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Foto: www.SHUTTERSTOCK.COM /Maszas

Cosas de la
EDAD

¿Qué tipo de ropa necesita un recién nacido? ¿Es bueno tener al pequeñín de un año en el corral? ¿Es cierto que al imitar está aprendiendo? Ya tiene tres años, ¿no ha llegado la hora de ponerle un límite a las chucherías? A los cuatro, ¿ya entiende los números? Acá las respuestas a estas y otras interrogantes Por Silvia Cándano y Silvia Castillo

RECIÉN NACIDO
Qué tipo de ropa necesita
La piel del bebé es muy delicada. Por eso, además de procurarle unos cuidados especiales aplicando cremas, jabones y lociones específicas, hay que vestirla con las prendas adecuadas. Te decimos cuáles son. La ropa de tu bebé debe ser segura, cómoda y práctica. Y si, además, es bonita, mejor que mejor. No te agobies por tener mucha cantidad de todo (las prendas le quedarán pequeñas enseguida), es más práctico tener un poco de cada cosa (recuerda que, además de lo que le compres tú, te regalarán muchas cosas).

Elige tejidos naturales
Procura que toda la ropa que adquieras para tu hijo esté confeccionada con tejidos naturales como el algodón, el lino o el hilo (fíjate en la etiqueta), porque las fibras artificiales dificultan la transpiración, favorecen las irritaciones y pueden provocar alergias. Mucho ojo con las prendas de angora, ésta suelta pelo que el bebé puede acumular en las manos y en la boca.

Opta por prendas suaves y confortables, que puedan ponerse y quitarse con facilidad (los bodys deben tener un sistema de abertura con automáticos en la parte inferior, para poder cambiar de pañal al niño sin tener que desnudarlo), que estén bien diseñadas (deben ser de una firma de confianza) y que sean de una talla amplia (no demasiado) para que el niño pueda moverse libremente. Asegúrate de que carecen de gomas en la cintura, tobillos o muñecas que puedan oprimirle y olvídate de los volantes excesivos y de las cintas y lazos en el cuello o en las mangas, que pueden ser peligrosos.

Recuerda que los cierres más cómodos y seguros son las tiras de velcro y los corchetes o automáticos. Si la prenda lleva botones, éstos deben ser grandes y planos y han de estar en una zona en la que no molesten al niño cuando está acostado y en la que no queden al alcance de la boca del pequeño.

Es recomendable que laves sus prendas separadas de las del resto de la familia, en la lavadora o a mano, pero siempre con productos específicos para prendas delicadas (jamás uses lejía). Después de lavarlas, asegúrate de que han quedado bien aclaradas, sin restos de detergente que puedan irritarle la piel. No hace falta que laves su ropa cada vez que la use, sólo cuando la manche, la moje o coja olor.


Procura que la ropa de tu hijo esté confeccionada con tejidos naturales

Foto: www.SHUTTERSTOCK.COM /Niderlander

No le abrigues demasiado
Por mucho que insistan algunas abuelas, no es conveniente abrigar demasiado a los bebés (y menos aún para dormir, porque el exceso de calor por estar muy abrigados es uno de los factores que incrementan el riesgo de muerte súbita). Una vez que vistas a tu hijo, tócale la nuca y la nariz de vez en cuando. Si le suda la nuca, sabrás que tiene calor y tendrás que quitarle alguna prenda. Y si tiene fría la nariz, sabrás que se está enfriando y deberás abrigarle un poco más.

Antes de salir de casa, acuérdate
de llevar una manta para taparle si de repente empieza a refrescar, y ponle un gorrito que le cubra bien las orejas para evitar el riesgo de que sufra una otitis. Y recuerda desabrigarle enseguida si entras en un sitio donde hace calor. Si suda y le sacas así, el sudor se le enfriará y puede resfriarse.

