzo de 1962, Jake Hoff fue liberado de la Penitenciaría de Kingston después de pasar encerrado 28 años, seis meses y siete días, una de las condenas más largas que se hubiera purgado en una institución penal en Canadá. Lloró al dejar una celda fría que jamás había visto. Jake, entonces de 68 años, no se encontraba muy saludable. Había desarrollado asma mientras estaba en prisión y también sufría de una enfermedad cardíaca.

Sólo podemos imaginar cómo habrá sido el viaje de Kingston a Toronto, el primero que realizara Jake en casi 30 años. Tuvo la experiencia de escuchar sonidos que no había oído en décadas. Jack nunca más podría disfrutar del paisaje.

En Providence Villa, Jake ganó peso. Mejoró del asma. Parecía disfrutar su nueva libertad, pero seguía tanteando el piso con su bastón blanco, como había hecho durante tantos años en prisión. El hombre al que nadie recordaba se convirtió en noticia al ser liberado de la cárcel. El escritor Don Townson entrevistó a Jake. Le preguntó: "¿Qué haría si pudiera ver nuevamente durante unas pocas horas?"
Sin vacilación, el ciego respondió: "Le dispararía al hombre que huyó con mi esposa". Un empleado de Providence Villa, actualmente conocida como Providence Centre, me dijo que Jake Hoff murió allí el 21 de marzo de 1965.

Traducción: José Peralta
Ilustraciones: David Márquez
davidmarquez@cantv.net

 
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