| Adicciones del siglo XXI
Una vez fueron el alcohol y el cigarrillo.
Ahora es cualquier cosa, desde el sushi y el viagra hasta la cirugía
plástica. Los tiempos modernos han traído consigo
todo un mundo de nuevos vicios. John
Hind
Dependencia, devociOn, compulsión,
adicción, fijación, obsesión y hábito
son palabras cuyas definiciones los psicólogos podrían
pasar el siglo XXI debatiendo. Algunas personas consideran que casi
todo lo que hacemos, aparte de lo rutinario -e incluso lo
que no es rutinario- tiene como fin buscar alivio o evitar
un desorden neurótico. Fumar o morder un lápiz, por
una parte, produce alivio y, por la otra, evita una incomodidad.
Sin embargo, el mundo moderno nos ofrece,
o nos alerta sobre, un creciente número de potenciales gustos
y disgustos; hay más cosas en las que estar enfocados, pero
muchas más cosas que nos distraen; más cosas que comprar,
pero todavía más que no podemos adquirir; más
oportunidades para expresar nuestra individualidad, pero más
para perdernos anónimos en la multitud; más oportunidades
de intimidad, pero más de alejamiento; más oportunidades
de distanciarnos de algo o alguien, pero más oportunidades
de sufrir por ese distanciamiento; más para expresar nuestra
sensibilidad, pero aún más para ser insensibles. En
fin, un mayor número de oportunidades, y más oportunidades
que dejamos pasar.
En los tres casos de adicción
que se presentan a continuación, es posible que identifiquemos
algo de nosotros mismos, que envidiemos el enfoque o la devoción,
que encontremos lo que deseamos evitar o lo que nos hace falta.
Chelsea Kirwan
Adicta a la cirugía plástica
Chelsea Kirwan detesta imaginarse cómo se vería ahora
si no se hubiese sometido a varias cirugías plásticas.
“Es como pensar en la muerte. Ni siquiera deseo ir al cielo.
Tras haber alterado mi cuerpo, no sé si cuando vaya al cielo
tendré el mismo cuerpo que tenía antes. El sólo
pensar en eso me aterra”.
“Vengo de Dallas, donde las mujeres
nacen y son criadas para ser bellas. No es que sean naturalmente
más bellas que las mujeres de cualquier otro lugar. Bueno,
quizás un poquito, pero ellas saben aprovechar lo que tienen.
Mi madre siempre sacó el máximo provecho de ella misma,
y mi madrastra mucho más, pero ella no dejaba de criticar
mi aspecto físico. Creo que me rebelé; no recuerdo
haberme interesado nunca en mi apariencia durante la adolescencia.
Sin embargo, a los 19 años tuve que operarme la nariz luego
que me la partí en el gimnasio. Desde entonces mi lema es:
La vida es muy corta. Si no te gusta, entonces haz algo por ella”.
“Me he inyectado botox durante
años, incluso debajo de los brazos. El botox no tiene comparación.
No puedo creer que todavía haya gente que le tenga miedo
a inyectárselo en el rostro y el resto del cuerpo. Además,
muchas personas no aprecian el verdadero valor de la toxina botulínica
hasta que pasa el efecto y las arrugas vuelven a aparecer. Pero
yo nunca espero; no puedo esperar hasta ese momento. No me lo aplico
cada seis meses -que es lo recomendable-. Me lo inyecto cada tres
meses. Es como hacerme la manicura o teñirme el cabello”.
Casi a los 25 años, se hizo cirugía
en los senos, tras el nacimiento de su hijo con su primer esposo.
Luego se las levantó, se las redujo y volvió a hacerse
un nuevo implante con Lawrence Kirwan, el cirujano quien luego se
convirtió en su segundo esposo. Esta relación marital
le ha alimentado cada vez más el deseo de mejorar su cuerpo,
de adelantarse al juego, de descubrir y hacer uso de los más
recientes procedimientos quirúrgicos y no quirúrgicos.
Samir
Hakkou
Adicto al sushi
Hace tres años, Samir Hakkou viajó a Australia, donde
su novia estaba trabajando. Le ofrecieron un empleo en el restaurante
Nagani Sushi, posiblemente porque es descendiente de chinos y malayos
o porque muchos imaginan que es japonés. El personal del
restaurante puede comer gratis y todo lo que desee. “Al principio
estaba algo renuente”, señala Hakkou.
Hakkou cuenta lo que sigue siendo su
“mejor experiencia con el sushi” hasta la fecha. “Un
día tenía tanta hambre que comí de más.
Comí de todo durante ese momento de libertad. Me serví
en varios platos y escudillas. Con la mano izquierda me servía
una cosa y, simultáneamente, con la derecha, otra. Realmente
no recuerdo todo lo que comí, porque había mucha comida
y no dejaba de engullir: sushi de vegetales, rollitos de mariscos,
sashini de salmón, sushi de carne. Cuando logré levantarme,
sentía una presión insoportable en mi estómago”.
Ahora, con 24 años y viviendo nuevamente en Londres, Hakkou
se considera un “amante empedernido del sushi”. Ha comido
esta delicia de la gastronomía japonesa todos los días
en los últimos tres años, y rara vez consume algo
distinto.
“No conozco a nadie que coma tanto
(sushi); como muchísimo. En la actualidad estoy haciendo
ejercicios tres horas al día, casi a diario, para quemar
calorías”. La vida de Hakkou gira en torno al sushi.