3-6 MESES
Algo que suele sorprender a los padres es que su bebé tenga los ojos claros, y más si ellos los tienen oscuros. Pero ese tono seguramente se le irá oscureciendo.
Un porcentaje elevado de recién nacidos tienen los ojos grises azulados, aunque sus padres los tengan oscuros. Esto es debido a que el color de los ojos depende de la transparencia del estoma del iris, que se engrosa en los siguientes meses, y del tipo y la cantidad de pigmentos (sobre todo el oscuro, la melanina) que el iris contiene. La melanina se forma en los primeros meses, por eso a medida que se depositan capas de pigmento sobre la membrana del iris, los ojos claritos de muchos bebés se van oscureciendo. En la mayoría de los niños el color definitivo se conforma antes de los seis meses, aunque en algunos puede cambiar más tarde, cuando ya está próximo su primer cumpleaños. Si el bebé nace con los ojos oscuros, ése será su tono definitivo, pero si los tiene claros, el color puede persistir o puede cambiar.

Herencia de familia
El color de ojos es, sin duda, un rasgo genético: de la combinación de ciertos genes transmitidos por la madre y por el padre resulta el color de los ojos del hijo. Pero no se trata de una mezcla, lo que ocurre es que unos genes se imponen a otros. Según las leyes de Mendel, son dominantes los genes que marcan el tono castaño o café, y recesivos los que determinan el color azul, verde o miel. De esta forma, si ambos progenitores tienen los ojos claros, el niño también los tendrá así. Y lo mismo si ambos los tienen oscuros. Pero si los ojos del padre, por ejemplo, son claros y los de la madre son oscuros, los del hijo serán probablemente oscuros, a no ser que la madre haya aportado un gen recesivo, heredado de su madre o padre (los genes recesivos no se manifiestan, pero siguen estando). Por eso también importan los genes de los abuelos, que en algunas ocasiones, aunque pocas, se saltan una generación y se muestran en la siguiente.

En Internet se pueden encontrar páginas que ofrecen a los interesados lo que algunos llaman un "calculador de los ojos del hijo". Aunque están sólo en inglés, son fáciles de entender. Basta con hacer un click y regular con una pestaña la intensidad para seleccionar el color de ojos de los abuelos y de los padres, y el resultado que se obtiene es bastante fiable. Por cierto, una ventaja de que haya genes recesivos es que el albinismo (pelo blanco y ojos grises, por falta de pigmento) no se manifiesta cuando uno de los padres no es albino.


El color de cabello definitivo del bebé se sabe después de los seis meses de edad

Fotos: www.SHUTTERSTOCK.COM/ Lisa A. Svara

¿Y el color del cabello?
También es un rasgo genético y sigue las mismas
leyes que el color de ojos (tonos oscuros dominantes
y tonos claros recesivos), pero hay una diferencia: muchos bebés nacen con el pelo oscuro y lo pierden enseguida, porque no es el definitivo. Éste aparece hacia el sexto mes y, aunque se oscurece con la pigmentación, no tiene que ver con el pelo con el
que el niño nació. Esto explica por qué algunos
bebés nacen rubios y luego se vuelven castaños,
y otros de pelo oscuro se convierten con
el tiempo en bebés rubísimos.

6-12 MESES
Hay bebés muy risueños y otros más serios; es lógico, porque cada uno nace con un temperamento. Pero los padres pueden influir en esta edad para que su hijo tenga una forma de afrontar la vida y de relacionarse más positiva y optimista.
Las reacciones del niño pequeño son temperamentales: responden más al temperamento con el que ha nacido (a cualidades como el tono muscular, la sensibilidad nerviosa o el nivel de energía) que a su carácter, que es la faceta de la personalidad que se va desarrollando con el tiempo, a través de las experiencias y el contacto social. Cuando un niño nace aún no tiene un carácter definido, pero sus reacciones van a influir en el modo de actuar de sus padres con él. Por eso, aunque tú no puedes cambiar el temperamento de tu hijo, sí incides en su carácter, de diversos modos.

