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Conozco bien los logros, los delirios y
las frustraciones del feminismo pop, del feminismo funk, del feminismo
punk y del resto de las evolucionadas ideologías a favor
de la equidad entre niños y niñas.Tanto conozco
las mutaciones del feminismo hipermoderno, que no me hubiera detenido
a teorizar sobre lo que considero un modelo indivisible de acción
erosiva, persistente y sostenida -cuyos logros van mucho más
allá de los impermeables discursos teóricos y las
antipáticas pancartas enfurecidas- si no me hubiera dado
la frente contra el vidrio de una verdad que reza: "De lo sobrentendido
surgen los malos entendidos".
Cierta sorpresiva disposición a intercambiar
puntos de vista en torno a las interrogantes del feminismo como
fenómeno en uso o desuso con algunas colegas, me obligó
a reflexionar en torno a lo que pensamos y sentimos quienes nos
planteamos la beligerancia política con compromiso leal,
aunque sin ceñirnos a panfleto ideológico alguno.
Quienes militamos en las filas de los ismos pop detestamos los dogmas
del conocimiento absolutista y las cárceles de la razón
artrítica, pero no por ello desconocemos la importancia del
pensamiento inteligente y mordaz, que rehuye toda tentación
acomodaticia y jamás permanece indiferente a las desigualdades
de un mundo rebasado de vicios impenitentes, crueldades y sinsabores.
El feminismo pop ha cambiado de trincheras,
ha remozado sus culpas y exorcizado sus complejos para robustecerse,
para magnificarse, jamás para ablandarse o desaparecer. Esta
alternativa electroideológica de temperamento activo y combativo,
adora los sostenes de encajes y los colores cítricos de la
ropa interior de las mujeres que se revelan radiantes y poderosas
frente al mundo cruel de Jack el Destripador. El feminismo pop no
se despoja del brassier para incinerarlo a favor de una voluntad
femenina libre de toda opresión sexual; no, este modelo actitudinal
se vale de la condición erótica del pensamiento curvilíneo,
y se nutre de la seductora energía del estrógeno,
para ganar así las luchas del deseo y las del pensamiento.
El feminismo no ha dejado de ser una necesidad
latente en un mundo en el que las diferencias siguen jugando a favor
de quien tiene el poder, y en contra de quien no lo tiene. Sea un
macho o una hembra, un rico o un pobre, un caucásico o un
taiwanés, un católico o un musulmán, un hombre
o una mujer, el poder de unos en ocasiones aniquila las libertades
de otros, y como muchas otras luchas visionarias, su sola tozuda
persistencia (cuanto más sutil y constante mejor), garantiza
logros invalorables en beneficio del progreso humanista. Su reafirmación
simbólica ha cambiado y sufrido mutaciones fabulosas, pero
la lucha silenciosa de las amazonas universales que consideran que
aún hay muchas batallas que saldar, continúa en pie
de guerra.
El feminismo no ha dejado de oponer resistencia
ni de empujarnos hacia un ecosistema en el que las niñas
desean reencontrarse con la fuerza animal que existe entre la planta
del pie, el clítoris y el cerebro. Somos y seremos inmejorables,
todas las mujeres que adoramos el placer de la vanidad y el privilegio
lúdico que oculta el erótico juego de las formas.
No imagino mi vida sin pinturas de labios, uñas acrílicas,
zapatos de tacón alto y pantalones de cebra. Pero bien imagino
un mundo en el que ninguna mujer se vea forzada a tolerar las humillaciones
verbales de un jefe misógino, o los arrebatos de violencia
física de un minusválido mental con el que vive bajo
el mismo techo.
El feminismo pop podría ser considerado
un invento efectista, una provocación del periodismo colorista,
o una máxima ideológica a la orden de las necesidades
del mundo actual. Da igual.
Quienes confiamos en el dominio transformador
de la libertad y en la fascinación irresistible de las teorías
progresistas, sabemos que el feminismo pop, funk o punk -las diferencias
son básicamente un asunto de estilo e hilo musical- representa
un modelo de militancia dura, a favor de la individualidad de las
féminas valientes y los hombres consecuentes.
El feminismo pop es un complejo decálogo
de parámetros éticos y estéticos que las mujeres
intuimos gracias a nuestro temible olfato.
Es un juego de discursos inconscientes, un
manual para afinar destrezas, fortalecer el carácter, generar
fuerza e independencia y multiplicar el sex appeal. El feminismo
pop es mitología urbana, brujería, herejía,
seducción. l
tofano@hotmail.com
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