|
Hace unos días, estaba en una cola
para sacar dinero de un cajero automático y una verdad del
tamaño del cielo se estrelló contra mí. Esperaba
entretenida leyendo el periódico cuando una voz destemplada
me hizo levantar la cara.
-¡¿Están haciendo visita?!
-gritó alguien-.
Me di cuenta de que en diez minutos no había avanzado nada.
Seguía de tercera en una larga fila que encabezaban dos señoras
que estaban instaladas -eso pensé: que estaban instaladas-
frente al telecajero.
Las mujeres, que tendrían poco más
de 60 años, no parecieron oír la queja de mi vecino.
Entre cuchicheos, una le quitaba a la otra la tarjeta del banco,
y después de frotarla contra su pantalón de algodón,
la introducía en la ranura de la máquina. Mientras,
la otra dama pulsaba las teclas, luego de leer en voz alta los mensajes
que fosforescentes y fugaces se dejaban ver en la pantalla.
-Seguro que no tiene plata -dijo un hombre,
refiriéndose al cajero-.
-No, qué va -ripostó una jovencita, displicente-,
lo que pasa es que esas doñitas ya no están para esto.
No saben usar la tecnología digital.
El comentario me pareció de mal gusto,
además de irrespetuoso. Estaba a punto de voltearme y recriminar
con la mirada a la muchacha, cuando advertí que las dos señoras
se daban por vencidas y se marchaban. La decepción la tenían
pintada en los rostros, y algo en una de ellas -un gesto, una palabra
que escuché de pasada, no sé- hizo que me viera retratada
en ellas.
Yo, que me creo superavanzada porque utilizo
el celular más que el cepillo de dientes, escribo en computadora
incluso la lista del mercado, y uso el ciberespacio hasta para pagar
el recibo de la luz. Yo, que ni siquiera activo mis chequeras a
través del operador telefónico del banco "porque
tarda mucho". Que mando mensajes de texto mientras manejo y
uso pay per view para ver películas en mi casa. Yo,
que hago todas esas cosas, me vi en el espejo de las dos doñitas
que no pudieron sacar dinero -su dinero- del banco, debido a que
una máquina no les dio el tiempo suficiente para entenderse
con ella.
Al verlas partir con el desencanto en la cara
me puse en su lugar. Porque no es lo mismo enfrentarse a un computador
cuando se tienen 10, 15,18 o incluso menos años, que hacerlo
con más de 40 ó 50. Adecuarse a los cambios tecnológicos,
que cada vez son más rápidos y sofisticados, no es
fácil para aquellos que crecimos en el universo de las calculadoras
manuales, la máquina de escribir y el teléfono de
disco.
Las dos señoras precisaban de más tiempo para responder
a los requerimientos del cajero automático (clave, tipo de
cuenta, tipo de operación, monto, número de cédula
).
Sólo eso, un poco más de tiempo, como tiempo necesité
yo hace 15 años para dejar la máquina de escribir
y confiar en el computador, y aceptar la contestadora telefónica,
el celular e Internet. Porque yo, a diferencia de la jovencita repelente
que estaba en la cola del telecajero, requiero adaptarme a la tecnología
y necesito que mis reflejos -cada vez más lentos- se acostumbren.
En cambio la muchachita odiosa, no. Ella, no. Primero, porque su
rapidez de respuesta está a punto, y después porque
no tiene que aprender nada. Para los chamos, la tecnología
digital es instintiva, natural. Nació antes que ellos. Ella,
ellos, son digitales. Las viejitas y yo, por más Internet
y celulares que usemos, seguimos siendo analógicas. El pasado
nos condena. l
|