Asesinato
vudú
Unos amigos le dejaron saber a Lewis que los hermanos Rowlands estaban planeando enseñarle una lección
Dai Lewis era un muy conocido boxeador de peso pesado en Gales. Allá por 1928, su profesión no le daba a él y a su familia una vida adecuada. Para aumentar sus ingresos rentaba sillas, mesas, pizarrones y otros accesorios usados por la fraternidad de los corredores de caballos. En las Islas Británicas las apuestas en las carreras eran puestas por individuos que eran hombres de negocios independientes. Instalaban la parafernalia entre la audiencia y tomaban las apuestas. Lewis proveía las herramientas para los apostadores y tal vez un poco más. Su negocio tenía un lado más oscuro. Para poder rentar sus cosas a veces amenazaba con voltear la mesa del cliente o derribar un pizarrón. De alguna manera vendía protección.
Ocasionalmente Lewis se volvía demasiado ambicioso y alquilaba su equipo en locaciones que sabía muy bien que no eran territorios de su competencia. En tales ocasiones Lewis se arriesgaba a recibir, por lo menos, una buena golpiza.
El 28 de septiembre de 1927 Lewis fue a las carreras de Monmouth, donde le fue bien alquilando sus accesorios. Rentó algunas mesas en zonas que eran exclusivas de Edward y John Rowlands. Unos amigos le dejaron saber a Lewis que los hermanos Rowlands estaban planeando enseñarle una lección. Como precaución, Lewis decidió no volver a casa con su esposa sino que alquiló un cuarto en el hotel St. Mary. Nada raro ocurrió esa noche. Al día siguiente Lewis estaba de vuelta en las carreras, operando como siempre. Esa tarde se fue al pub Blue Anchor en la calle St. Mary, donde se quedó bebiendo y contando historias. Entonces entraron John y Edward Rowlands, acompañados de sus amigos Daniel Driscoll, John Hughes y William Price. Procedieron a coger una mesa y ordenar tragos. Lewis se sentía un poco incómodo, pero se quedó y aparentemente disfrutó de la velada. Cuando el pub estaba a punto de cerrar algunos hombres salieron y se quedaron afuera. Dai Lewis salió al aire fresco de la noche en la calle St. Mary.
De repente un grupo de hombres, incluyendo a John Rowlands y a William Price, se acercaron a Lewis. Otros hombres se movieron detrás del él. Lewis, muy consciente de lo que estaba ocurriendo, levantó sus brazos y se defendió. Ambos grupos se lanzaron sobre él golpeándolo hasta que cayó al piso. Mientras luchaba por levantarse un cuchillo se iluminó en la oscuridad. Un golpetazo y el cuello del infeliz se abrió. El grupo dudó por un momento, miraron al hombre caído y salieron corriendo en la noche.
Las prostitutas, que habían sido testigos del evento, fueron las únicas en ayudar a Lewis de inmediato. Se rasgaron la ropa y fabricaron un vendaje rústico intentando impedir que la sangre saliera por la herida. Más tarde, había una ambulancia en la escena. Los que atendieron a Lewis dijeron que estaba al borde de la muerte. Fue llevado de urgencia a la enfermería Royal, donde los cirujanos trabajaron cosiendo la herida, pero no había forma de evitar que las grandes cantidades de sangre de Lewis pasaran a los pulmones.
Llamaron a la policía. Se pararon en la puerta de Lewis para que el herido pudiera hablar e identificar a sus atacantes. Mientras éste peleaba por su vida, una llamada telefónica entró en la oficina de recepción. La persona que llamaba preguntó por el estado de salud de Lewis. Antes de revelar la información, la enfermera que recibió la llamada insistió en que la persona se identificara. El hombre colgó. Más tarde la enfermera recibió una segunda llamada. Cuando presionó para que el hombre se identificara, éste cortó. En seguida informó a la policía. El equipo de rastreo fue utilizado para interceptar todas las llamadas entrantes a la recepción. El hombre llamó otra vez y ella lo mantuvo en línea para que la llamada fuera rastreada: fue realizada desde un punto local, el Colonial Club.
