| Intricada secuencia de pistas
La policía tuvo que reconstruir una compleja red de movimientos de la víctima para,
finalmente, dar con el asesino. Max Haines
La vispera del año nuevo de 1940, en Manayunk, un sector en las afueras de Filadelfia, Richard Axe, un muchacho de 16 años, fue enviado a realizar un mandado. El chico decidió tomar un atajo por un desolado camino que rodeaba el congelado río Shuykill. Richard marchaba con la cabeza baja y arrastrando los pies en la nieve. De pronto se detuvo bruscamente. Una gran mancha roja y muchas huellas de pasos en la nieve, a un lado del camino y a lo largo de una barricada de piedras, lo hicieron estremecerse. Cerca de allí vio un calcetín de seda negro.
Asomándose por la barricada, como a la mitad de un inclinado terraplén lleno de ramas, distinguió otro calcetín y varias prendas de ropa diseminadas. Muerto de curiosidad, trepó por la barricada y se deslizó por el declive cubierto de nieve, agarrándose de las ramas para sostenerse. Casi a la orilla del río lo esperaba otra sorpresa que lo dejó helado. Parcialmente oculto por la maleza se hallaba el cuerpo golpeado de un hombre, medio cubierto con una sábana y sin más prendas de ropa que un pantalón. Asustado, el muchacho regresó a toda prisa.
La policía llegó rápidamente a la escena después de que Richard difundió la alarma. Una cartera vacía que tenía el muerto en un bolsillo del pantalón hizo posible su identificación como Harvey Shaw Hess, de 32 años, residente de Cape May, NJ, y secretario del senador por el Estado de Nueva Jersey, R. Grant Scott. El examen que se le practicó al cadáver reveló que el hombre había sucumbido a causa de una serie de fuertes golpes con un instrumento filoso, lo que le había fracturado el cráneo en lo alto de la cabeza. En vista de que la cartera estaba vacía y sólo llevaba una moneda de diez centavos en un bolsillo, la policía dedujo que el robo había sido el móvil del crimen.
Fue así como se emprendió una de las persecuciones más increíblemente complicadas en los anales del crimen en Filadelfia, pues, sin excepción alguna, todo indicio encontrado en el lugar en donde se hallaba el cadáver conducía a pistas falsas. En el análisis final, la policía ya no tenía nada más que hacer sino reconstruir en detalle la intrincada pista dejada por Harvey Shaw Hess poco antes de terminar el año, un rastro en realidad bastante desconcertante, puesto que iba de un centro nocturno a otro. Esto, a pesar de que Hess era considerado un hombre de absoluta seriedad, quien había sido síndico de la iglesia metodista de Cape May y cantaba en el coro.
Para poder llegar al final de la pista, los detectives Adam Sadorff y Andrew Kelleher, del Departamento de Homicidios de Filadelfia, pasaron 33 días entrevistando a centenares de personas, entre los que figuraban numerosos taxistas. Aun así, tal vez no habrían encontrado al culpable ni lo habrían condenado jamás por su crimen, a no ser por un detalle insignificante: tres pelos blancos de perro que se encontraron en la manga del saco del muerto.
Los policías de Merino Township, trabajando junto con los detectives del Departamento de Homicidios de Filadelfia, realizaron su investigación partiendo de dos detalles. Primero, la marca de la lavandería que encontraron en la sábana en que había sido envuelto el cuerpo se tomó como un excelente indicio, y lo habría sido de no existir la circunstancia de que el negocio que la estampó ya había cerrado sus puertas desde hacía tiempo. Por lo tanto, los detectives fijaron entonces su atención en una segunda pista: los efectos personales de Hess. En uno de sus bolsillos se había encontrado una agenda que contenía decenas de nombres con sus respectivas direcciones y números telefónicos. Cada una de estas personas fue pacientemente interrogada. Pero sólo dos amigos, cuyos nombres aparecían en el librito de direcciones, recordaban haber visto o tenido noticias de Hess aquel día. La madre de uno de ellos informó que Hess había llamado tres veces desde la estación de Broad Street, en Filadelfia, buscando a su hijo, pero que aparentemente renunció a la empresa al no encontrarlo en su casa. Esto había sido temprano en la tarde.
El otro amigo informó que se había negado a admitir al cantor del coro en su casa, en donde estaba en todo su apogeo una fiesta, porque mostraba señales de haber tomado demasiado.
