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Resulta difícil —ante estas historias— esquivar la sensación de que se está frente a gente fuera de lo común. Son personas que asumieron como proyecto de vida el deseo de ayudar a los demás. Aquí, sus testimonios. Idalia De León/ María Elisa Espinosa. Fotos: Douglas Alzurutt

"También tendemos cualquier niño que salga
del colegio y se quiera venir
para acá... Nosotros tenemos la puerta
abierta para que
los niños vengan"

Anunciación Perafán

Desde 1983, Anunciación Perafán lleva adelante una iniciativa en el barrio El Guarataro, encaminada a evitar la deserción escolar y lograr, además, que los niños que nunca han recibido educación formal o la hayan abandonado, tengan la oportunidad de insertarse en el sistema educativo. Ella y Ricardo Bolívar son las caras visibles de la Asociación Civil Proyecto de Educación Complementaria, y los responsables, junto con otros amigos solidarios, de que el sueño de salvar a cada vez más niños de una vida incompleta, sea posible.

Ella supo desde niña que su vida estaría dedicada al servicio de los necesitados. “Eso me debe venir de mi papá, Francisco Perafán; él era un filántropo fuera de serie. Otro dato —nada accesorio en la vida de Anuncia— fue su tránsito de 16 años por la congregación de las Dominicas de La Presentación.

En 1997 recibió en comodato el Centro de Atención Comunitaria Saturna de Vásquez, en el sector El Obispo de El Guarataro, y se firmó un convenio con el Instituto Nacional del Menor para aplicar el Programa de Atención Comunitaria en esa sede. Allí ofrecen cursos de manualidades, pintura, computación y tareas dirigidas. “También atendemos a cualquier niño que salga del colegio y se quiera venir para acá. Ellos llegan y dicen: ‘Anuncia, quiero agua’, ‘Anuncia quiero jugar’. Nosotros tenemos la puerta abierta para que los niños vengan; algunos almuerzan acá gracias a una subvención privada”, relata. La piedra angular del programa es la atención extraescolar, evitar la deserción escolar, lo cual significa evitar que los niños del barrio comiencen a formar parte de las pandillas juveniles, que se conviertan en desocupados.

La rutina de Anuncia se inicia a las 6 de la mañana. Cada día, ella tiene que bregar para que los chicos tengan un padrino que financie sus útiles escolares y su alimentación; acompañarlos en su formación, encontrarles cupo en un liceo, descubrir cuál está más urgido, encontrar recursos y manos amigas que den su aporte para que esta iniciativa pueda seguir siendo posible.

Las 11:00 pm marca el fin de la faena. “No voy a inventarte romanticismos, la verdad es que cuando me acuesto siempre agradezco tener la posibilidad de descansar”. Lleva una vida que no da lugar para los paréntesis. “Cuando los niños se están bañando, improviso una camita con sus morrales y descanso un poco”.

“Para hacer esto se necesita estar decidido, consciente, ser responsable de tu rol histórico, ser coherente con lo que Dios te pide y te ha dado. No es sólo el corazón, es que Dios está caminando con nosotros”.

Coordenadas: Asociación Civil Proyecto de Educación Complementaria. Telfs.: 451.0598 - 0416-422.9067

"La hermana Reyna
es una de las seis monjas
que viven y atienden este centro. La mayoría
de ellas supera los 60 años. Dos de ellas tienen más de ochenta y tantos"

Hermana Reyna

Depósito donde se almacenan los enseres y algunos donativos que recibe la institución, así es la oficina de la hermana Reyna en el Ancianato de la Providencia. “Es la más linda de todas”, dice, mientras desocupa una silla. La hermana ingresó en la Congregación Hermanitas de los Pobres de Maiquetía cuando tenía 18, pero desde que tenía 13 años sentía afinidad por los ancianos, tanta, que el dinero de su merienda se los entregaba a los “viejitos”, como les dice ella.

La hermana Reyna es una de las seis monjas que viven y atienden este centro, en colaboración del personal contratado que se ocupa primordialmente de la limpieza y del mantenimiento. La mayoría de ellas supera los 60 años. Dos de ellas tienen más de ochenta y tantos y se les observa desplazarse lenta pero decididamente por los impecables y amplios pasillos del ancianato.

“Caramba, abuelito, levante un poco los pies porque si no se puede caer ¿Por qué anda tan torcidito hoy?, si usted en la mañana amanece caminando bonito”, le dice la hermana Reyna a un señor que, ayudado por un bastón y por otro compañero tan sólo un poco más joven que él, intenta encontrar el camino hacia su cama. En el lugar viven 92 ancianos los cuales reciben techo, ropa y alimentación gracias a donativos privados.