¿Recuerdas las primeras sonrisas de tu bebé? Tú mostrabas tu satisfacción ante ellas, una vez tras otra, y eso le llevó a descubrir que si él sonríe, mamá le besa, le acaricia, le habla y le sonríe también. Tus actitudes generan nuevas respuestas en el niño, que a su vez provocan otras tuyas; así es como se establece una interrelación constante padres-hijo, que es lo que va perfilando su carácter.

Ambiente feliz en casa
Por otra parte, habrás observado que si tu hijo se cae y tu gesto es de enfado o alarma, rompe a llorar; pero si le sonríes, se levanta como si nada. Esto demuestra lo sensible que es a tus reacciones y cómo las identifica por tus gestos y tus tonos de voz. Y es que el niño a esta edad vive como propias las sensaciones de sus padres, por eso su felicidad depende mucho de la de ellos. En consecuencia, es importante que adopten una actitud positiva, alegre y comprensiva, que tengan buen humor, porque su hijo aprende a ser feliz viendo que ustedes lo son.

Las risas en familia también son muy positivas porque refuerzan los lazos afectivos y crean un buen ambiente en casa. Lo que han descubierto los expertos en risoterapia (una técnica que ayuda a la curación de enfermedades físicas y psíquicas a través de la risa) es simple, pero eficaz: igual que la alegría nos provoca la sonrisa espontánea, basta con esbozar de propósito un gesto de sonrisa para empezar a sentirnos más alegres.


Foto: www.SHUTTERSTOCK.COM / STEVE SNOWDEN

¿QUÉ LE HACE REÍR?
A esta edad, aunque tu hijo sea "serio" o más bien llorón,
lo natural es que se ría a menudo, y a carcajadas, como
un signo de vitalidad y salud. Procura que en su vida
diaria haya momentos alegres, no estés regañándole.

Por otra parte, desde la sonrisa de satisfacción de las primeras semanas a la risa intencionada de ahora, tu hijo
ha experimentado una gran evolución en la que los padres han tenido mucho que ver. A los tres meses su sonrisa se hizo social o comunicativa (en respuesta a la vuestra),
poco después observaron que ya sonreía anticipando acontecimientos, hacia los cinco meses su sonrisa ya era selectiva (no para todos, sino para las personas conocidas)
y en torno a los seis meses su risa "muda" adquirió sonido. Antes de los ocho meses, lo que provoca la risa del niño
es esencialmente la estimulación sensorial (cosquillas, soplidos en la barriga...), pero, enseguida, surge lo que
los psicólogos llamamos el "juego afectivo-social": tu pequeño se ríe a carcajadas con tus bromas, como cuando pones muecas o ensayas un tropezón, y sigue riéndose
para que lo repitas. Es una sonrisa "inteligente", ya tiene sentido del humor.

1 AÑO
A esta edad tu hijo no para un momento. Por eso el corral, si no se abusa de él, es una buena solución para que puedas tomarte un respiro mientras el niño se distrae sin riesgos. Son muchas las ventajas del corral, aunque éstas dependerán de cómo reacciona tu hijo cuando está en él. Si no es receptivo y llora, lo mejor es sacarle e intentarlo en otra ocasión. Pero si lo acepta bien y le tienes sólo a ratos, te resultará muy útil porque tu pequeño aprenderá a entretenerse solo y te dará un respiro a ti.

Que se sienta a gusto
Mientras está en el corral, tu hijo contempla todo lo que sucede a su alrededor, lo que contribuirá mucho a mejorar su capacidad de atención y de observación.
Además, es un espacio reducido en el que puede investigar y jugar sintiéndose seguro. No olvides que a esta edad los niños se sienten más protegidos si notan los límites del lugar en el que están (por eso en la cuna se arriman a los barrotes).
En el corral también puede practicar ejercicios corporales que fortalecen sus músculos, algo muy importante ahora que está iniciándose en la marcha. Y es que el corral ofrece un buen punto de apoyo a tu pequeño para que mejore su estabilidad y aprenda a ponerse de pie, a agacharse y a caminar, sujetándose a la barandilla, sin riesgo de sufrir caídas.

