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Ciento treinta pulsaciones por minuto, pupilas dilatadas, sensación de vacío en el estómago y leve aumento de la temperatura. No se trata de la descripción de los síntomas de un nuevo virus, sino de algunas de las reacciones que experimentan las personas que se encuentran perdidamente enamoradas. Descubra lo que realmente ocurre cada vez que el corazón es atravesado por una de las flechas de Cupido. María de los Angeles Herrera

Hay algo eléctrico entre tú y yo, que no sabemos cómo apareció... Así reza el coro de una canción del grupo venezolano Aditus, con la que todos alguna vez se han sentido identificados, pues es innegable que cuando se establece algún tipo de relación amorosa —incluso platónica— sensaciones similares a las originadas por una suave descarga eléctrica recorren el cuerpo de los involucrados. Es común que se asocie al corazón con tal experiencia etérea, pero por diversos estudios se ha comprobado que todo tiene lugar en el cerebro y que la causa de que los latidos se aceleren al máximo, que las mejillas se ruboricen y que hasta las manos comiencen a sudar no es otra cosa que las reacciones desencadenadas por las miles de sustancias químicas que fluyen dentro del cuerpo humano cuando se llega a ese estado de excitación.

Pero tampoco es una locura que en pleno siglo XXI, aun después de muchas investigaciones se siga utilizando al corazón como el símbolo universal del amor, pues es casi imposible ignorar que desde la antigüedad muchas culturas lo consideraron como el centro de todas las pasiones, aunque las razones que motivaron esta afirmación fueron muy diferentes; los egipcios, por ejemplo, creían que era el órgano clave de la vida porque de él partían todos los conductos que estaban conectados con el resto de las partes del cuerpo; los griegos lo veían como el sustrato de los sentimientos, porque las sensaciones que inquietan al espíritu se perciben, precisamente, en esa área del torso. Y es que, digan lo que digan, no existe emoción en la que el corazón no esté directamente involucrado, lo cual tiene mucho que ver con su susceptibilidad: un sobresalto puede estremecerlo, el nerviosismo lo acelera, la rabia puede oprimirlo y hasta el placer que embarga a una persona puede hacerle sentir que su corazón se ha dilatado, al punto de que piensa que ya no le cabe en el pecho.

Si la historia siempre consideró al corazón como núcleo de los sentimientos, entonces ¿de dónde surgió la idea de que todo reside en el cerebro? Fue Hipócrates el primero en señalar que la experiencia afectiva se lleva a cabo en este órgano, y más tarde Descartes habló de la relación recíproca que existe entre el cerebro y el corazón, pues los pensamientos —si llegan a ser lo suficientemente intensos— son capaces de hacer variar la fuerza de la circulación cardíaca, pero —al mismo tiempo— un cambio en el flujo sanguíneo puede sacudir la razón. Recientemente, algunos estudios han descubierto que hay regiones del cerebro que se activan ante la presencia de determinados sentimientos, procesos que llegan a su máxima expresión cuando una persona se enamora, ya que inmediatamente comienzan a producirse neurotransmisores, hormonas y otras sustancias que actúan sobre el organismo como drogas naturales, generando una explosión de sensaciones que aunque no son difíciles de explicar, quizá resulten poco comprensibles para quienes se mantienen ajenos al entorno científico.

Olor a ti
Los expertos aseguran que el amor comienza por el olfato, ya que se ha descubierto el potente efecto de las feromonas en el despertar de los sentimientos hacia el sexo opuesto. Estas sustancias volátiles que brotan de la piel emiten una especie de mensaje subliminal, que revela la disposición o no a entablar una relación afectiva. Pese a la existencia de estudios y pruebas contundentes que confirman lo anterior, muchos son quienes sostienen que los inexplicables delirios de amor comienzan con una mirada; y, realmente, no están del todo equivocados. Al menos es así para los hombres, quienes sucumben ante la apariencia física del sexo contrario; las mujeres, en cambio, se dejan deslumbrar más por las palabras y la seguridad que emana de la figura masculina. Blaise Pascal, escritor y matemático francés, decía que “el corazón tiene razones que la razón desconoce”, frase que podría explicar el misterio que rodea ese proceso de elección de un individuo en particular como compañero amoroso.

