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Roman Polanski:
"Siempre fui un fugitivo"
Diego Lerer
Controvertido y genial, a los 69 años
dice que con El pianista, hoy en las carteleras del país,
contó de alguna manera su propia historia. Aquí, en
un relato dramático, confiesa cómo se escapó
del ghetto de Cracovia.
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| ¿Cosa
juzgada? |
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En una sorprendente
columna,
publicada antes de la entrega
de los premios Oscar en Los Angeles Times, Samantha
Geimer, la víctima del abuso sexual de Polanski,
perdonó al director y pidió que sólo
se le juzgara por su trabajo.
"Me preguntan: ¿se le debe premiar? -escribía-.
¿Se le debe permitir
volver a Estados Unidos? Esto
es lo que siento: no tengo malos
sentimientos hacia él, ni simpatía tampoco.
Pero creo que él y
su película deben ser juzgados
por su calidad. No creo que sea
justo tomar estos eventos en
consideración. La Academia debe premiar a películas
que merecen
ser premiadas. No a la popularidad de las personas".
El texto tiene una clara intención. Samantha -ahora
de 39 años,
casada y con tres hijos- está harta de que la sigan
torturando con Polanski. "A veces siento que
los dos tenemos una condena
de por vida por esto. Espero
que resuelva sus problemas
y no tener que volver a hablar
de esto nunca más".
Extranjeros en su tierra
Si algo caracteriza a los filmes de Polanski, es la sensación
de opresión y desesperanza que abruman a sus personajes.
Son
paranoicos que tienen razón: los están persiguiendo.
Desde Repulsión hasta El pianista, los
héroes de Polanski antagonizan con su entorno, son
marginados, expulsados del paraíso, extranjeros en
su tierra.
El pianista se suma a esta crónica de solitarios.
Al menos en su última hora, cuando los ecos de la más
convencional primera parte se disipan. Una vez fuera del ghetto,
Szpilman (Adrien Brody) que huye de la persecución
nazi y observa el mundo exterior por hendijas, ventanas, agujeros
en la pared. Sin elementos sobrenaturales, sexuales ni fantásticos,
aquí la perversión es puramente moral. Es la
historia de un fugitivo de la más apabullante de las
sociedades persecutorias: el nazismo.
Los "judíos perseguidos" de Polanski jamás
buscan la empatía emocional. En sus filmes,
el sentimentalismo está ausente al punto que muchos
podrán considerar a El pianista
un filme frío. Y lo es: el ojo de Polanski es clínico,
mira mal, desconfía, sospecha. Y, ¿quién
sabe?, acaso tenga razón. Jack Gittes, el personaje
de Nicholson en Barrio chino, es engañado
por la más extraña de las parejas. Mia Farrow
en El bebé... tiene derecho a sospechar de sus vecinos.
¿Y qué decir del torturado protagonista de El
inquilino, Trelkovsky, encima interpretado por el propio
Polanski?
Otros dos muy buenos filmes suyos siguieron por la misma senda:
Búsqueda frenética
y La última puerta. Trampas tras trampas
aguardan a sus héroes, que pocas veces
consiguen terminar íntegros. Sin traicionarse del todo,
pero dando un paso al costado para dejar de ser mal mirado
(la salvación de Szpilman tiene mucho que ver con esto),
Polanski vuelve con El pianista a hablar de su tema
de siempre: el infierno son los demás.
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Tirado en una silla de extensión en
una piscina de Copacabana, en Río de Janeiro, Roman Polanski,
el célebre director polaco, el controvertido enfant terrible
del cine, el autor de filmes como El Bebé de Rosemary,
Barrio chino, Tess y Repulsión, el niño
que escapó del ghetto de Cracovia, el marido de la mujer
asesinada por el Clan Manson, el hombre que tiene la entrada prohibida
a Estados Unidos condenado por violar a una chica de 13 años,
y el último ganador de la Palma de Oro de Cannes por El
pianista, tomaba sol con una sunga, esa diminuta tanga masculina
tan popular en Brasil. Chiquito, enjuto y panzón, a sus 69
años, nadie espera encontrarse así con una leyenda.
Pero fue así nomás como apareció el elusivo
Polanski tras meses de infructuosos intentos de entrevistarlo. Primero
fue en el Festival de Cannes, en mayo pasado, donde se negó
a insistentes pedidos de notas. Allí, fue la multitudinaria
conferencia de prensa el único consuelo. En octubre, ya en
el Festival de Río, el sol, la sunga y la presencia
constante a su lado de dos esbeltas y estilizadas cariocas (una
rubia, otra morena) pudieron más que el profesionalismo,
y el siempre fantasmal Polanski volvió a fugarse del grabador.
En las fiestas del Festival, uno podía cruzárselo
hasta que el hombre desaparecía en lo profundo de la noche
con sus chicas, y ni la directora del evento sabía adónde
iba (o no quería contar). Así, el mito del director
enigmático y genial, acusado de pedófilo y perverso,
pero admirado por su talento, alcanzaba nuevos giros históricos.