Los niños no suelen tardar más de dos días en acostumbrarse a estar en él. Al principio es mejor si tú estás cerca y juegas con él e interactúan. Luego podrás ir dejándole a ratitos, para que él también se acostumbre a estar solo.

De esta forma creas un espacio libre para ti misma y el pequeño se va habituando a no tenerte todo el tiempo encima. De todas formas, para que no se sienta solo, lleva el corral donde tú estés para que no te pierda de vista. Y si eso no es posible, por lo menos pásate a verle con frecuencia y háblale desde la distancia.

El niño tiene que sentirse cómodo en él y ha de verlo como una zona de juegos, por eso no debes introducirle si se muestra inquieto, porque le podría coger manía y no querría volver a entrar más en él. Por esto mismo, si lloriquea y quiere salir después de estar un rato, sácale.

También es importante que no lo utilices como método de castigo, ni le metas a la fuerza, porque acabará por no aceptarlo.

Para que no se canse de él, limita su uso a dos o tres veces al día y no le tengas dentro más de 30 minutos seguidos.

Y que esté seguro
El corral debe cumplir todas las normas de seguridad. Estos requisitos señalan, por ejemplo, que la altura de las paredes debe ser de 55 cm como mínimo; que ha de estar fabricado con materiales sólidos, no tóxicos, y que no debe contener aristas ni partes que puedan desprenderse. Los barrotes deben tener una distancia entre ellos que impida que el niño introduzca la cabeza. Y si en lugar de travesaños tiene malla, sus agujeros deben tener menos de siete mm para que no quepan en ellos los deditos de tu hijo. Si tiene ruedas, al menos dos de ellas deben llevar sistema de bloqueo. Y su base debe ser estable, para soportar su peso.

Por sentido común, no lo pongas al lado de la ventana, ni de cortinas, radiadores, enchufes o muebles que tengan pico. Y no metas juguetes u objetos grandes en los que tu hijo pueda encaramarse y salirse. Vigila que nada de lo que haya dentro sea peligroso para él.

En cuanto a la cantidad de juguetes, bastará con dos o tres, de diferentes tipos (si tiene muchos se agobiará o no los usará). Eso sí, cámbialos con frecuencia para que no se aburra de ellos. Igualmente es recomendable que varíes la ubicación del parque, para que reciba estímulos visuales diferentes que le distraigan.


Foto: www.SHUTTERSTOCK.COM / Endersen

2 AÑOS
La imitación es la principal herramienta de aprendizaje de los niños pequeños, por eso es de vital importancia mostrarles siempre modelos adecuados.
El lenguaje, el modo de comportarse, los hábitos de higiene, la forma de manejar los sentimientos... Casi todo se aprende por imitación en los primeros años
de vida. Tu hijo todavía no sabe razonar, pero su cerebro está programado para imitar como método de aprendizaje. A veces los padres tenemos la sensación de que nuestros hijos sólo copian las cosas malas, pues son las que más nos llaman la atención, pero
no es así: lo imitan todo de las personas más cercanas. Y es una suerte porque así podemos enseñarles muchas cosas.

Hábitos, lenguaje...
El lenguaje, por ejemplo, se adquiere por imitación, por eso debes hablar mucho a tu hijo y de una forma adecuada, con palabras sencillas para que te entienda bien. Lo que no debes hacer es "infantilizarlas": el perro es el perro, no el guauguau, y el tetero es el tetero, no el tete. Tampoco debes decir malas palabras delante de él, porque si las oye, las dirá. Pero puedes aprovechar sus ganas de imitarte para enseñarle a pensar. ¿Cómo? Razonando en voz alta, delante de él, las decisiones que tomas.

