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TOPARSE
CON EL DEMONIO

Un asesino en serie francés esperaba a sus víctimas en su
momento de más vulnerabilidad


Se suele creer que los asesinos en serie constituyen un fenómeno reciente. Sin embargo, ése no es el caso. A lo largo de la historia del crimen, siempre ha habido depredadores que han convertido a otros humanos en sus presas, cometiendo los asesinatos más abominables que puedan imaginarse.

Joseph Vacher era uno de los 15 hijos de una respetable familia francesa. Siendo joven se unió a una orden religiosa, pero pronto llegó a la conclusión de que la vida eclesiástica dejaba mucho que desear. Abandonó la orden y se dedicó a la actividad más ardua de peón de granja.

En 1888, Joe intentó violar a un empleado, pero sólo consiguió una reprimenda. Fue alrededor de este período que contrajo una enfermedad venérea, por la cual recibió tratamiento en un hospital de Grenoble. Al ser dado de alta, su estado empeoró y necesitó una operación en Antiquaille, donde le extirparon una minúscula porción de un testículo.

Una vez fuera del hospital, aunque un poco adolorido, Joe se dirigió a Lyons, donde consiguió empleo en un depósito. Fue aquí donde exhibió por primera vez sus repentinos cambios de humor. El hombre podía estar calmado en un momento y encenderse de rabia un segundo después.

Su trabajo fue interrumpido abruptamente cuando lo reclutó el ejército francés, institución en la cual pronto fue ascendido a cabo. Como una especie de celebración, Joe se hizo un corte en su propio cuello. Mientras se recuperaba de esta exuberante demostración, se volvió insomne. A fin de matar tiempo en las largas noches, habitualmente corría por las barracas esgrimiendo una navaja, lo cual tenía el efecto de arruinar el descanso de sus compañeros.

El cabo se esforzó mucho para llegar a sargento, pero en lugar de ello fue enviado al hospital a observación. Pocas semanas después fue dado de alta, totalmente sano.
En junio de 1893, menos de un año después de que la señorita Borden fuera acusada de descuartizar a su madre y su padre en Massachusetts, Joe conoció a una joven llamada Louise. Dado que Louise no lo rechazó de inmediato, él se sintió alentado. Su júbilo se ensombreció cuando ella rechazó sus más ardientes avances. El hombre no lo tomó bien. Le disparó a la chica en la quijada y otras dos veces en el cuello. Por fortuna, era un pésimo tirador y las tres heridas resultaron ser superficiales. Luego, apuntó el arma contra sí y, aunque su puntería no era perfecta, se infligió mucho más daño a su persona que a Louise. Se hirió el ojo derecho, que, a partir de entonces, siempre estuvo inyectado de sangre y medio cerrado. La bala también dañó un nervio facial, lo cual causó una parálisis parcial del lado derecho de su rostro.

Después del episodio de los tiros, Joe fue confinado a un manicomio, pero en poco tiempo lo liberaron. Se convirtió en un paria, vagabundeando por toda Francia.
El 20 de mayo de 1894, Eugenie Delhomme, de 21 años y empleada de una fábrica, estaba en una carretera rural cerca de Vienne, donde esperaba a su novio. Justamente fue el novio quien encontró su cuerpo, terriblemente mutilado.

Años después, durante su juicio, Joe reveló: "Una especie de frenesí me impulsaba ciegamente a cometer mis crímenes. Nunca busqué víctimas. Encuentros casuales decidían su destino. No es necesario compadecerse de esas pobres criaturas. Ninguna de ellas sufrió más de 10 minutos".

Seis meses después, Louise Marcel, de 13 años, se convirtió en la segunda víctima de Joe Vacher. Desafortunadamente, al igual que en muchos de los asesinatos de Joe, un hombre inocente era acusado. En este caso y en todos los sucesivos, estos hombres fueron posteriormente exonerados.

