Cheng yen
Con el poder
de la voluntad
Esta es la historia de una mujer excepcional, quien, a punta de una inquebrantable fe, logró levantar un enorme complejo hospitalario que atiende de forma gratuita a los más pobres de Taiwán. Oscar Medina / Enviado especial a Taiwán
Debe ser el parque nacional Taroko la mayor atracción turística que tenga el condado de Huailen, en la costa este de Taiwán: un descomunal cañón tallado por el agua en una geografía montañosa que desnuda su duro corazón de mármol ante el persistente avance del río Liwu.
Esa es la obra de la naturaleza.
En la villa Kanglo, más al centro de Huailen, está la obra del hombre. O, para ser más precisos, la obra de la mujer: un enorme complejo hospitalario que atiende de forma gratuita a los más pobres de esta isla enriquecida tras una vertiginosa carrera productiva que hoy la tiene siempre dos o tres pasos más allá que buena parte del resto del mundo.
Asomarse a la Fundación Tzu Chi (Ciji, es su nombre formal: Ci, es compasión y Ji, es sanación) produce algo parecido al vértigo: este magnífico hospital, la impecable edificación en la que se alojan los voluntarios que vienen hasta acá, esta sala de conferencias presidida por un mosaico de más de tres millones de piezas con la agigantada figura del joven Buda posando su mano sobre el planeta, estos pasillos por donde caminamos sin zapatos, la descripción de las tantas tareas que día a día realizan en casi todo el mundo los más de cinco millones de personas que hoy conforman ese voluntariado, su desprendido afán acudiendo a zonas de catástrofe, el banco de médula ósea, el trabajo educativo, la universidad, los cuatro hospitales como éste que levantaron en otros lugares de Taiwán, los cinco mil miembros del equipo médico, las escuelas, las miles de toneladas de basura que recogen para reciclaje... todo esto es fruto y expresión de una voluntad y una fe inquebrantables, de la fortaleza de un espíritu aún más persistente y poderoso que el río Liwu, que se empeñó hace ya 40 años en penetrar la dura roca del alma humana hasta llegar al lugar donde anidan la caridad y la buena voluntad.
Cheng Yen, la maestra, es ese río.
Acaba de cumplir 69 años y está superando dolencias cardíacas que le aquejan desde hace ya mucho tiempo: pero eso no ha podido con ella. Chad Liu, del departamento de secretaría de la Fundación Tzu Chi, asegura que la maestra está muy bien por estos días y que se encuentra a unos 10 kilómetros de donde estamos, en su residencia de meditación.
Liu, curiosamente, experimentó algo similar a lo vivido por la maestra Cheng Yen. Dice que antes de conocer a los voluntarios de Tzu Chi no le gustaba mucho esa actitud de los budistas de rezar más para obtener más. Es decir, ese filón personalista de la práctica. “Sentía más empatía con los católicos, que hacen obras de caridad. Pero los voluntarios no son monjes budistas, son gente como tú y como yo que hacen algo concreto por la gente”, dice, cuando estamos ya con los zapatos puestos en un café que resume el estilo arquitectónico de todo este recinto: una elegancia discreta y de líneas simples y rectas.
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ASPECTOS DE LA ARQUITECTURA TRADICIONAL
SE PRESERVAN EN LAS MODERNAS INSTALACIONES |
A la maestra Cheng Yen siempre la describen como alguien que al caminar pareciera más bien desplazarse por el aire. Su físico frágil y breve, contrasta, por supuesto, con el calibre de su tenacidad. En 1966, ya convertida en monje budista de cabeza rapada y llevando una vida de considerables privaciones materiales en una precaria cabaña en Hualien, la maestra experimentó una lección del mundo que está más acá de las meditaciones: el de la brutalidad de un sistema hospitalario que niega la salud a quien no tiene con qué pagar (eso, hay que aclarar, en la entonces empobrecida Taiwán). ¿Cómo podía ella, una mujer sin nada, apenas viviendo con tan poco en su camino hacia la sabiduría, ayudar a los más pobres?
Tres monjas católicas le impulsarían a encontrar la ruta. Le explicaron su visión: que el budismo no hacía nada concreto para socorrer a los más necesitados, que la mayoría de los discípulos sólo se preocupan por mejorar su aprendizaje para ganar indulgencias personales y le pusieron ejemplos de las obras de caridad, las casas de reposo, los hospitales y las escuelas a través de las cuales la iglesia católica lleva adelante su labor.
¿Por qué los budistas no se unían para hacer algo por la sociedad?, le preguntaron.
Y ahí fue que Cheng Yen supo que era hora de revolucionar el budismo: “En ese momento ella decidió establecer una fundación de caridad para ayudar a los pobres y educar a los ricos. Porque a los pobres les faltan muchas cosas materiales y a los ricos les falta el alimento espiritual”, dicen Liu, y también el documental que me han puesto sobre la fundación y los folletos que cuentan la historia de Ciji.
Se trataba de “humanizar” el budismo, así lo entendió y acató el precepto de su credo que dice: “Sólo hazlo”. En ese momento treinta seguidores la acompañaban, en su mayoría eran amas de casa. Y fue con ellas con quienes comenzó todo: hizo pequeñas alcancías de bambú y les pidió que de sus compras cada día ahorraran 50 centavos (equivalente entonces de 0,013 dólares) para destinarlos a la caridad.
¿Por qué ahorrar 50 centavos cada día, no es más fácil ahorrar 15 dólares por mes?, le preguntaron. La maestra tenía una respuesta: “No es lo mismo. Si tú ahorras una vez por mes, sólo muestras tu compasión una vez al mes. Aunque los 50 centavos que ahorras diariamente no son de un gran valor, tú acumulas un espíritu de ayuda y amor a otros cada día”.