Gracias a la imitación, costumbres como lavarse las manos antes de comer y cepillarse los dientes después, si las realizas en su presencia y le animas a que las haga él también, en poco tiempo pasarán a formar parte de su rutina diaria.

Un hábito que a menudo trae de cabeza a la familia es el de la comida. Conviene que todos los días hagan alguna comida con su hijo y si a diario les resulta imposible, háganlo al menos los días de fiesta. Y, lógicamente, cuando coman juntos no se muestren melindrosos con los alimentos. Que su hijo los vea comer con gusto y de todo no garantiza que vaya a ser un niño de buen comer, lo que es seguro es que si ustedes son caprichosos con la comida, él también lo será.

Otro gran aprendizaje que se adquiere por imitación es el de las conductas cívicas. Si ve que siempre usan las papeleras, dan las gracias, saludan al entrar en un sitio con gente, etc., aprenderá a mostrarse educado mucho mejor que con cualquier razonamiento o reprimenda.


Foto: www.SHUTTERSTOCK.COM / matka_Wariatka

"Eso no se hace"
La imitación es la forma que tiene tu hijo de aprender a manejarse en la vida, por eso las conductas imitadas que realmente le reportan algún beneficio se mantienen e, incluso, se intensifican, mientras que las que tienen consecuencias negativas o no le llevan al objeto deseado, se extinguen. Su papel como padres consiste en reforzar las conductas adecuadas y hacer que abandone las que no lo son.

Cuando haga algo que no está bien, explíquenle por qué y muéstrenle de una forma clara cómo debería hacerlo (tirando el papel a la papelera; haciendo una caricia al bebé al que ha pegado...). Recuerden que él aprende más de lo que ve que de lo que le dicen.

3 AÑOS
El valor energético que aporta la glucosa es fundamental para el desarrollo del niño. Además, el consumo de azúcar libera endorfinas, una sustancia que segrega el cerebro y que estimula la sensación de felicidad. Buscar este carbohidrato es algo instintivo, pero esto no significa que el niño necesite grandes cantidades del mismo
y mucho menos que éste deba provenir de las golosinas.

Demasiado azúcar
Las chucherías, aunque sean pequeñitas, pueden ser muy nocivas para la salud.
A la larga pueden producir...

Obesidad. Son una bomba calórica. Además, cuando el niño se da un atracón de caramelos, está perdiendo la oportunidad de consumir alimentos muy necesarios para su desarrollo. Así, las chucherías son perjudiciales, por un lado, porque suponen un consumo excesivo de calorías y, por otro, porque ocupan un espacio que debería llenarse con alimentos más sanos como la verdura, el pescado...

Caries. El azúcar hace que aumenten las segregaciones ácidas en la saliva, disminuyendo las defensas naturales de la boca y facilitando el paso a las bacterias que provocan las caries. Acostumbra a tu hijo a cepillarse los dientes o al menos a enjuagarse la boca después de comer golosinas.

Acidez. Algunas golosinas rompen el equilibrio de los ácidos del estómago, produciendo malestar y acidez.

Es hora de actuar
Para combatir el exceso de chucherías hay que combatir los hábitos de consumo. Esto significa:

Predicar con el ejemplo. De nada sirve que trates de inculcar hábitos saludables
en la alimentación de tu hijo si tú misma estás continuamente mascando chicle
y comiendo bombones.

No asociar el dulce a las fiestas. No permitas que tu hijo relacione los dulces y las golosinas con las fiestas ni que se sienta castigado ante un plato de judías verdes.
Desde hace años está de moda que los niños lleven a clase grandes bolsas de golosinas para celebrar su cumpleaños. Habla con los padres de sus amigos y con los responsables de su colegio para que esto no suceda. En lugar de dulces pueden repartir cuentos, más positivos para sus relaciones y más sanos para su organismo.

