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  Mi pasado analógico
Mirtha Rivero

 

Hace unos días, estaba en una cola para sacar dinero de un cajero automático y una verdad del tamaño del cielo se estrelló contra mí. Esperaba entretenida leyendo el periódico cuando una voz destemplada me hizo levantar la cara.

-¡¿Están haciendo visita?! -gritó alguien-.
Me di cuenta de que en diez minutos no había avanzado nada. Seguía de tercera en una larga fila que encabezaban dos señoras que estaban instaladas -eso pensé: que estaban instaladas- frente al telecajero.

Las mujeres, que tendrían poco más de 60 años, no parecieron oír la queja de mi vecino. Entre cuchicheos, una le quitaba a la otra la tarjeta del banco, y después de frotarla contra su pantalón de algodón, la introducía en la ranura de la máquina. Mientras, la otra dama pulsaba las teclas, luego de leer en voz alta los mensajes que fosforescentes y fugaces se dejaban ver en la pantalla.

-Seguro que no tiene plata -dijo un hombre, refiriéndose al cajero-.
-No, qué va -ripostó una jovencita, displicente-, lo que pasa es que esas doñitas ya no están para esto. No saben usar la tecnología digital.

El comentario me pareció de mal gusto, además de irrespetuoso. Estaba a punto de voltearme y recriminar con la mirada a la muchacha, cuando advertí que las dos señoras se daban por vencidas y se marchaban. La decepción la tenían pintada en los rostros, y algo en una de ellas -un gesto, una palabra que escuché de pasada, no sé- hizo que me viera retratada en ellas.

Yo, que me creo superavanzada porque utilizo el celular más que el cepillo de dientes, escribo en computadora incluso la lista del mercado, y uso el ciberespacio hasta para pagar el recibo de la luz. Yo, que ni siquiera activo mis chequeras a través del operador telefónico del banco "porque tarda mucho". Que mando mensajes de texto mientras manejo y uso pay per view para ver películas en mi casa. Yo, que hago todas esas cosas, me vi en el espejo de las dos doñitas que no pudieron sacar dinero -su dinero- del banco, debido a que una máquina no les dio el tiempo suficiente para entenderse con ella.

Al verlas partir con el desencanto en la cara me puse en su lugar. Porque no es lo mismo enfrentarse a un computador cuando se tienen 10, 15,18 o incluso menos años, que hacerlo con más de 40 ó 50. Adecuarse a los cambios tecnológicos, que cada vez son más rápidos y sofisticados, no es fácil para aquellos que crecimos en el universo de las calculadoras manuales, la máquina de escribir y el teléfono de disco.
Las dos señoras precisaban de más tiempo para responder a los requerimientos del cajero automático (clave, tipo de cuenta, tipo de operación, monto, número de cédula…). Sólo eso, un poco más de tiempo, como tiempo necesité yo hace 15 años para dejar la máquina de escribir y confiar en el computador, y aceptar la contestadora telefónica, el celular e Internet. Porque yo, a diferencia de la jovencita repelente que estaba en la cola del telecajero, requiero adaptarme a la tecnología y necesito que mis reflejos -cada vez más lentos- se acostumbren. En cambio la muchachita odiosa, no. Ella, no. Primero, porque su rapidez de respuesta está a punto, y después porque no tiene que aprender nada. Para los chamos, la tecnología digital es instintiva, natural. Nació antes que ellos. Ella, ellos, son digitales. Las viejitas y yo, por más Internet y celulares que usemos, seguimos siendo analógicas. El pasado nos condena. l

 
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