“Cincuenta centavos también pueden salvar gente” fue el lema de aquellos días que terminó atrayendo a mucha más gente y permitió, al fin, que el 24 de marzo de 1966 se estableciera formalmente la Fundación de Caridad Budista Tzu Chi (Taiwan Buddhist Tzu Chi Foundation): una empeñosa monja budista y un grupo de amas de casa habían comenzado una historia inspiradora.
En 1969 los miembros de la fundación y los beneficiarios de su trabajo ya habían crecido tanto en número que se hizo necesario pensar en una nueva sede más amplia que el viejo templo en el que se asentaban. La madre de la maestra Cheng aportó el equivalente a cinco mil dólares para adquirir el terreno en el que habrían de levantar la edificación que llamaron el Hogar de los pensamientos tranquilos. Tanto el terreno como la construcción tuvieron que ser hipotecados para financiar el final de la obra y los voluntarios y las nuevas monjas budistas se aplicaron en diversos trabajos para cumplir con los pagos y de esta manera todo el dinero que les llegaba a través de las donaciones se siguió empleando en el auxilio de los necesitados.
Esta es una buena descripción acerca del cómo se llegó a lo que tienen hoy: “La Maestra Cheng Yen y sus seguidores visitaron los hogares de los pobres y de la gente enferma para darles ánimo y para ver si necesitaban alimento o dinero. Cuando los pobres estaban enfermos, la Maestra les llevó al doctor y los cuidó. Cuando fallecieron, la Maestra y sus seguidores entonaron sutras para ellos e hicieron todos los arreglos para el funeral. Mucha gente, en gratitud a Tzu Chi, comenzó a ayudar a los que estaban en peores condiciones que ellos mismos. Bajo la firme creencia e inspiración de la Maestra, el número de los miembros de Tzu Chi creció rápidamente, incrementando la felicidad y bendición día tras día. Pequeños logros se acumularon lentamente, como arena que se acumula para formar una montaña”.
Tzu Chi es hoy la fundación más grande de Asia. Y sin duda debe estar entre las más importantes del mundo. Cerca de dos millones de personas han recibido ayuda de Tzu Chi, tanto en Taiwán como en alguno de los 61 países a los que han acudido sus misiones o en los que ya hay sedes permanentes de voluntarios (41 banderitas de Tzu Chi se ven en el mapamundi). Afganistán, Australia, Azerbaiyán, Ruanda, Nepal, Kosovo, Chechenia, Bangladesh, Cambodia, Filipinas, Perú, Paraguay, El Salvador, Guatemala, República Dominicana, Turquía, Estados Unidos y hasta Venezuela se cuentan en el largísimo listado de naciones a los que ha llegado alguna vez el largo abrazo de Tzu Chi. A Venezuela vinieron en el año 2000 para cooperar con las víctimas de los deslaves en el estado Vargas y repartieron medicinas, atendieron casos y al final incluso donaron una máquina purificadora de agua a la población de Naiguatá.
En 1979 la maestra Cheng expresó su voluntad de construir un hospital en una zona rural de Hualien. Y, por supuesto, no tenía con qué. El 5 de febrero de 1984 se hizo la ceremonia de apertura del hospital que costaría unos 21 millones de dólares. Ese año, con todo y la ceremonia, apenas tenían 790 mil dólares. El Hospital General Budista Tzu Chi fue terminado el 17 de agosto de 1986 gracias exclusivamente a trabajo voluntario y a donaciones particulares. Es el primer hospital de Taiwán donde no se exige depósito de garantía para hospitalización y se admite directamente a todos los pacientes de urgencia, tengan o no tengan recursos. De sus cien camas iniciales hoy tiene unas 800 y atiende a cerca de dos mil pacientes por día.
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VISTA DEL IMPRESIONANTE HOSPITAL QUE ES PARTE
DE LA FUNDACION TZU CHI |
Ya son cinco los hospitales de la fundación, incluyendo además una clínica que aplica la medicina tradicional china y un banco de donantes de médula ósea que ya ha beneficiado a más de 400 pacientes. La obra completa de Tzu Chi no cabe en estas páginas.
Chad Liu cuenta que todo el trabajo de la fundación se sostiene desde el punto de vista financiero con aportes en calidad de donaciones. De hecho, muchas de las grandes empresas del poderoso conglomerado industrial de Taiwán aportan su cuota de beneficencia. Pero hay otras fórmulas que siguen, ahora a gran escala, el modelo básico puesto en práctica por la maestra Cheng en aquellos no tan remotos días de precariedad: “Tenemos a 100 mil personas haciendo reciclaje en todo Taiwán”, explica Liu: “Para nosotros no es basura, es un recurso muy importante y lo aprovechamos hasta su último valor. Un cuarto del presupuesto de la fundación viene de la basura. Por otra parte, cada miembro de Ciji aporta tres dólares americanos anualmente como donación, aunque hay gente que dona mucho más. Y tenemos ya cinco millones de voluntarios”.
Estos voluntarios llegan a Hualien desde todas partes del mundo a recibir una fase final de entrenamiento: “Anualmente formamos a 10 mil personas. Y al terminar su entrenamiento cada voluntario se pregunta a sí mismo: ¿cómo puedo hacer para ayudar a las otras personas y dejar de preguntarme cómo me pueden ayudar a mí?”. El espíritu que anima esto es ir más allá del altar y la oración: “Estamos haciendo una revolución”, explica Liu: “Muchas religiones tienen a sus dioses sentados en los templos. La maestra quiere cambiar esa tradición, quiere enseñarte que cada uno de nosotros también puede ser un Buda”. l
Coordenadas:
www.tzuchi.org.tw
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