Ella tiene 68 años, y también se ayuda con un bastón. Desde los 28 años padece de artritis y sus manos y su manera de caminar la denuncian abiertamente. A pesar de la molestia que representa, dice que si se trata de la voluntad de Dios, ella no tiene problema en acatarla. Antes se ocupaba de atender la enfermería, de hacer las camas. Ahora vigila que la limpieza la hagan bien, que las tareas de mantenimiento efectivamente se cumplan; cuida lo concerniente a las comidas de los ancianos, de que todos coman. También conversa con los abuelos. “Ellos creen que con cinco bolívares se puede comprar mucho. Como acá tenemos una máquina expendedora de refrescos, uno de los abuelos me pregunta: ¿Cuánto vale esa botella, hermana? ‘Mil bolívares’, le respondo. ‘¡Cómo, si con mil bolívares yo me compro un pantalón!’. Ellos piensan que las cosas todavía cuestan sólo un medio”.

La hermana Reyna tiene 23 años en el Asilo La Providencia, y cuando llegó, recuerda, el lugar estaba en otras condiciones. Reconoce que la labor de las diferentes madres superioras que han pasado por el asilo ha traído sus frutos. El ancianato tiene 113 años, pero pasó por distintas sedes antes de que se construyera el edificio de dos pisos que constituye la sede actual y que está ubicada en la Avenida San Martín, muy cerca de la Maternidad Concepción Palacios.

Coordenadas: Ancianato de la Providencia. Telf.: 462.6759

"El mismo tiene que
atender a quien llega
con VIH. Tiene que verlos
a la cara, conversar
con ellos y convencerlos
de que pueden llevar una
vida normal"

Carlos Quintero

Escribir que Carlos Quintero tiene 48 años, y que siete de los cuales los ha dedicado a trabajar en la lucha contra el sida, es fácil. También lo es decir que durante todo ese tiempo nunca ha tomado unas vacaciones completas. Que trabaja todos los días hasta las 8:00 pm y que el único día que se toma para el descanso es el domingo. Que ni siquiera antes de dormir se permite una pausa.
Lo que no es tan fácil escribir es que en sus manos, y en las del grupo de personas que trabajan con él en la Organización No Gubernamental Acción Solidaria, está la responsabilidad de intentar frenar que el síndrome de inmunodeficiencia adquirida siga tocando las puertas de los hogares venezolanos; que la gente tome conciencia de la responsabilidad que tiene con su sexualidad y con su vida. Que quien ya haya sido diagnosticado como portador tenga una institución que le garantice atención integral a muy bajo costo y que lo ayude a lograr que el Estado le garantice el derecho a la vida y al trabajo.

Carlos lo niega tajantemente, pero es un optimista empedernido. Como no serlo cuando se trata de intentar atender un problema de dimensiones incalculables. En Venezuela, según cifras suministradas por Acción Solidaria, entre 80 y 150 mil personas con edades entre 15 y 49 años son portadoras del virus, de las cuales sólo de un 10 a 15 por ciento, tiene certeza de que es seropositivo. Hace cinco años las mujeres sólo constituían un cinco por ciento del total de los infectados, hoy representan 20 por ciento. En el mundo, la mitad de las cinco millones de nuevas infecciones anuales, corresponde a jóvenes entre 18 y 25 años de edad. El mismo tiene que atender cada día a quien llega a la organización con un papel en la mano con la prueba positiva del VIH. Tiene que verlos a la cara, conversar con ellos y con sus familiares y explicarles lo que se supone traerá el futuro inmediato, convencerlos de que pueden llevar una vida normal.

En los noventa, Carlos perdió muchos amigos a causa del VIH/Sida; su mejor amigo se suicidó en un momento en que la enfermedad todavía se percibía como un problema ajeno a Venezuela. Siguió perdiendo gente cercana y fue cuando se dijo que tenía que hacer algo. Empezó a trabajar todos los sábados como voluntario para Acción Solidaria, la Fundación Daniela Chappard, y la Fundación Artistas por la Vida, organizaciones que para ese momento hacían un trabajo en conjunto.

Luego, el nivel de compromiso se acentuó. Un día se encontró con Feliciano Reyna, presidente de Acción Solidaria y le dijo: cuando la ONG ya esté más encaminada, llámame que quiero trabajar con ustedes. Así fue, dejó su trabajo en bienes y raíces, y se entregó a la causa.

“Siempre he dicho, no importa lo que hagas en tu vida, puedes ser un barrendero, un vendedor, pero si haces el trabajo con pasión vas a ser la mejor persona”.

Coordenandas: Centro de Información nacional VIH-SIDA. Telf.: 952.2009

Carmen Beatriz Fernández

"En esos momentos duros es cuando
uno recuerda para qué
estamos aquellos que tuvimos más suerte que otros en la vida"

Muestra su humor, y también su sensibilidad, al comentar que así como en la guerra, también en cosas del amor y la cooperación “la relación puede ser completamente asimétrica”.

