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Me leí ese artículo de pura
cuaima. Es que llevaba por título algo como "Secuestrada
ex mujer de fulano de tal" y, por qué negarlo, me resultan
atractivísimas absolutamente todas las historias de ex mujeres
de, y como ésta, encima estaba envuelta en un posible humo
de novela negra, pues mejor. Fue arrancar a leerlo y comenzar
a saborear la inspiración para una posible novela con acaudalado
empresario, divorcio, secuestro, intriga, misterio, en fin. Pero
el sabor de la inspiración no me duró ni cinco minutos,
¿qué digo minutos?, ni cinco líneas. Y es que,
ya en el segundo párrafo, la periodista, porque era una mujer
periodista la que firmaba la nota, comenzó a tildar a la
víctima del secuestro de "la septuagenaria" ante
mi absoluto asombro e indignación. Describía la joven
periodista, (porque de seguro es jovencita y jura que va a permanecer
así por los siglos de los siglos), cosas como la siguiente:
"Al salir de la peluquería, la septuagenaria fue interceptada
por", "los familiares están esperando la llamada
de los captores de la septuagenaria que". ¡Qué
horror! La septuagenaria a secas. Como si esa mujer durante toda
su vida no hubiera hecho otra cosa más que cumplir años.
Es decir, no tuvo una profesión, un oficio, un don, no fue
una excelsa madre, una abuela genial, una amiga estupenda, una cocinera
de primer orden ni un nombre propio, pues, es que ni un apodo cariñoso,
nada. Lo único que tuvo son años, más de setenta
para ser exactos.
Qué espanto. Encima que estaba pasando
por el terrible trance de ser secuestrada, la noticia de su desgracia
la dejó reducida a una "septuagenaria", que no
sólo tiene un tonito como de desprecio jurásico intrínseco,
sino que de paso acabó con uno de los misterios más
preciados y mejor guardados de toda mujer: su edad. Yo no la conozco
de nada pero igualito me la imaginé con todo respeto recuperando
su libertad, cosa que ocurrió afortunadamente a los pocos
días, y yendo derechito a esmollejar a la jovencitísima
periodista y a gritarle digna y mínimamente: ¡Más
septuagenaria serás tú, muchachita!
Por si no lo hizo, aquí se lo grito
yo en nombre de ella y de los montones de señores y señoras
que diariamente son reducidos a sexagenarios y septuagenarios en
las páginas de los periódicos nacionales. ¿Qué
vaina es esa?
Recordé clarito el día en que
mi papá cumplió sesenta años y se me quedó
viendo aterrado. Español, pesimista y dueño de su
correspondiente humor negro comentó preocupadísimo:
"Ahora si me atropellan en la calle no voy a ser el ingeniero
Montañés ni siquiera el papá de Moniquita ni
mucho menos el hablador de pistoladas políticas que siempre
quise ser. Ahora, si me pasa algo, sólo van a decir atropellado
sexagenario en plena vía pública".
Francamente. No sé qué puede
costar un poquito de respeto, perder unos cuantos minutitos de su
valioso tiempo en averiguar qué más es esa persona
aparte del dato de la edad que, dicho sea de paso, no suele ser
el más halagador ni el más meritorio. No sé
a qué se deberá esa feísima costumbre. Quizá
a los jovencísimos que suelen ser lo periodistas nacionales
y a lo lejísimos que les debe resultar la tercera edad. Pero
pónganse por ejemplo en estos otros casos, probablemente
más cercanos: "Atracada gordita saliendo de la panadería"
o "calvito entrando al banco" o "chaparrita sofocada
en plena marcha". ¿Por qué no? El sobrepeso,
la calvicie y la estatura son datos tan objetivos como la edad,
¿o no? Sin embargo, por alguna extraña razón,
nadie titula por ahí, y eso que puede haber un despistado
que te diga gordita de cariño pero septuagenaria nunca. ¿Y
entonces? l
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