Al
otro día, el hombre que nunca estuvo estaba dando una larga
y cándida charla con la prensa en la que, sí, por
una vez, enfrentó la posibilidad de hablar de su vida, su
carrera y su estrecha relación personal con la historia que
cuenta en El pianista, el filme protagonizado por Adrien
Brody que ganó los premios a la mejor película en
Francia y en Inglaterra, y tuvo siete nominaciones al Oscar (para
la fecha en que fue realizado este reportaje todavía no se
habían entregado las estatuillas). El pianista narra
la historia de Vladislav Szpilman, un pianista judío que
escapó del ghetto de Varsovia y sobrevivió escondido
en las ruinas de la ciudad. La historia de Polanski, digamos, es
parecida pero diferente.
"Pasé mi infancia en el ghetto de Cracovia -dice-. Yo
quería hacer un filme sobre esa época y quería
usar material de mi vida, pero no quería contar mi historia.
Cuando empecé a leer el libro, supe que El pianista
iba a ser mi siguiente película. Era la historia que estaba
buscando. Es una película acerca de un hombre que es salvado
por su arte, acerca de la supervivencia de un artista".
¿Qué es lo que lo impactó del libro?
"Es una historia que, a pesar del horror, tiene un lado positivo.
Lo interesante de las memorias de Szpilman es que las escribió
apenas terminó la guerra: describe la realidad de la época
de manera muy objetiva, casi científica. Yo no quería
hacer un filme sentimental a lo Hollywood: sobreviví al ghetto
de Cracovia y al bombardeo de Varsovia, y me parecía que
esa era la historia adecuada para insertar mis recuerdos".
¿Qué cosas le quedaron grabadas de aquella época?
"Recuerdo la construcción del ghetto, mirar por la ventana
cómo levantaban la pared. Recuerdo ver a una mujer a la que
mataron en la calle por hacer una pregunta. Recuerdo buenos y malos
polacos, buenos y malos judíos. Recuerdo escaparme del ghetto
varias veces. Desde pequeño, siempre fui un fugitivo".
Y fue en este exacto momento, una tarde de octubre de 2002, que
Polanski quiso contar cómo él se salvó del
ghetto de Cracovia. Aquí va:

"Mi padre había arreglado con una familia católica
para que me cuidaran y me dieran el dinero que él les dejó
para mí. Pero eran unos alcohólicos y nunca me lo
dieron. Después me fui a vivir con una familia al campo,
tenían una forma de vida muy primitiva. Eran muy pobres y
religiosos, y la mujer de la casa era muy buena conmigo. Sobreviví
gracias a ellos, pero seguía volviendo al ghetto porque no
quería separarme de mi familia. Entraba y salía a
través del alambre de púas. Un día me enteré
de que los alemanes iban a hacer una selección de gente para
llevar a los campos de concentración y quise salir corriendo,
pero el lugar estaba cerrado. Me llevaron a la plaza donde reunían
a la gente para ser deportada. Empecé a buscar a mi padre
y encontré a un chico de cuatro años que vivía
con mi familia desde que se llevaron a sus padres, al mismo tiempo
que a mi madre. Lo agarré e hice algo muy estúpido.
Me acerqué a uno de los oficiales de policía. Le dije
que no habíamos comido por dos días y que teníamos
que ir a buscar pan. Mi reclamo no tenía sentido: había
gente en la plaza sin comer por días, desesperada, llorando,
durmiendo en el piso. El se dio cuenta de que nos queríamos
escapar, y me dijo: 'Vayan'. Empezamos a correr y él me gritó:
'No corran, caminen'. Y eso nos salvó la vida. Si hay alguien
a quien le debo mi vida es a ese oficial".
La película tiene una escena de similar intensidad, en la
que Szpilman se fuga del ghetto. ¿Fue duro recrear estos
recuerdos? "En realidad, no", dice, con típica
y brusca sequedad; si hay algo que no lo caracteriza es la búsqueda
de la compasión ajena. "Filmar no fue difícil.
Escribir fue un poco más doloroso, aunque solíamos
reírnos mucho (el guión lo escribió Ronald
Harwood). Lidiar con los recuerdos allí era más difícil
que después, cuando tienes cientos de personas en el set".
¿Volvió alguna vez a visitar el ghetto?
"Fui hace poco a Cracovia por tercera vez. Es bueno volver
cada tanto y recordar cada piedra, cada edificio, cada calle, y
las cosas que pasaron allí. Son partes importantes de mi
historia y no quiero olvidarlas".
¿Se mantuvo fiel al libro?
"Fuimos fieles pero no demasiado. El libro no está escrito
para ser filmado, tuvimos que armar varios eventos. Y nos interesaba
que no fueran sólo históricamente correctos sino dramáticamente
interesantes. Hubo muchas cosas que cambié a partir de recuerdos,
detalles que me parecía que no estaban bien en el guión".
¿Por
qué decidió hacer esta película ahora? ¿Sintió
que era un legado que tenía que dejar?
"Hice todo tipo de películas. Y esta era verdaderamente
importante. De hecho, tengo la impresión de que todo lo que
hice antes fue una preparación: puede ser que sea como un
último llamado".