La policía llegó allí en minutos. Se llevaron a John y a Edward Rowlands, a Daniel Driscoll, a John Hughes y a William Price bajo custodia. Los cinco fueron culpados de intentar asesinar a Dai Lewis.
A los oficiales que investigaban se les dijo que Lewis no iba a sobrevivir la noche. Los cinco acusados fueron llevados a ver al hombre moribundo. Lewis, a quien se le había dicho que no había esperanzas de recuperación, fue capaz de comprender lo que estaba ocurriendo y pudo hablar. Con voz débil, dijo: "No sé cómo fui herido. No recuerdo lo que ocurrió. No hubo discusión ni pelea. No vi a nadie usar un cuchillo". Observó a los cinco que lo miraban. Continuó: "Ed, tú no tuviste nada que ver con esto. Hemos sido los mejores amigos". A Daniel Driscoll le dijo: "Tú tampoco tuviste nada que ver. Estábamos hablando y riendo juntos, mi querido viejo amigo". Esas fueron las últimas palabras dichas por Dai Lewis.
Como Lewis era un atleta profesional, y de alguna forma un héroe local, su muerte causó mucha excitación. Más de 25.000 personas se alinearon en la calle de Cardiff el 3 de octubre de 1927, cuando fue enterrado. Unos días más tarde, John Rowlands admitió que había sido él quien había cortado el cuello de Lewis. Sostuvo que éste lo había atacado con su cuchillo.
Edward Rowlands dijo que él y Daniel Driscoll habían salido del Blue Anchor, habían observado la pelea desde la distancia y se habían ido corriendo cuando se dispersó el gentío. Driscoll le contó a la policía la misma historia. No había evidencia de si John Hughes había participado en el ataque. Como resultado fue liberado, pero los hermanos Rowlands, Driscoll y Price permanecieron bajo custodia y fueron a juicio por el asesinato de Lewis.
El proceso duró sólo tres días. Los hermanos Rowlands y Driscoll fueron hallados culpables y sentenciados a la horca. Price fue absuelto. Inmediatamente después del juicio hubo varias personas que dijeron creer que Edward Rowlands y Daniel Driscoll eran inocentes. No se presentó evidencia concreta en el juicio como para entrar en conflicto con sus historias de que habían estado en la escena, pero no habían formado parte del crimen. Eventualmente una petición con 250.000 firmas fue enviada a los funcionarios implorando que revisaran el veredicto. Se escuchó una apelación y fue desestimada.
John Rowlands, quien confesó haber blandido el cuchillo, enloqueció bajo la presión del proceso. Fue declarado insano y encarcelado en Broadmoor.
Por primera, y tal vez única vez en la historia del crimen, ocho miembros del jurado original que había condenado a los Rowlands y a Driscoll emitieron una declaración. Dijeron que Edward Rowlands y Daniel Driscoll no debían recibir pena de muerte. Este pedido fue contestado por el Departamento de Seguridad Nacional, que declaró: "No se puede prestar atención a las expresiones de opinión de miembros individuales del jurado que condenó a la persona".
En la noche anterior a la ejecución ambos hombres declararon no haber tenido nada que ver con el asesinato de Lewis. En la mañana, mientras 50.000 personas se agolpaban en la cárcel de Cardiff, Edward Rowlands y Daniel Driscoll fueron colgados.
El caso del asesinato de Lewis luego fue llamado el "Caso del asesinato vudú"
por el destino que cayó sobre muchos de los principales involucrados en el caso.
• John Hughes, el hombre absuelto de asesinato, murió por causas naturales dentro de los 12 meses de los ahorcamientos.
• Una de las prostitutas se suicidó saltando por la ventana de un edificio de dos
pisos.
• William Price cayó sobre un gancho de carnicero y quedó ciego de un ojo.
• Uno de los oficiales de policía que prestó declaración contrajo tuberculosis
y murió.
• Otro policía conectado con el caso murió por una enfermedad estomacal
sin diagnóstico.
• El detective principal en el caso se suicidó.
• El abogado de Price, Harold Lloyd, fue condenado por fraude y fue sentenciado
a cinco años en prisión.
• Finalmente, John Rowlands nunca fue liberado. Murió en prisión.
Traducción: José Peralta
Ilustraciones: David Márquez davidmarquez@cantv.net |