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Cuando
los niños crecen
Diferentes visiones de las diversas etapas
que viven los niños van quedando atrás.
Phil Hogan
Nuestro hijo menor cumplió siete
años la semana pasada, dejando firmemente atrás la
idea de los seis, junto con todos sus indignos comportamientos pueriles.
El próximo año su celebración de cumpleaños
será mucho más tranquila, tal vez con una ida al bowling
con dos o tres amigos afines, luego pizzas y después el regreso
a casa para ver un video que uno consideraría poco apropiado.
Al ir transcurriendo los momentos memorables
de nuestras vidas, no tener que supervisar otra piñata puede
parecer menos digno de nombrar que, digamos, pasar el examen de
manejo o tener la primera experiencia sexual. Pero no pude evitar
soltar un suspiro cuando el último pegajoso invitado se fue
el domingo pasado metiendo en su morral dulces, chupetas, un pedazo
de torta y la obligatoria pistola de agua miniatura que ningún
joven que se respete -y todos nosotros somos cómplice en
este fraude- dispararía en nombre de una diversión
genuina.
Los ritos del paso de una etapa a otra
en la vida de nuestros hijos son también nuestros propios
ritos. La única diferencia es que nosotros vamos en dirección
contraria, lentamente, de regreso a lo que sea que estábamos
haciendo antes de vernos interrumpidos tan toscamente por la biología,
tomando un descanso ocasionalmente para felicitarnos a nosotros
mismos por alcanzar un puesto en la escena sutilmente crítico.
Algunos padres que lean esto (o que quizás
más bien estén -sabiamente- retomando su vida sexual)
estarán celebrando su primera noche de sueño ininterrumpido
desde 1997; otros pueden estar reflexionando sobre el último
paquete de pañales que compraron en su vida; otros posiblemente
se encuentren aún preguntándose qué hacer con
ese pijama de Pokemon que desprevenidamente se quedó sin
niños que crecieran dentro de ellos.
Sin embargo, me pregunto si estaré
hablando de los padres; o si es sólo sobre mí. Mientras
estoy ocupado pensando en que las cosas no podrían sino mejorar,
siento que la respuesta de mi esposa al paso de las eras -aunque
creciente en escala (el menguante papel del Ratoncito Pérez
en nuestras vidas, el fin de personajes como los Teletubbies)- carece
de cierto modo del entusiasmo apropiado. Hay una negativa a botar
los juguetes que una vez fueron los favoritos; demasiado olfateo
a las medias de bebé encontradas en un rincón de las
gavetas.
Espero con ansias el final de esta temporada,
cuando nuestro pequeño de siete años pueda dejar de
fingir que le gusta su grupo scout infantil y decida por sí
mismo si quiere continuar. Nosotros podríamos entonces dejar
de simular que es muy cómodo llevarlo corriendo allí
cinco minutos luego de su lección de tenis y cinco minutos
antes de la clase de piano de nuestro hijo mayor, haciendo que la
mitad de la familia tenga que tomarse su café en el auto.
Mi esposa siente pena por eso, porque ¿no es la ética
scout de la amistad comunal, la limpieza y el respeto por los demás
justo lo mejor para nuestro pequeño? Bien, obviamente sí,
pero usted puede decir que él francamente ya ha tenido bastante
en cuanto a valores y apreciar el trabajo en equipo y tratar de
hacer tractores con las cajas de cereales. ¿No ha notado
ella la mirada acusadora que el niño ha comenzado a mostrar
como parte del uniforme? Ya tiene siete años, le digo. "Tú
simplemente piensas en la comodidad", me responde ella. Bien,
por supuesto que eso también cuenta.
¿Es el ser padres una actividad
de esparcimiento o un trabajo temporal que nos asigna la evolución?
Mi esposa está alerta al carácter efímero de
la niñez y es guardiana de su santidad, mientras que yo estoy
ocupado deseando que hagan sus vidas lejos para que nosotros podamos
retomar las nuestras. Aunque ha pasado mucho tiempo desde que alguno
de los chicos solía ir gateando a meterse en nuestra cama,
todavía cuando llego tarde un viernes por la noche encuentro
a uno de ellos en el sitio donde yo esperaba dormir. "Pesadillas...",
murmura mi esposa.
A ella le duele cuando expreso con demasiada transparencia el alivio
que significa que no pueda convencer a ninguno de ellos para que
salga a dar un paseo al parque cuando hace demasiado frío.
Tampoco le agrada si lanzo al aire una opinión demasiado
brillante sobre algún momento futuro cuando todos los niños
se nieguen a pasar sus vacaciones con nosotros.
Sin embargo, al igual que las mejores
uniones de opuestos, nuestros territorios emocionales se sobreponen
en algunas partes. Extraño la manera en que nuestros hijos
solían ir corriendo a saludarme como un heroico piloto de
combate cuando regresaba del trabajo. Mi esposa espera que estén
demasiado crecidos para Halloween. Cada uno de nosotros tiene su
propia idea del progreso.
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