Habla a propósito de las 20 niñas y adolescentes que viven en la casa-escuela de la Fundación Iniciativa para una Educación Alternativa (IPEA), ubicada en Caucagua, Estado Miranda, para quienes “las migajas de afecto que uno les puede dar, terminan significando absolutamente todo”.

Lo cuenta quien muy bien pudo hacerse de la vista gorda ante la realidad de pobreza y abandono que campea en Venezuela, pero sin embargo prefirió tomar la ruta más difícil. Eso sí, no lo hizo sola.

Junto a sus padres, hermana, esposo, suegros y un grupo de amigos solidarios, Carmen Beatriz decidió fundar esta institución en tierras barloventeñas, en la cual no sólo albergan y educan a niñas especiales y alejadas de sus núcleos familiares, sino también a pequeños habitantes de esa comunidad con iguales condiciones de retardo mental, leve o moderado.

Son muchos los obstáculos sorteados desde 1997, cuando surgió la idea, y desde el año 2000, cuando finalmente se concretó en una casa donada por los padres de su esposo, Cristóbal Nieto. Desde entonces, las dificultades han superado las expectativas, pero sigue allí la obra, pendiente de otros que se quieran sumar a ella.

Criada en cuna de gran corazón, y habiéndose casado con uno del mismo tenor, el resultado no podía ser distinto. Mejor matrimonio, imposible: “Los padres de mi esposo, al haber hecho la medicatura rural en Caucagua, se terminaron enamorando de ese lugar y levantaron allí una clínica. Por otro lado, mi familia tenía ya una interesante experiencia habiendo fundado en Caracas, en el año 1967, el Instituto Psicológico El Avila, donde se atienden personas con necesidades educativas especiales. Así que allí lo que pasó fue una conjunción de cosas: se unió la inquietud del problema que sabíamos existía y no se estaba abordando por nadie, con la buena disposición de un grupo de personas todas cercanas”.

Lo siguiente fue tocar las puertas oficiales. En este caso, las del Instituto Nacional del Menor, con quienes han contado —no todo lo que se necesita, de hecho la ayuda ha estado paralizada desde enero pasado— para financiar parte del costoso programa de asistencia a las niñitas del IPEA.

Con momentos buenos, pero sobre todo con los que no lo son tanto, “es fácil desesperarse”, admite Carmen Beatriz, para quien los retos que enfrenta en su oficio diario como investigadora del quehacer político venezolano no llegan a superar aquellos con los que se encuentra a la hora de buscar apoyo para esta obra de responsabilidad hacia el prójimo más urgido.

“En esos momentos duros es cuando uno recuerda para qué estamos aquellos que tuvimos más suerte que otros en la vida, si no es para asumir responsabilidades que van más allá de nuestro estricto círculo”.

Coordenadas: www.educacionespecial.info. Telf.: 0412-213.0101

Hernán Matute

"Es una labor riesgosa, porque cuando
vas a un barrio a dar una charla de drogas probablemente le estás echando a perder el negocio al alguien"

Aunque el problema que tiene entre en sus manos es una bomba de tiempo, en su cara siempre se dibuja una amplia sonrisa. Tiene 28 años trabajando en prevención de drogas, y la inquietud le viene desde la escuela, donde le inculcaron principios de solidaridad, de sensibilidad social, altruismo y desprendimiento. En el Colegio Nuestra Señora del Carmen, ubicado en La Victoria, Estado Aragua, “partían del hecho de que uno debía devolverle a la sociedad la inversión que se había hecho en uno”, afirma este docente, quien asume, casi con entrega religiosa, su trabajo orientado a lograr que cada vez menos jóvenes conozcan el mundo de las drogas.

“Es una labor riesgosa, porque cuando vas a un barrio a dar una charla de prevención de drogas probablemente le estás echando a perder el negocio al alguien. En esto no se puede tener miedo”.

Matute es hoy abogado egresado de la Universidad Católica Andrés Bello, y con otros tres títulos obtenidos en el Pedagógico de Caracas: Geografía, Historia y Filosofía.

Originalmente, Hernán Matute daba charlas en liceos, hasta que se dio cuenta de que eso no era suficiente en materia de prevención, así que crearon un voluntariado en el marco de la Cátedra Libre Antidrogas, y establecieron alianzas con otras instituciones que tradicionalmente se han abocado al problema, como la Conacuid, Alianza para una Venezuela libre de drogas, Hogares Crea y Narcóticos Anónimos, entre otras. Actualmente 11 universidades del país ya cuentan con esta cátedra, y ahora están creando otras en liceos y universidades. Nada más, en la Gran Caracas, ya tienen en sus manos 183 solicitudes.