El 12 de mayo de 1895, Adele Mortureux, de 17, fue estrangulada, apuñalada y destripada. Dos meses después, la señora Morand, una viuda de 60 años, fue despachada al otro mundo. Apenas una semana después Joe atacó de nuevo. En esta ocasión, la víctima era un joven pastor, Víctor Portalier, del pueblito de Onglas.
El 1° de marzo de 1896, la pequeña Alphonsine Derouet, de 11 años, fue abordada cerca de Noyen, cuando se dirigía a misa. Por primera vez en su censurable carrera, Joe fue interrumpido en medio de uno de sus asesinatos. Un hombre escuchó a la niña gritar, corrió en su ayuda y encontró a Joe cuando se ocultaba en una zanja. Una pelea tuvo lugar. Joe pateó al hombre en una pierna, lo cual lo dejó aturdido momentáneamente y le permitió huir corriendo. El hombre, sin duda valeroso, le pudo dar a la policía una buena descripción del asesino. Cabe recordar que el aspecto de Joe, con su ojo medio cerrado y rostro parcialmente paralizado, no era fácil de olvidar.

Ocho días después del asesinato de Alphonsine Derouet, Joe fue arrestado por vagancia y sentenciado a un mes de cárcel. Pese a su distintivo aspecto, nadie lo relacionó con la serie de brutales asesinatos. Éstos continuaron.

Se cree que Joe Vacher fue responsable de 11 asesinatos, que más tarde confesó haber cometido. Su serie de crímenes puede atribuirse al hecho de que constantemente estaba desplazándose de un lugar a otro.

Por otra parte, hace más de 100 años, la comunicación entre los distritos judiciales de Francia no era tan eficiente como lo es hoy en día. Pero 11 asesinatos similares en tres años era demasiado. La policía divulgó una detallada descripción del hombre que consideraban responsable. Cientos de los 250.000 vagabundos de Francia fueron detenidos e interrogados.

El 4 de agosto de 1897, a las seis de la mañana, Joe Vacher, mientras tocaba un acordeón, se acercó a la casa de Jean Pierre Badel. Badel le dio al vagabundo una rebana de pan y algo de dinero. En lugar de alejarse de su puerta, el hombre se quedó allí. Badel tenía oficios del hogar que realizar y no le gustaba la apariencia del vagabundo. Le tiró la puerta en su cara, lo cual, sin duda, le salvó la vida. Observó mientras el hombre se alejaba arrastrando los pies.

Pocas horas después, Joe se tropezó con Marie Eugenie Plantier, quien había ido al bosque Bois des Pellerier con su esposo e hijos a recoger piñas de pino.
Plantier estaba sola cuando Joe se le acercó sigilosamente por detrás y le tapó la boca con sus manos. La aterrada mujer era más grande y fuerte que cualquiera de las víctimas anteriores de Joe. Forcejeó y se liberó. Sus gritos atrajeron a su esposo, quien vino corriendo. Tomó una gran piedra y la estrelló contra el rostro de Joe. Luego le saltó encima.

"Una especie de FRENESÍ me impulsaba ciegamente a cometer mis crímenes. Nunca busqué víctimas. Encuentros CASUALES decidían su destino... ninguna de esas pobres criaturas sufrió más de diez minutos"

Madame Plantier y varios niños contribuyeron con golpes y patadas al hombre caído. Era claro que Joe había encontrado la horma de sus zapatos. Intentó liberarse del aprieto con un engaño, diciéndole al hombre que le estaba dando una severa paliza: "No ataqué a su esposa, fue mi compañero".

Plantier no le creyó nada. Joe sacó unas tijeras de un bolsillo y logró causarle una herida menor a su adversario. Justo en ese momento, un campesino, Henri Nodin, quien trabajaba en las cercanías, llegó al lugar de la pelea. Él y Plantier dominaron a Joe y se llamó a la policía de St. Peray.

Pronto se dieron cuenta de que habían capturado al asesino más despiadado de Francia. Varios testigos que habían visto al vagabundo cerca de los lugares de distintos asesinatos identificaron a Joe.

Durante un tiempo defendió su inocencia, pero, a medida que se acumulaban las evidencias en su contra, cambió de parecer y confesó todos los asesinatos que le atribuían.

Para demostrar su credibilidad, condujo a la policía hasta el cadáver de un vagabundo llamado Beaupied, a quien había atacado sexualmente y asesinado.
El 28 de octubre de 1898, un jurado francés encontró a Joe Vacher culpable del asesinato del joven pastor Víctor Portalier. Fue ejecutado en la guillotina.

Traducción: José Peralta.

Ilustraciones: David Márquez. davidmarquez@cantv.net

 
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