53 Aniversario
- Química y físico. Pares sin par
- Ellos nos echan el cuento...
- Delia Fiallo. Madre sólo hay una
- Divinas
- No son todas las que están...
ni están todas las que son
- Rompecorazones
- Cayendo
en lo anecdótico
- Aguafiestas. ¡Qué malos tan buenos!
- ConSagrados. ¡Tremendo carácter!
- Los segundos serán los primeros
- Melo melo melodías
- Confidencias
de camerino
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Cinco y ¡accion!
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Damas con estilo
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revista Estampas
 

Ellos nos echan
el cuento...

(...y  nosotros lo devoramos)

Más de veinte años escudriñando y contando las emociones del venezolano,
valiéndose de un guión que luego todos verían a través de la pantalla,
le sirvieron a José Ignacio Cabrujas para dar con lo que terminó llamando
su “tesorito”, o lo que es lo mismo, la definición de lo que para él representaba
la telenovela: “¡El espectáculo del sentimiento!”. Ni más ni menos.
Nada más que eso. O tanto como eso. Sobre este quehacer y contar historias
se hacen eco desde estas páginas sus colegas y pupilos.
María Elisa Espinosa

 

Hoy, no hay escritor del género que deje de colocar en su justo montículo a este catiense que desapareció tan rápido como las bocanadas de humo que lo acompañaron siempre, como si fueran parte ya de su fisonomía. Y aunque José Ignacio Cabrujas fue mucho más que escribir telenovelas, es en esta faceta en la que más lo reconoce el público que no necesariamente compartía sus otras tres grandes pasiones: el teatro, la música y la buena comida, pero sí, y cómo: el adentrarse en ese universo de sentimientos que estallaban cada noche en sus inteligentes diálogos.   

    
Sus compañeros en el oficio de contar historias de amores y desencuentros lo consideraron un “justiciero particular, un impecable vengador”. No de gratis Mario Nazoa lo llamaría el Zorro, según bien apuntó otro de sus admiradores y además pupilo, Leonardo Padrón, un buen día en el que le tocó hablar ante un auditorio sobre la manera como Cabrujas supo reivindicar un género hasta entonces vapuleado por la “intelectualidad”, sumándosele a partir de ese momento una tendencia denominada por algunos “la telenovela cultural”.

Comenzó a hacerlo en 1976 y no paró hasta que su corazón lo hizo. Su primera telenovela fue La señora de Cárdenas, seguida de Silvia Rivas, divorciada, Natalia de 8 a 9, Chao Cristina, Gómez, La Dueña, La dama de rosa, Señora, Emperatriz, Las dos Dianas y El paseo de la Gracia de Dios. Títulos que han quedado atornillados en la mente del venezolano, y, sobre todo, de las venezolanas entregadas al mundo de los bien o mal llamados culebrones. 

Aunque no ha sido el único. A Cabrujas le precedieron y sucedieron decenas de ellos y ellas. Cada uno, cada una, ¿por qué dudarlo?, escribió su particular “espectáculo de sentimientos” basándose en aquello que más les ha motivado, que más han querido dejar sentado en un libreto, en una frase, en un personaje demasiado bueno o demasiado villano, en una historia de amor, en un beso...

Imposible dejar de mencionarlos, aun corriendo el riesgo de no incluir a todos aquellos que, habiendo o no nacido en el país, impusieron o siguen imponiendo su sello, su estilo, en las ya más de cinco décadas que tiene de haber nacido la telenovela en Venezuela: Roselia Narváez, Carlos Fernández y Juan Herbello, en los inicios; y posteriormente, Manuel Muñoz Rico, Delia Fiallo, Inés Rodena, Ligia Lezama, Ana Mercedes Escámez y María Antonieta Gómez, en un tono quizás edulcorado para algunos, pero efectivo para la audiencia y la empresa televisiva; más tarde, el gran Salvador Garmendia, Julio César Mármol, Román Chalbaud, Fausto Verdial, Humberto Kiko Olivieri, César Miguel Rondón, en una nueva tanda de escritores que junto a José Ignacio Cabrujas daban un giro sustancial al género; seguidos por una larga ristra de jóvenes exponentes del mismo, cada uno con sus particularidades, como Pilar y Mariela Romero, María Elena Ascanio, José Simón Escalona, Vivel Nouel, Luis Colmenares, Carlos González Vegas, Ibsen Martínez, Leonardo Padrón, Xiomara Moreno, Carolina Espada, Perla Farías, Alberto Barrera Tyszka (aunque sobre todo escribiendo para el exterior), Valentina Párraga y, más recientemente, Alidha Avila, Carlos Pérez, Martin Hahn y Mónica Montañés. De todos ellos, algunas voces cuentan para la edición aniversaria de Estampas sobre su propio arte de contar. 