“El problema de las drogas es más grave de lo que la gente piensa, y es que lamentablemente la gente se acostumbró a él, amén de que nos caracteriza la cultura de la tolerancia. Yo soy de los que piensan que si un vecino tuyo tiene problemas de drogas, entonces tú tienes un problema de drogas, si en el salón de clases de tu hijo hay alguien que consume drogas, entonces tú también tienes un problema de drogas. Nuestro lema es que si tú estás bien, procura entonces que los demás también lo estén”.

Matute prefiere hablar más del problema que de él: “Es un problema de salud pública nacional. Seis de cada 10 muchachos con edades entre 11 y 25 años, tienen contacto directo o indirecto con la droga. Uno de nuestros objetivos es, por lo menos, lograr que esa edad de inicio sea mayor, por ejemplo, los 18 años; y de esta manera tendríamos más chance de salvar a más gente.

El aumento de la consulta psicológica en personas de clase media que acusan problemas de drogas, también es un signo alarmante”.

—¿Hasta qué edad te ves haciendo esto?

—“Hasta que me muera”.

Coordenadas: Cátedra Libre Antidrogas. Telf.: 0416-628.5099

Félix Rotondaro

"Se ha propuesto contrarrestar los efectos de las llamas a través
de la recolección de semillas en el propio cerro, que luego, en el patio de
su casa, hace germinar para trasplantarlas"

Más que de buen corazón, Félix Rotondaro apela por considerarse “sencillamente, una persona útil”, aunque los hechos lo contradicen, o lo colocan en su justo lugar, pues haber propulsado —a lo largo de los últimos 13 años— la siembra de más de 160 mil árboles y arbustos en el Avila no es poca cosa, ni tarea de cualquier corazón. Tiene que ser uno bueno, como el suyo, aunque le cueste admitirlo.

“Más que decir que es bueno, tengo que decir que mi corazón se quedó en el Avila”, desliza este hombre caraqueño —de ancestros italianos y de ocupación empresario— para quien hubo un antes y un después luego de haber conocido, de primera mano, a la majestuosa montaña.

Su enamoramiento con el cerro surgió —ironía por delante— a raíz de una dolencia cardiaca. Una arritmia diagnosticada en 1992 le dio la voz de alarma y lo colocó de inmediato en las caminerías de Estribo de Duarte y La Julia, en el costado este de la vertiente sur del parque nacional El Avila, desde donde el flechazo se hizo inevitable, así como su retribución por todo lo que encontró allí.
“Los médicos me advirtieron que tenía que dejar de ser sendentario, y sólo por eso fue que comencé a subir, involucrándome cada día más con el sufrimiento de los árboles. Antes de eso, yo veía una planta y no la maltrataba, pero tampoco compartía con ellas. A partir de conocerlas de cerca, y de evidenciar los desastres forestales que pude presenciar por culpa de manos inescrupulosas, fue que me interesé más por todo esto”.

Con el corazón en la mano queda Félix Rotondaro cada vez que ve arder el Avila. Lo primero que le viene a la cabeza son las miles de plantas allí sembradas por él y por cientos de colaboradores a quienes nunca deja de lado a la hora de leer los créditos de su obra totalmente emprendida ad honórem.

“Con cada incendio que se presenta, siento que se me va la vida, siento una gran impotencia. Desgraciadamente, la mayoría de las veces esos incendios son provocados”, acusa Rotondaro con su dedo apuntando hacia los lateros, piromaníacos y otras personas que sin razón alguna lanzan un cigarrillo encendido a las márgenes de la avenida Boyacá.

Aunque imposible de reivindicar al 100 por ciento el arrase de especies que han permanecido en el Avila por siglos y siglos, Rotondaro se ha propuesto contrarrestar los efectos de las llamas y del tiempo a través de la recolección de semillas en el propio cerro, que luego, en el patio de su casa en El Marqués —o de su empresa en La Urbina y Valencia—, hace germinar para trasplantarlas a su debido momento, de acuerdo a lo aprendido en libros, o preguntando y viendo, “puesto que, ante todo, sigo siendo un gran empírico”.

Coordenadas: Félix Rotondaro. Telf.: 0416-4118.638
Vicente Tenería. Telf.: 0416-832.1099

Ver también en 52 aniversario:
- Latidos
- Pobre corazón que no alcanza su cordura
- Flechazo de serenata, flechazo de reggaeton

- La gran invicta: La telenovela
- Descorazonadas: Prensa rosa
- Inspirados
- En vos confío
- A lo físico
- Ganando la carrera
- ¡A subir el colesterol!
- Después del susto...

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- Bazar
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