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Fragmentos de una alocución de Belisario Betancur, ex presidente de Colombia, leída en el XIX Congreso Colombiano de Cardiología, Cartagena de Indias
Hablando con el corazón en la mano, la verdad es que no he sido yo partidario ni copartidario del corazón. Son muchas las tribulaciones que me han llegado por su culpa, empezando por una arritmia congénita que ha dado más de un susto a mis médicos de cabecera, ante mi sonriente escepticismo por saber en dónde estaba la clave que hacía enloquecer el electrocardiograma y lo convertía en un cuadro cubista de Picasso o de Braque. Familiarmente me ha dado, asimismo, muchos sinsabores, el último, la muerte inesperada de mi esposa, Dalita... quien me trajo una arritmia diferente. Para no hablar de otras intimidades sentimentales que desbordaban los límites del conocimiento y la delgada precisión de la cirugía, y sólo encontraban lenitivo en los poderes insondables del alcohol, y el consuelo inmarcesible de Agustín Lara y Gardel, entre otros, quienes se dolían con estas terapéuticas palabras...
Ya no estás a mi lado, corazón,
en el alma sólo tengo soledad... Tuyo es mi corazón /Oh sol de mi querer...
Sin llevarle más que una canción/un pedazo de mi corazón....
Tú eres su esclavo/maldito corazón
No estés confiado corazón/tarde o temprano llorarás...
Escucha, negrita linda /qué es lo
que tengo en el corazón...
O aquella inconsolable actuación
del enterrador:
Enterraron por la tarde
a la hija de Juan Simón
y era Simón, en el pueblo,
el único enterrador...
Y todos le preguntaban,
¿de dónde viene, Simón?
Y él, enjugando los ojos,
contestaba a media voz:
soy enterrador y vengo
¡de enterrar mi corazón!
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O aquel son del exilio:
Cuando salí de Cuba
dejé mi vida, dejé mi amor.
Cuando salí de Cuba
dejé enterrado mi corazón.
O aquel interrogatorio irremediable:
¿Dónde estás, corazón?
¿No oigo tu palpitar? Más transparentes pero no menos irremediables desde el punto de vista médico, son los estremecimientos líricos de Federico García Lorca y de don Antonio Machado...
De García Lorca:
Mi corazón oprimido
Siente junto a la alborada
El dolor de sus amores
Y el sueño de las distancias
De Machado:
En el corazón tenía
la espina de una pasión.
Logré arrancármela un día.
Ya no siento el corazón.
¡Aguda espina dorada,
quién te pudiera sentir
en el corazón, clavada!
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Es visible que más de una razón vivencial explica mis reluctancias y displicencias frente al órgano que nos ocupa. Lo cual no es equivalente a displicencias ni reluctancias en torno al saber científico de los cardiólogos, en cuyo conocimiento y amor profesional encuentro plenitud y responsabilidad. Guardo dudas, eso sí, sobre su pericia para el tratamiento de las deficiencias cardiovasculares que recogen boleros, tangos y poemas; y que históricamente han requerido de tratamientos como el despecho, la serenata y la bohemia.
Con relación a esta última terapéutica, cada año se realiza en la hermosa ciudad de Pereira el Festival del Despecho, para lo cual se dan cita todos los enfermos del corazón cuyas tribulaciones encuentran, si no curación científica o milagrosa, sí el consuelo de la compañía de otros doloridos del mismo dolor; y, desde luego, el lenitivo de la alienación o de la ensoñación o del olvido. No faltan allí, doy fe de que es cierto, quienes envían sus dolencias al cerebro y a la cabeza que lo contiene —la cual quieren perder o la tienen ya perdida— o al hígado que lo padece... Los dolores del amor no procederían, por tanto, del calumniado corazón, sino de una hepatitis. Y carecería de razón Eduardo Carranza cuando confiesa, en el Soneto con una salvedad, que salvo mi corazón, todo está bien. Tampoco tendrían razón los surrealistas cuando decían: Por tu amor me duele al alma, el corazón y el sombrero...
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