Administrarlas tú. Evita por todos los medios que tu hijo guarde golosinas en su cuarto. Trata de hacerle entender que son comida y que, como tal, deben estar en la cocina y bajo tu supervisión. Puedes enseñarle a que te pida una golosina cuando le apetezca (de vez en cuando, no todos los días) y también a que no coma golosinas sin tu permiso. Basta con tener un poco de paciencia, al principio no lo entenderá, pero en unos meses podrás estar tranquila, sabiendo que no las va a comer sin preguntarte antes. No sirve de nada prohibir sin explicar, es necesario gestionar.


Foto: www.SHUTTERSTOCK.COM / matka_Wariatka

4 AÑOS
Los niños pueden aprender a recitar
los números pronto, pero la noción
real de lo que es contar la adquieren
a partir de los cuatro años. Veamos
cómo.

Hasta hace un tiempo, los psicólogos infantiles y pedagogos pensaban que
el cerebro del niño no estaba preparado para aprender a contar hasta los seis
o siete años, pero hoy en día se ha comprobado que no es así y que
pueden empezar a hacerlo desde
los cuatro. También se sabe que
los niños y las niñas que a los dos
años empiezan a contar y a mostrar interés por los números suelen
ser más inteligentes.

Un proceso complicado
A los tres años los niños pueden recitar los números en el orden correcto, pero para ellos contar es una acción aislada, que no guarda la menor relación con las cantidades. Sin embargo, a partir de los cuatro años el niño ya es capaz de entender que los números indican una cantidad (el último número que se obtiene al contar es el que representa la cantidad total de objetos contados) y un orden estable (los números siguen siempre el mismo orden cuando los contamos). Ordenar es la fase previa a contar. Cuando tu hijo entienda que tiene un número determinado de juguetes que puede clasificar por tamaños, formas, colores, etc. habrá dado un gran paso, ya que empezará a comprender las características de los objetos cotidianos y entre ellas, la de unidad: dos guantes forman una unidad, pero uno sólo no sirve para nada. De igual modo, descubrirá que el 0 tiene significado en relación con los otros números, pero no sin ellos.

Y hay otro aspecto importante: cuando los niños de cuatro años cuentan un grupo de objetos señalándolos con el dedo, asignan un número, o sea, un valor a cada objeto
y sólo uno, mientras que los niños más pequeños se dejan objetos sin señalar y a algunos los cuentan dos e, incluso, tres veces. Todo esto indica que el cerebro del niño ya está lo bastante maduro como para aprender y comprender los números.
Ahora bien, se trata de un proceso bastante complicado, que pasa por diferentes etapas: el niño, al principio, aprende a diferenciar los conceptos más y menos; después, la relación entre un número y la cantidad que indica; luego, que el
símbolo "3" significa lo mismo que la palabra "tres" y más adelante, a los cinco
años, comenzará a hacer sumas y restas.

Juegos con papá y mamá
Para ayudar a tu pequeño a entender los números puedes...
Pedirle que junte sus cochecitos por un lado y sus soldados por otro y te diga
en qué grupo hay más cantidad de objetos y en cuál hay menos.
Preguntarle cuántos dedos tiene en cada mano, para que relacione la cifra
con cada dedo.
Animarle a contar los escalones de la escalera y preguntarle cuántos escalones tiene la escalera en total.
Enseñarle unas fotos suyas, para que las ordene por orden cronológico:
recién nacido, bebé, niño...
Hacer series de colores (azul-amarillo-azul-amarillo-azul...) e ir aumentando
la dificultad poco a poco.
Jugar al dominó, a distinguir los números en un reloj, a hojear cuentos que
enseñen a contar...
Una vez que tu pequeño descubra que contar puede resultarle muy útil para saber
si en el frigorífico hay suficientes yogures o para repartir las bolsas de chucherías entre los invitados a su cumpleaños, se mostrará mucho más receptivo a todo
lo que esté relacionado con los números.