Su interés en el gimnasio, la salud, la longevidad, la pureza,
la limpieza y la estética y su interés en el sushi
están interrelacionados. “No es que esté muy
contento con mi aspecto físico. He empezado a leer sobre
el sushi, la salud, los beneficios de los diversos ingredientes
y la combinación de pescados. Cuanto más pruebas el
sushi, tanto más conoces sobre este platillo, y tanto más
se despierta tu curiosidad por él. Aumenta tu conocimiento
y el placer, y te obsesionas en cuerpo y mente por el sushi”.
Hakkou duerme menos y, por ende, tiene
más tiempo para dedicarle al sushi y más energía
para ejercitarse físicamente a fin de quemar calorías
y dejar espacio para más sushi. “Obviamente no puedo
comer sushi todo el tiempo y no ejercitarme; son demasiadas proteínas.
Eso sería poco saludable, si bien siempre puedo dejarme tentar
por algo que contenga un poco de arroz, algas, vegetales verdes
y soya. Un truco es comer inmediatamente después de ir al
gimnasio, cuando el cuerpo consume toda la energía posible.
Después de una hora, vuelvo a tener hambre, ya que dos horas
después de hacer ejercicios tus músculos necesitan
proteínas. Entonces estoy listo para comer más sushi.
Hakkou comienza sus mañanas vigorosamente, preparando sushi.
En su céntrico apartamento tipo estudio en Londres, se dedica
a cocinar arroz con la consistencia y el sabor exactos.
“Para mí es un ritual.
Antes de comer, hago las neuroasociaciones entre el aspecto de la
comida y el sabor, ya que la presentación -esa sensación
de limpieza incluso antes de que comas el primer bocado- aumenta
el gusto. Así que se trata de estética y presentación.
Eso sí, trato de evitar el sushi que venden en los supermercados,
pues contiene preservativos. Por lo general, llevo mis propios rollitos
en una caja, o sueltos en el bolsillo, y me los como mientras me
dirijo al trabajo. Dejé la universidad y de desenvolverme
en el campo de la ingeniería puesto que encontré algo
que verdaderamente me fascina. La satisfacción laboral está
por encima del dinero -en el restaurante puedo comprar sushi a mitad
de precio y comer más de lo que verdaderamente me encanta
en un ambiente donde reina el sushi-. Para muchas personas el sushi
es algo que confiere estatus, pero para mí lo es todo. En
el restaurante, la ración es de dos rollos por plato. En
una comida me sirvo aproximadamente 12 platos. En los turnos dobles
siempre hago dos comidas, con seis horas de diferencia. En total
son 24 platos, lo que significa 48 rollos de sushi. Si el sushi
se acabara, no sé cómo haría para acostumbrarme.
Sería devastador”.
Remi
Wickstrom
Adicto al viagra
Remi Wickstrom es adicto al Sr. Azul, la pastilla azul de Viagra.
Nació en Escandinavia hace 29 años y en la actualidad
vive en Whitechapel, al este de Londres. Ha usado tanto el Viagra
de marca como el genérico desde hace varios años.
“Lo usa regularmente. Es obvio que no tendría sentido
usarla si no fuese a tener sexo. Pero el hecho es que mantengo relaciones
sexuales con mucha frecuencia, mucha, y es porque me encanta el
sexo. Además, me encanta pasar horas manteniendo una buena
relación sexual. Por lo tanto, me encanta el Viagra. Se lo
recomiendo a todos, jóvenes o viejos; desde luego, primero
tienen que consultar a su médico”.
“Me encanta ir a los clubes, y
conozco y salgo con distintas personas casi todas las noches los
fines de semana -obviamente, los mejores días para conocer
gente-. Entre semana, de lunes a jueves, estoy más involucrado
en mi trabajo, aunque igualmente podría suceder; en cualquier
momento, en cualquier lugar. Me encanta tener sexo bajo el efecto
de Viagra. Es fabuloso”. Wickstrom creció en un pueblito
tranquilo de Finlandia, trabajó en cruceros nacionales y
empezó a estudiar psicología. Pero luego se mudó
para Londres y trabaja como minorista.
“El Viagra empieza a hacer efecto
entre 30 y 60 minutos después de ingerido”, afirma,
“por lo que siempre llevo las pastillas conmigo en caso de
necesitarlas”. Sin embargo, Wickstrom no las considera absolutamente
necesarias. “No las necesito como la necesitan los hombres
mayores. No sufro de disfunción eréctil. Puedo tener
relaciones sin tomar Viagra, pero cuando deseo más diversión
en el sexo las tomo”. En realidad, no se preocupa mucho por
la posibilidad de que se agoten. “En Londres siempre hay disponibilidad
de Viagra. Una vez fui a un doctor local y le pedí una prescripción.
Resulta que eran muy costosas, pero en las revistas sobre sexo y
vía Internet se puede conseguir viagra genérico”.
A Wickstrom no le importaría usar VRX-V, conocido como el
viagra herbal, “un estimulante sexual 100 por ciento natural
que retarda la eyaculación”. Sin embargo, se queja
de que funciona “por menos de cuatro horas”.
“No he dejado de tomarla. No me
preocupa cuando no la tengo conmigo, porque siempre tengo deseos
de tener relaciones sexuales”. l
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