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Hace unos días estaba llenando una planilla. Una de esas formas horrorosas en donde las empresas, el Estado, las embajadas o quien le dé la gana averigua y pregunta y repregunta hasta cómo es el modo
que uno tiene de caminar. Pese a la animadversión que siempre me provocan esos trámites, ese día estaba apurada y me dispuse a responder el cuestionario. Al llegar a la interrogante ¿Ocupación? escribí, como siempre: Periodista.
Aunque no esté en el diarismo, aunque no trabaje en una sala de redacción, aunque no firme con regularidad en la prensa, aunque mi cara no aparezca en la televisión o mi voz se escuche en un noticiero de radio, me siento periodista. Es inevitable. Más que una profesión, el periodismo es mi ocupación natural. Aun si me encuentro desempleada o empleada y mal tratada en los llamados oficios “del hogar”. Suscribo lo que hace como 50 años dijo Carlos Fuentes (¿en La región más transparente o en La muerte de Artemio Cruz?): ser periodista, diplomático, payaso o prostituta es una opción de vida.
Cuando llené la planilla ni siquiera dudé. No tenía por qué. Más titubeé al poner el número telefónico. ¿El celular o el de mi casa?
Entregué la forma al funcionario que correspondía, y el hombre al llegar al punto del Oficio, me inquirió: ¿En qué periódico trabaja? Cuando le dije “en ninguno”, me miró de arriba abajo y replicó: en dónde labora, para qué medio, en qué tiempo. Quise aclarar, intenté exponer mis sentimientos más profundos, pero me volví un ocho tratando de especificar cómo es que soy periodista pero mi jornada diaria no implica correr detrás de algún político, artista, economista o policía para buscar una noticia. Tampoco pertenezco a un plantel de redacción, le dije. Y no, no soy jefe, respondí a otra de sus preguntas. El tipo, de mal humor, exigía detalles. Quería explicaciones. A su juicio, yo había cazado una pelea con los verbos Ser y Estar. No podía “ser” periodista si no “estaba” en algún medio.
A esas alturas de la diligencia —llevaba 15 minutos ante el individuo— quise recoger lo escrito y devolverme a corregir. Tampoco es para tanto, murmuré. El sujeto, sintiéndose vencedor de una batalla, se mostró entonces condescendiente, y aprobó mi trámite. Firmó y selló mi hoja.
Salí de la oficina con mi papel en la mano y un enredo en mi cabeza. En el carro, de regreso a casa, no dejaba de pensar en el intercambio que acababa de tener con el funcionario público. El hombre me dejó una espinita —y no precisamente entre pecho y espalda—. ¿Qué soy? ¿Qué hago? ¿Será que…? ¡Qué angustia!
En ese tejemaneje estaba cuando se me ocurrió encender la radio y una canción me sacó de dudas existenciales y me devolvió al mundo real. A los cinco minutos, en medio del tráfico, estaba cantando a viva voz la letra de una balada melosa.
Al término de mi performance, todo estaba claro. Ya está bueno de tanta majadería —me dije— con 50 años a cuestas no puedo andar con melindres. Soy una tipa normal. Común y silvestre. ¿Qué más? Y recordé algo que leí recientemente. En Gritos y Susurros (Random House Mondadori y Hoja Casa Editorial, 2005), un libro que reúne testimonios de 38 destacadas mujeres mexicanas. Una de ellas en particular resonó en mi cabeza. Se trata de Ana María Olabuenaga, una publicista mexicana que hace casi 10 años impactó la industria publicitaria en su país al idear el eslogan de una importante tienda por departamentos (desde 1997, “Soy… totalmente Palacio” es no sólo el lema de El Palacio de Hierro, sino poco menos que un leitmotiv nacional).
Olabuenaga en su relato aboga por el ser humano normal y corriente, y —pese a lo que la intelectualidad pueda decir y pensar de ella— a la hora de definirse, no duda: “Soy una mujer cualquiera, con características que cualquiera posee. Soy tan común y vulgar que lloro, miento, me contradigo, me equivoco y cambio de opinión. Creo que hay platillos que sólo a mi mamá le quedan bien, que las vacaciones siempre son muy cortas y las esperas en el doctor muy largas. No me gustan los aviones, la sopa fría, las arañas y las toallas que no secan bien. Me gustan las películas, las canciones de amor y mojar el pan dulce en el café. Y para colmo, soy de las que se tiran en la hierba para admirar las estrellas en cualquier ‘lugar común’”.
Salvo en lo de tirarse en la hierba —porque soy alérgica, y la grama me pica—, coincido con ella. Es más, yo le agregaría que me encantan la música cursi y las telenovelas. Más trivial y agropecuaria no puedo ser. ¿Qué más? l
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