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El último paseo
Max Haines
Un detective que examinaba la huella 4.605 gritó: "¡Aquí está!"

En la ciudad de Potters Bar, en Middlesex, Inglaterra, vivían 19.000 personas, amantes de la paz y la tranquilidad, cuando, en abril de 1955, se perpetró un horrible asesinato.
Elizabeth Correll, de cuarenta y seis años, salió de la tienda donde trabajaba y se dirigió, a paso ligero, hacia su vivienda de ladrillo, de dos plantas, en las afueras de la ciudad. Sabía que su marido, Alfred, estaría esperando a que le sirviera la cena. Su casa, situada en la calle Cranbourne, era un hogar feliz. Después de la cena, Elizabeth y Alfred lavaron los platos y limpiaron la cocina.
Alfred subió a la planta alta para ponerse una bata y unas zapatillas. Elizabeth le gritó que iba a sacar a su perrita, Tina. Tina era la que marcaba el camino a seguir: Elizabeth se dirigió al final de la calle Cranbourne, cruzó la vía del ferrocarril para ir hacia el campo de golf de Potters Bar. Como era habitual, la zona cercana al hoyo 17 estaba desierta a esa hora de la noche, o eso pensó Elizabeth.
Un hombre se le acercó furtivamente a Elizabeth por detrás. Ella se volvió en el último momento, justo cuando le rodeaba el cuello con las manos. Desesperada, logró soltarse momentáneamente pero, de nuevo, se encontró con esas manos fuertes alrededor del cuello. Haciendo uso de la poca fuerza que le quedaba, le plantó las uñas en el brazo y quedó inconsciente.
El agresor de Elizabeth arrastró su cuerpo inconsciente a una zona de hierba alta al lado del hoyo 17. Le quitó la ropa e intentó atarle una media alrededor del cuello, pero la media se rompió. Elizabeth gimió. El hombre alargó el brazo, agarró el enorme poste que marcaba el hoyo y le golpeó con él en la cabeza una y otra vez, hasta que Elizabeth dejó de gemir. Su agresor se levantó y, corriendo, se perdió en la oscura noche.
En su casa, Alfred Correll estaba viendo la televisión. No era normal que Elizabeth estuviera fuera tanto tiempo con Tina. Hacia las 9:30 de la noche, decidió mirar por la puerta de la cocina. Cuando abrió la puerta, allí estaba Tina gimoteando a sus pies.
Alfred decidió salir a buscar a su mujer. Sabía el camino que seguía para pasear a la perra. De vez en cuando, gritó su nombre, pero no recibió respuesta alguna. Siguió por la calle, bajando por la vía del ferrocarril hasta el campo de golf. No encontró a Elizabeth por ninguna parte. Entonces, totalmente asustado, volvió a su casa y llamó a la policía, que inició una búsqueda inmediata.
Hacia la madrugada de la mañana siguiente, un miembro del equipo de búsqueda se topó con el cuerpo horriblemente apaleado de Elizabeth Correll. El poste de indicación del hoyo estaba ensangrentado y tenía cabellos de Elizabeth pegados, así que no cabía duda de que había sido el arma del asesinato. Se encontró al lado de su cadáver.
Decir que el asesinato causó sensación sería un eufemismo. A los habitantes de la ciudad les parecía que quien hubiera matado a Elizabeth conocía bien la senda desierta y enrevesada que llevaba hasta el campo de golf, con lo que el asesino debía ser un hombre de la ciudad. La noticia se extendió como pólvora. Nadie tenía garantizada su seguridad. En la ciudad había un asesino suelto. Cuando se hacía de noche, las mujeres iban de a dos, o acompañadas por un hombre.
La primera pista obtenida por la policía procedió del poste de hierro que marcaba el hoyo. El asesino había dejado en el poste una huella ensangrentada de la palma de la mano, de unos tres centímetros cuadrados. No era gran cosa, pero la policía podía cotejarla con cualquier sospechoso. Scotland Yard fue llamado para trabajar en el caso. Aunque creían que el asesino era un hombre de la ciudad, debido a su conocimiento de la ruta seguida por Elizabeth, también era posible que se hubiera tratado de un extraño que andaba errando por el campo de golf y sólo había pasado esa noche en Potters Bar.
Pese a esta posibilidad, los agentes de Scotland Yard decidieron tomar la medida, sin precedentes, de recoger la huella de la palma de las manos de toda la población masculina de más de 16 años de Potters Bar y de la vecina ciudad de Little Heath. Para proteger los derechos de los habitantes, la toma de huellas se efectuaría únicamente de forma voluntaria.
Treinta detectives de Scotland Yard llegaron a la ciudad. Se estableció una central de búsqueda de información y se inició la tarea de titanes de ir de puerta en puerta. Después de haber tomado las huellas de las palmas de las manos, se inició el tedioso trabajo de cotejar cada una de ellas con la huella ensangrentada extraída del poste del hoyo.
Todo ese verano, se tomaron huellas y se compararon con la huella de tres centímetros cuadrados de la palma de la mano del asesino. En la central, un detective, que estaba examinando la huella 4.605 gritó: "¡Aquí está!".
El 19 de agosto, los detectives llamaron a Michael Queripel, de 18 años, al ayuntamiento, donde estaba empleado como agente tributario. Cuando fue detenido, lo primero que les dijo a los detectives fue: "Sí, ya sé de qué se trata". Ante el hecho innegable de que la huella de la palma de su mano era idéntica a la encontrada en el poste, Michael inicialmente sostuvo que él encontró a Elizabeth, pero que ya estaba muerta.
Cuando se le preguntó por qué no había ido directamente a la policía, Michael confesó con lujo de detalles. "La vi dirigiéndose hacia mí con su perro. Ella iba por el sendero y yo esperé hasta que quedó fuera de mi vista. Me fui hacia el green y esperé detrás de unos árboles. Volvió. Crucé los matorrales y corriendo me puse detrás de ella e intenté derribarla. Se volvió justo cuando iba a golpearla. Forcejeé hasta que conseguí pegarle un golpe en la mandíbula. Le puse las manos alrededor de la garganta e intenté estrangularla. Luego, la arrastré hacia los matorrales, y allí le quité la ropa. El abrigo y la blusa se rajaron en el forcejeo. La despojé de la mayoría de la ropa interior. Empezó a volver en sí y le quité una de las medias y se la até al cuello. Como la media se rompió, le golpeé con el poste. Tuve que darle varias veces hasta asegurarme de que estaba muerta".
Ulteriormente, se supo que la mañana después del asesinato, la madre de Michael le llevó una tetera a su hijo a la habitación. Eso le daba la posibilidad de hablar con su hijo, que era una persona bastante solitaria. Michael solía quejarse de tener migrañas y decía que la música clásica y los largos paseos nocturnos le calmaban el dolor.
Precisamente esa mañana, la señora Queripel vio lo que, a su parecer, eran manchas de sangre en la ropa de su hijo. Le preguntó a Michael si había sufrido un accidente. El le dijo que se había cortado el brazo al reparar su motocicleta y que había sangrado mucho.
No era nada grave. No había que preocuparse. Después de que Michael se fuera a trabajar al ayuntamiento, su madre quemó la ropa ensangrentada en el patio trasero.
El 12 de octubre de 1955, Michael Queripel se declaró culpable del asesinato de Elizabeth Currell. Fue sentenciado a permanecer "detenido hasta que Su Majestad lo deseara"; es decir, el equivalente a cadena perpetua.

 
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