Polanski siempre supo que tenía adentro de sí una
película como ésta. Y esperaba la oportunidad. En
su momento, Steven Spielberg le ofreció dirigir La lista
de Schindler, pero la rechazó. "La historia era
demasiado cercana. Conocí íntimamente a muchos de
los personajes de esa historia, y muchos están aún
vivos y siguen siendo amigos", dice, en referencia al fotógrafo
Ryszard Horowitz, uno de los más jóvenes sobrevivientes
de Auschwitz, que en el filme de Spielberg es el chico que saca
su cabeza en medio de una letrina llena de excremento. "Sin
distancia no es arte, es autobiografía. Y yo no voy a explotar
mi vida ni la de mis amigos para vender entradas, ni pondría
a actores a interpretarme a mí o a la gente que aprecio".
Sin embargo, la autobiografía de Polanski no sólo
sería fascinante y filmable, sino que iría a la perfección
con el estilo del director. Tras sobrevivir a la guerra, reencontrarse
con su padre y descubrir que su madre murió en Auschwitz,
Roman volvió a Cracovia a vivir con los parientes que habían
sobrevivido. Luego de estudiar cine en la Escuela de Lodz y consagrarse
con un corto y un largo premiados (Dos hombres y un armario,
de 1958, y Cuchillo bajo el agua, de 1962), tuvo problemas con
el organismo oficial de cine polaco (sus filmes no eran buenos ejemplos
de realismo socialista). Entonces se fue a París, donde había
nacido, y allí se radicó. "Desde entonces he
sido un nómada", dijo alguna vez.
Tras las impactantes Repulsión y Cul-de-sac,
llegó el llamado de Hollywood, donde filmó La danza
de los vampiros y la asfixiante obra maestra El bebé
de Rosemary. No iba a pasar mucho tiempo para que la tragedia
volviera a su vida. Mientras Roman estaba en Londres, una secta
mesiánico-criminal liderada por el misterioso Charles Manson
entró a su casa y masacró a su mujer, la modelo Sharon
Tate, embarazada, y a un grupo de amigos. Encima, Polanski no salió
con las manos del todo limpias. Acaso confundiendo al hombre y sus
películas, mucha gente se quedó con la sensación
de que el peculiar director "algo tuvo que ver... con el satánico
ritual".
Unos años después, la respetabilidad volvería
con Barrio Chino (1974), perturbador ejemplar de cine negro
que recibió once nominaciones al Oscar. Pero la nueva caída
no tardaría en llegar. Tres años después, con
la excusa de tomar unas fotos, el director llevó a una chica
de 13 años a la casa de Jack Nicholson -que no estaba allí-,
y, según ella, le dio de beber champagne y la drogó
para terminar teniendo sexo contra su voluntad.
La madre lo denunció a la policía y Polanski fue arrestado.
El director no negó el hecho, solo aclaró que el sexo
fue consensual. Tras el juicio se le condenó, pero temiendo
ir a la cárcel por muchos años se fugó a Francia.
Y nunca regresó.
Sus filmes posteriores (Tess, Piratas, Búsqueda frenética,
Perversa luna de hiel, La muerte y la doncella, La última
puerta) fueron disparejos y muchos pensaron que estaba creativamente
acabado. Hasta que llegó El pianista. Y con el filme,
sus problemas con la ley volvieron a cobrar notoriedad, especialmente
en Estados Unidos, en vista de sus nominaciones al Oscar.
Polanski
sabe que hay cierta desconfianza crítica en relación
con su película, que ya arrastraba desde Cannes. Se le piensa
como un ejercicio académico y algo impersonal más
destinado a los premios y al reconocimiento que a afianzar su carrera
como un creador de brutales y agonizantes historias de supervivencia
y degradación. ¿Es que el polaco maldito quiere ser
perdonado? "Me dicen que es un filme académico para
insultarme, pero lo considero un elogio -dice-. No quería
hacer una película estilizada. Quería hacerla simple,
directa". El tema es lo suficientemente fuerte como para que
el director dé un paso atrás. Quería mostrar
las cosas tal como las recordaba. Aunque, es cierto, la realizó
en inglés. "Es una contingencia de la producción
internacional -reconoce-. Podría haberla hecho en polaco,
sería más auténtica, pero tendría una
difusión limitada. Yo quería que fuera vista por todos".
Casado hace 14 años con la actriz Emanuelle Seigner, padre
de dos hijos (Morgane, de diez años, y Elvis, de cuatro),
acaso al enano maldito le llegó la hora de convertirse en
un hombre respetable. En 1999 fue aceptado por la Academia de Bellas
Artes francesas y hoy no hace otra cosa que hablar maravillas de
la vida en familia. "Es genial tener hijos tarde -dice-. Cuando
eres joven, estás muy ocupado buscando tu lugar en el mundo.
Creo que hoy les puedo dar mucho más. Soy más paciente,
más tolerante". Y el cierre será con una de esas
frases que parecen preparadas para la ocasión: "Tengo
una familia y una vida feliz. Estoy satisfecho como persona, y también
como artista".
Afuera esperaban la rubia y la morena. Pero esa es otra historia...
© Clarín
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