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A mis pies
Carla Tofano
Cuando estoy de pie y volteo hacia abajo,
siempre busco verme los pies, y la mirada de escrutinio a la que
los someto cuando les miro desde el otro extremo de mi cuerpo, la
cabeza, es todo menos afectuosa, comprensiva o toleran.
Siempre, o mejor, casi siempre, me parece
que mis pies están hechos un desastre. Soy del tipo de mujer
que somete su rutina a mil actividades sin el menor reparo en el
calzado y, contradictoriamente, me gustaría tener los pies
siempre suaves e impecables. Sin receso y sin complejo, calzo con
frecuencia sandalias destalonadas. A diario someto mis pies a toda
suerte de incomodidades con calzados muy efectivos en el diseño
y poco amigables en materia funcional. En casa, me gusta caminar
descalza para sentir la frescura maciza del granito pulido, y, en
el baño, pocas veces me tomo la molestia de friccionar la
planta de mi cuerpo con herramientas de cuidado diario como piedras
pómez, limas de pedicure o cepillos de cerdas naturales.
Pero, aunque no sea demasiado diestra en el arte de embellecer mis
pies, pocas cosas me inquietan tanto en materia de belleza y aseo
personal, como lucir, a toda hora, unos pies de escándalo.
El 99% de las veces que desde el cielo de mi cuerpo me miro los
pies, aprueban el escrutinio al que los someto en silencio con evaluación
deficiente, a excepción, claro, de los días afortunados
y privilegiados, en los que les pongo en las manos generosas y diestras
de mi pedicurista de confianza. Gracias a Dios, en nuestro mundo
poblado de especialistas, existen los profesionales de la pedicure.
En algunas culturas tocarle los pies al prójimo es un sacrilegio.
Mientras que, en Roma, los católicos besan el pie de mármol
de La Pietá de Miguel Angel, y en Brasil, quienes arreglan
tus pies en los salones de belleza cobran muy caro su trabajo -suponemos
que no es agradable ennoblecer la apariencia de talones y juanetes
de personas extrañas. En nuestro contexto, afortunadamente,
la pedicure es un privilegio muy accesible en todos los sentidos.
Quizá por ello, nadie rinde suficiente pleitesía a
las mujeres que con esmero, esculpen la belleza de nuestros afanadores
piececillos desde los centenares de salones de belleza que existen
en cada ciudad.
Cada vez que tengo tiempo -ganas nunca me faltan- sumerjo mis pies
en la deliciosa minitina de agua caliente que la pedicurista que
visito con regularidad y devoción, pone a mis pies. La tibieza
del agua perfumada me obliga, casi instantáneamente, a relajarme
desde el centro del cuerpo. Adoro y persigo esta satisfactoria sensación
de placer, que advierte a toda mi complejidad nerviosa, cuando está
por comenzar una nueva terapia de limpieza profunda y embellecimiento,
pie a pie. Siempre la observo trabajar -a mi pedicurista favorita-
con detalle, a veces incluso me sonrojo al verla manipular mis pies
con tanta seguridad y minuciosidad. ¿Cómo pueden ser
tan diestras y tan metódicas estas mujeres teniendo tales
herramientas filosas entre las manos? Yo, sólo con la cremita
de Dr. Scholls, que a veces me aplico en las noches antes de acostarme,
me enredo. Ojo, y no tengo problemas de flexibilidad. Lo que sucede
es que la mayor parte de las veces siento que los pies están
en el confín del cuerpo.
Los pies están cerca del motor y la intuición y lejos
de la razón y la reflexión. Son la herramienta de
rigor para tropezar mil veces con la misma piedra. Son el extremo
del cuerpo que menos levita y la extremidad que nos recuerda que
la gravedad humana es inherente a tener los pies sobre la tierra.
Quizás por eso sea bueno sentir, al menos una vez al día,
la horizontalidad del suelo con la planta de los pies, así
la tierra no sea tierra, sino asfalto, concreto, cerámica,
mármol, granito, madera o cemento. Los pies son dos, duales,
siameses, gemelos. Multiplicación bipolar de lo que avanza
con tu estructura sórdida, cósmica y tópica.
No importa que se estropeen con el uso y el abuso, para tranquilidad
de amadas y amantes, colegas, amigos, y vecinos de cotidianidades,
la complejidad anatómica de nuestras extremas extremidades,
puede descansar una vez al mes, al día, o a la semana, en
manos de la pedicurista que elijas para ponerlos de vitrina.
Eliminar de la superficie de tu empeine las células muertas
con un buen exfoliador, raspar sus callosidades, desprender la cutícula
que bordea las uñas y colorearlas de feminidad dramática,
insinuante o etérea, es un ritual necesario para poder seguir
deambulando con el empeine empinado, orgulloso y destalonado. Los
hombres rara vez exhiben sus pies en la ciudad; por eso, las mujeres,
vistas de abajo hacia arriba, somos definitivamente más perturbadoras.
Además de las sandalias, las cremas de eucalipto y los esmaltes
de uñas de secado rápido, la pedicure es la rutina
que mis pies más añoran y agradecen. Por eso, ¡Dios
bendiga a las pedicuristas! Disculpen los hombres la generalización,
pero hasta la fecha, ningún varón me ha hecho la pedicure.
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