Por otro lado, miembros de la familia de Hess contaron que éste había comunicado sus intenciones de pasar el año nuevo en Filadelfia, debido a que quería ver el desfile que se celebraba allí cada año. Una de sus hermanas, Marie Hess, declaró que Harvey tenía pensado hospedarse en el Hotel St. James, en el centro de la ciudad. Un joven matrimonio, amigos de Hess desde hacía tiempo, lo había llevado en su auto a la estación del ferrocarril.
William y Craig Hess, hermanos de Harvey, tampoco pudieron arrojar ninguna luz en el misterio. Indicaron, sin embargo, que siempre que Harvey iba a Filadelfia acostumbraba a visitar a una hermana que tenía en esa ciudad, la señora Mary Scott. La señora Scott informó que, efectivamente, esperaba que Harvey se comunicara con ella y que, como no lo hizo, estaba bastante preocupada.
A pesar de sus esfuerzos y empeño, la policía no pudo seguir el rastro de Harvey en muchos días, a partir de la estación de Broad Street en Filadelfia, exceptuando la reunión en donde lo habían rechazado. Sin embargo, los interrogatorios revelaron que Hess había llegado allí en un taxi y existía la posibilidad de que el chofer recordara el incidente y pudiera decir a dónde había llevado después al parrandero.
Mientras media docena de detectives pacientemente examinaba los registros de todos los hoteles de Filadelfia, otros interrogaban a los choferes de taxis. Finalmente localizaron al que buscaban con más empeño. Sí, dijo, él recordaba perfectamente bien el incidente. Consultó sus apuntes de aquella noche y encontró que había llevado a su cliente a un club nocturno del sur de Filadelfia. Después que lo dejó allí, según informó, perdió totalmente su rastro.
Pasaron los días, que se convirtieron en semanas. La investigación era ya un complicado asunto en el que se chequeaban múltiples centros nocturnos, cantinas y tabernas. Esta gigantesca y casi inútil tarea fue encomendada a los detectives Sadorff y Kelleher, que procedieron a cumplir con su misión.
Día tras día, y noche tras noche, seguían minuciosamente la pista que partía de los lugares que, probablemente, había visitado el cantor de la iglesia. De vez en cuando encontraban en ellos un parroquiano, un cantinero o una cajera que recordaba vagamente haber visto al sujeto buscado, la noche aquella. Ocasionalmente descubrían un chofer de taxi que conservaba memoria de haber conducido a un joven que correspondía con la descripción de Harvey Shaw Hess. A veces los indicios obtenidos resultaban inútiles. Entonces tenían que retroceder y comenzar de nuevo.
Fue más o menos a los 29 días de iniciada la investigación cuando los policías se dieron cuenta de que habían seguido el rastro de Hess hasta la 1:30 am de la víspera de año nuevo. El médico forense calculaba que cuando se encontró el cuerpo ya tenía unas cinco o seis horas sin vida. Por lo tanto, los detectives sabían ahora que tenían que investigar sólo dos o tres horas más de aquella noche desenfrenada para llegar al sitio exacto de la escena del asesinato.
Lo que más les sorprendió fue el descubrimiento de que el solitario celebrante se hallaba a las dos de la mañana de aquel día en una cantinucha que tenía el aparatoso nombre de Club Republicano de Jóvenes, ubicada casi a la sombra del edificio de la Jefatura de Policía en donde estaban trabajando los detectives. ¡Y pensar que habían andado por toda la ciudad para ir a terminar casi en su propia puerta!
Escuchando atentamente la descripción que le hicieron los detectives de Hess, el cantinero y dos parroquianos que estaban presentes recordaron haberlo visto. Sí, dijeron, Hess entró con un individuo de unos 25 años, alto y fortachón. Luego arrojó un billete de cinco dólares sobre el mostrador, y él y su acompañante se tomaron todas las copas que cubría ese dinero. Al parecer, cuando llegó allí ya iba bastante tomado. Según creían recordar, Hess pidió un taxi y salió del lugar con su amigo.
¿A dónde se marcharon? Nadie lo sabía.
¿Quién era el compañero de Hess? También se ignoraba.
De pronto un individuo que escuchaba en silencio el relato de los parroquianos, dijo: “Ese hombre era Robert Hatry, que se gana la vida haciendo trabajos sueltos aquí y allá. No, no sé dónde vive”.