Imbecilidad transitoria
Después de ese primer encuentro en el que dos personas se han sentido irremediablemente atraídas, una increíble cantidad de reacciones químicas tiene lugar dentro del organismo. Durante la primera fase del enamoramiento —o del estado de “imbecilidad transitoria”, como lo denominó Ortega y Gasset— la testosterona se convierte en el motor, ocasionando que la pareja sienta un intenso deseo sexual. En este momento se enciende la alarma interna y el organismo comienza a padecer ante los múltiples estímulos externos. La sensibilidad aumenta de tal modo que una simple mirada del otro provoca la activación de todo el sistema nervioso. Inmediatamente:

La presión arterial se eleva, el número de glóbulos rojos aumenta para mejorar el transporte de oxígeno en la sangre, los latidos se aceleran, el estómago se moviliza y empieza a hacer mucho ruido, las pupilas se dilatan, las glándulas sudoríparas comienzan a trabajar, se genera un fuerte calor interno producto de las múltiples descargas neuronales y hasta los capilares de las mejillas se dilatan para que la tez se ruborice.

Todos estos cambios —que así descritos podrían llegar a parecer una tortura— no son más que el producto de la acción del hipotálamo, encargado de enviar señales químicas a la hipófisis para que las hormonas y los neurotransmisores bombardeen al cuerpo humano. Un roce de manos basta para liberar la feniletilamina, una sustancia que actúa de forma similar a las anfetaminas. Su llegada aumenta la energía física y los sentimientos de felicidad y euforia; pero también es la responsable de que los neurotransmisores restantes comiencen a fluir. Una descarga de dopamina y norepinefrina produce desasosiego, incrementa la sensación de placer sexual y hace que el sueño, el apetito o el cansancio desaparezcan; en seguida llega la adrenalina para acelerar el corazón y, también, la luliberina que potencia el deseo. Para finalizar esta alquimia amorosa, aparece la serotonina, cuyos niveles se mantienen particularmente bajos durante esta etapa, provocando pensamientos obsesivos y constantes respecto a todo aquello que guarde relación con la pareja.

Nada es eterno
En algunos casos el amor es como la energía, pues no se destruye, sólo se transforma. Y es así como se llega a la fase del amor menos pasional, más relacionado con el sentido de pertenencia y la costumbre. En este momento el corazón no late con tanto ímpetu, las mariposas han desaparecido y el rubor ya no cubre las mejillas. Este fenómeno también tiene su origen en la química, pues el amor es como una droga a la cual las personas se hacen adictas, pero que con el pasar del tiempo genera cierta capacidad de resistencia, por lo que el organismo debe producir una mayor cantidad de sustancias para lograr que la persona se mantenga flotando en una nube. Como nada es eterno, llega un punto en el que el cerebro se agota. Ya no está en capacidad de trabajar a esa velocidad y es entonces cuando de la fase pasional se pasa a la del apego, donde la oxitocina, la vasopresina, las encefalinas y las endorfinas aparecen para controlar la situación. Aumenta la necesidad del acercamiento físico, los lazos entre la pareja se estrechan, la relación se torna más calmada y las personas se sienten plenas y seguras.

Al respecto, la conocida antropóloga estadounidense Helen Fischer señala que el amor romántico y pasional sólo dura cerca de 17 meses; pasado ese tiempo, la mayoría de las parejas pasan a la fase del apego. Hay quienes no soportan este cambio tan radical, ya que necesitan sentir continuamente esa explosión de sensaciones que tiene lugar en las primeras etapas del enamoramiento y, por esta razón, cambian de pareja cada vez que la virulencia de sus procesos químicos internos disminuye. Otros, por el contrario, se aferran al nexo amoroso que han establecido y evitan llegar al punto en que el otro ya no produce motivación alguna. Independientemente de las decisiones de cada persona, lo importante es que el corazón siga latiendo con fuerza y no se muestre impasible ante la visita inesperada de Cupido. l

Corazón partío
Más allá del despecho y de la sensación de vacío que invade a quienes han sufrido una separación o una decepción amorosa, existen muchas reacciones químicas que se generan en el organismo ante la ausencia del ser amado. En primer lugar, los niveles de feniletilamina se derrumban y la persona, tan acostumbrada a recibir grandes dosis de este neurotransmisor, comienza a experimentar el síndrome de abstinencia, por lo que es normal que su cuerpo busque reponer naturalmente este componente. Hay quienes lo logran enamorándose de nuevo, mientras que otros se refugian en el chocolate, un alimento rico en esta adictiva sustancia. Adicionalmente, el organismo segrega endorfinas, que incrementan la sensación de seguridad y plenitud, actuando de forma similar a la morfina como un tranquilizante que, en este caso, es capaz de calmar la depresión.

 

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