5 AÑOS
Tiene juguetes en abundancia, energía a raudales y mucha fantasía. Y aun así,
te dice que se aburre. ¿Qué hay detrás de esa frase? ¿Y cómo ayudarle?
Aburrirse es algo que les sucede a los niños ya mayorcitos. El niño más pequeño, de dos o tres años, puede tener momentos en los que se acuesta en el sofá, pero lo hace más bien para buscar un momento de pausa, de descanso. Enseguida algo le atrae o le llama la atención y vuelve a explorar. Sin embargo, tu hijo de cinco años sí puede llegar ya a estar aburrido y pedir ayuda: "Mamá, ¿qué hago?".

No es algo negativo
Lo más probable es que empieces a enumerar las actividades que puede hacer. ¿Por qué no juegas con..? Pero seguro que nada de lo que le propongas le parece interesante, porque lo que siente es una falta de ganas, una sensación de pereza, más que una carencia de ideas. Para empezar, plantéate que esta vivencia en sí no es negativa. La frustración que provoca el aburrimiento (aburrirse es ¡muy aburrido!) suele ser fuente de inspiración para nuevas actividades. Así que antes de acudir en su rescate y aportarle un montón de ideas (o antes de "enchufarle" a la socorrida tele o a un videojuego), limítate a transmitirle que entiendes su desazón: "Ya veo que estás aburrido. Esto a veces nos pasa". Así evidencias que le comprendes y aceptas lo que siente, sin criticarle por ello. Puedes explicarle que tú también te aburrías cuando eras niña (cuéntale por qué y qué hacías entonces). Y puedes considerar que esos ratos de "tiempo muerto", en los que el niño está tirado en el sofá o en el suelo sin ánimos de hacer nada, también le sirven para idear nuevas actividades, para relajarse y para asimilar las experiencias que vive y reflexionar sobre las cosas que le pasan.


Foto: www.SHUTTERSTOCK.COM / matka_Wariatka

Ideas para ayudarle
No obstante, si se aburre muy a menudo,
tal vez tengas que echarle una mano.
El aburrimiento puede deberse a que
tiene demasiados juguetes y no sabe
cuál elegir. Guarda algunos, ponte
a jugar con él con el resto y retírate
en cuanto esté entretenido. Pasado
un tiempo, vuelve a darle los juguetes
que guardaste, pero esconde otros (esto
es imprescindible después de su cumpleaños o de la fiesta de Reyes).
Así tendrá siempre juguetes nuevos
y en una cantidad razonable.
Ordena sus juguetes con cierta frecuencia. Si todo está mezclado (colorines en la caja de maderitas, los puzzles con el lego, etc.), le resulta más difícil elegir una actividad. Dedica un tiempo, mejor con él, a poner cada cosa en su caja o su estante. Los juguetes recogidos le estimulan la fantasía
y le invitan a jugar.
Observa sus intereses. El niño suele pasar por fases en las que tiene un interés especial por algo: en una le da por hacer experimentos; en otra por construir cabañas, o por ser médico o maestro, o por coleccionar algo... Proporciónale lo que necesite para jugar a ello (disfraces, papeles, envases de plástico...).
Puede que se aburra porque no tiene amigos para jugar. Es bueno que invites a casa a compañeros del colegio o a vecinos, que salgan a diario al parque...
La lectura, el dibujo y el deporte son actividades estupendas para mantenerle ocupado. Si las practicas con él y se aficiona a hacerlas por su cuenta, ningún juguete le proporcionará tantas horas de entretenimiento y diversión.
Con estas ideas es difícil que se aburra. Pero si aún así le ocurre, déjale pasar por esta experiencia, ya que salir de ella es una prueba de autosuperación. A veces del aburrimiento surge una excelente idea que le mantiene ocupado muchos días.

 

 

© PRISACOM, S.A./HACHETTE FILIPACCHI. Derechos de El Universal

 
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