Una cuidadosa investigación en los directorios telefónicos, en los libros de residentes y hasta en los registros del correo, no logró aclararles quién era el Robert Hatry descrito en la taberna. Por fin, otra vez un chofer de taxi vino en ayuda de los investigadores del caso. El providencial testigo proporcionó a Sadorff y Kelleher la dirección de un apartamento de mala muerte en el sector noroeste de la ciudad.
Por una ironía del destino, los detectives llegaron allí, justamente, a las 2:30 am, la misma hora en que debieron bajarse del taxi, frente al edificio, Hess y Hatry.
Sólo el sonido de una fuerte respiración se dejaba oír detrás de la endeble puerta de madera, que los policías abrieron con una llave maestra. Penetraron al apartamento y allí sorprendieron a un musculoso hombre sumido en profundo sueño. Con él se hallaba una guapa muchacha, quien admitió ser su amante. La chica se hacía llamar Pauline Lucas, pero señaló que en ocasiones usaba los apellidos Pierce y Roberts. Una vez que hubo despertado Hatry, se quedó viendo de mal humor a los visitantes. Luego proclamó su inocencia y negó completamente haber conocido a Hess. Sin hacer caso de sus protestas los detectives lo ayudaron a vestirse y lo condujeron a la jefatura en compañía de la chica. Al día siguiente, ésta fue liberada, después de cubrir una pequeña fianza y de advertírsele que posteriormente tendría que declarar como testigo. No había motivo aparente para detenerla, pues cooperó con la policía lo mejor que pudo y presentó una coartada que no admitía duda.
En cuanto a Hatry, seguía negando su participación en el asesinato de Hess. Pero la policía puso ante sus asombrados ojos una prueba: los tres pelos blancos de perro encontrados sobre la manga del saco del muerto, detalle que lo ligaba con él en forma contundente. Antes de salir de su apartamento, Sadorff y Kelleher le habían cortado unos cuantos pelos del lomo al perrito.
Un examen al microscopio vino a demostrar rápidamente que todos los pelos eran del mismo perro. Hess había estado, sin duda alguna, en el departamento del sospechoso.
Hatry flaqueó y admitió que aquel día de año nuevo no tenía nada de dinero, por lo que había decidido conducir a Hess a su casa para robarlo, tras advertir que el hombre estaba demasiado borracho como para darse cuenta de lo que iba a suceder. No obstante, el hombre le había asestado un golpe y una inesperada lucha se había entablado entre ellos. Durante la pelea, según Hatry, el secretario del senador Scott se cayó de espalda y se golpeó la cabeza con un calentador. Más tarde confesó que, en realidad, él le había golpeado la cabeza con una antigua tenaza de hierro.
“No sé cuántas veces le pegué. Pero de pronto me di cuenta de que le había matado. Entonces, agarré una sábana, hice un bulto con sus ropas y dejé caer el cuerpo desde mi auto cerca del río Shuykill. Me quedé con ocho dólares que encontré en sus bolsillos y con un reloj de pulsera. Después me deshice de este último echándolo al tanque del WC de un baño en un restaurante de Filadelfia”.
Tras desembarazarse del cuerpo, Hatry regresó a la ciudad y entonces se dio cuenta de que todavía llevaba consigo la indumentaria del muerto. La puso a su lado sobre el asiento y fue arrojando por la ventanilla las prendas, una por una. Algún tiempo más tarde la policía encontró la ropa ensangrentada y recogió el reloj del sitio en donde fue arrojado por el brutal asesino. Sus manecillas estaban paradas, exactamente, a las 6:30 am.
Sadorff y Kelleher estaban ya seguros de haber seguido el rastro del parrandero Hess, hasta la última hora de su vida, durante aquella fatídica víspera de año nuevo.
Después de su confesión, la policía llevó al criminal a su apartamento para hacer otro registro. En un cajón de la cómoda, el jefe Walter Coiné y Kelleher encontraron el arma que se había usado para cometer el crimen. El culpable la había lavado y la había escondido, pero todavía mostraba manchas. Por lo tanto, se envió al laboratorio de la policía para su análisis y, cuando el resultado fue conocido, se procesó a Hatry.
El estado lo acusó de asesinato premeditado y pidió la pena de muerte. Hatry fue declarado culpable y sentenciado a prisión perpetua. Sin embargo, se mostró completamente sereno cuando el jefe del jurado pronunció las palabras que habrían de ponerlo detrás de las rejas por el resto de sus días. l
Ilustraciones: David Márquez |