"Escribir es un acto que reconocemos como especial porque proviene de nosotros mismos y nos sorprende. Cuando esto sucede, es indicativo de que nos estamos instalando en algo que promete ser halagador"
—JOSE IGNACIO CABRUJAS

 

Ligia Lezama
La mismísima Juana Crespo
Sí, hay que decirlo, es un juego de palabras: Ligia Lezama no interpretó a ese personaje en La hija de Juana Crespo, como tampoco fue la autora de esta bien recordada novela de finales de los setenta, pero algo de ella —y muy importante— estuvo allí: Mayra Alejandra, la entonces damita de la televisión que comenzaba a cotizarse entre las grandes protagonistas. Hoy Lezama, su madre, y además reconocida escritora de telenovelas venezolanas, puede admitir que aquel libreto surgido de la pluma de José Ignacio Cabrujas y Salvador Garmendia, en el cual se aborda de una manera realista y magistral el tema de la paternidad irresponsable en el país, preside la corta lista de trabajos (de hecho, sólo sería ese) que hubiera querido firmar con su nombre y apellido. Es el único, por decirlo de alguna manera, que le genera cierta envidia al no haberlo escrito. De resto, la autora de tantas novelas propias como de adaptaciones para televisión de la literatura universal, se siente más que satisfecha con su legado (de más de medio siglo desde que empezó a escribir a los 18 años) en el que destaca, sobre todas las cosas, el romanticismo como médula de una historia. Pues, no debería ser de otra manera, a decir de Ligia Lezama, quien a la hora de ubicarse dentro del género no duda en afirmar que lo suyo es la telenovela romántica. A fin de cuentas, eso es para ella el género: una historia central marcada por el amor, más allá de que la rodeen subtramas “más realistas y fuertes”. Con esa convicción llegó a escribir Adoro, Rosa Campos, provinciana, Marielena, La Guajirita, Valeria, Amándote I y II, Morena clara, Sabor a ti, Luisana Mía y Mundo de fieras, entre muchas otras. Estas dos últimas, precisamente, constituyen las más determinantes en su carrera, dicho por ella misma: “La primera, de hecho, me la compraron en México y la están adaptando en este momento; mientras que Luisana Mía, protagonizada (en 1981) por mi hija Mayra Alejandra, fue una novela que me conmovió muchísimo, ya que en ella traté los celos de pareja y lo que se deriva de esta problemática”. De todas, sin embargo, se enorgullece por igual: “No me arrepiento de ninguna porque han sido un aprendizaje para mí, yo he ido con mis novelas con la marcha del tiempo y del gusto del público”.


Leonardo Padrón
Aprender a manejar los imponderables
El autor de Amores de fin de siglo, Contra viento y marea, Aguamarina, El país de las mujeres, Amantes de luna llena, Cosita Rica y, más recientemente, Ciudad Bendita, se confiesa “muy malo contando La Cenicienta”. De allí que sus libretos resulten, siempre, otra cosa. ¿Pero, otra cosa como qué? Quizás, lo más cercano a una casilla para el tipo de telenovelas que ha escrito hasta ahora Leonardo Padrón sea la de “realista”, y nunca “rosa”, tal como termina concluyendo luego de hacer el ejercicio (obligado por otros, no por él) de ubicarse en una tabla de categorías dentro del género. Pero tampoco le es fácil a Padrón andarse con precisiones sobre cuál de “sus hijos” ha sido el más determinante en esta carrera: “Con Amores de fin de siglo tengo fuertes nexos afectivos, fue mi primera novela francamente autoral; pero, por ejemplo, hay críticos ortodoxos que dicen que Contra viento y marea es mi novela más redonda. Ahora, cómo no mencionar El país de las mujeres, mi homenaje a las mujeres de este país, una novela agradecida que tuvo muchísima audiencia y suele ser muy recordada… Y debo desembocar, inevitablemente, en Cosita Rica, la primera vez que me involucro con la realidad sociopolítica en un momento altamente convulso para Venezuela; un orgullo, por qué no decirlo. Pero ahorita estoy enamorado de Ciudad Bendita, y mucho”, saca la cuenta el también poeta y escritor de libretos de cine, para quien tampoco hace falta negar que, hasta el momento, no se ha arrepentido de nada de lo hecho: “Lo juro, suena a lugar común, pero es así. Me he arrepentido, quizás, de algunas tramas, de algunas decisiones argumentales o elecciones actorales. Pero no más allá”. En ese mismo saco de reflexiones y recuerdos, Leonardo Padrón continúa escudriñando hasta extraer del fondo el trágico accidente que sufriera la actriz Ana Karina Manco cuando volaba en un ultraliviano, justo en los días en que se grababa Amores de fin de siglo y su personaje (Constanza) estaba en el tope… “Literalmente cayó del cielo”, grafica Padrón sobre el suceso. “Fue terrible. Emocionalmente hablando fue muy fuerte y supuso una torsión notable en el curso de la historia. Eventos así te enseñan a escribir manejando los imponderables”.     

 

César Miguel Rondón
Gato que se enmochila, triunfa
Saltó a la palestra del género gracias a la historia que escribió a principios de los ochenta, en la que una niña de sociedad y un musiquito por el cual nadie apostaba nada resultaban perdidamente enamorados. Así, con ese argumento de su primera telenovela, César Miguel Rondón, también muy joven entonces y recién llegado de Nueva York, logró revolucionar el mundo de las telenovelas en el país de tal manera que, todavía hoy, permanece en el disco duro de los venezolanos aquella magistral escena en la cual la menuda Ligia Elena (Alba Roversi) le hacía ascos a los ojos de un pescado frito cuando Nacho (Guillermo Dávila) le enseñaba a deglutirlos como si se tratara de un par de bombones con forma de corazón. Toda una imagen que bien puede servir para graficar lo que, según Rondón, es lo que marca —o debería marcar— la pauta en este género, en lugar de perder el tiempo encasillándolo en categorías: “Creo que más sano es establecer que las novelas obedecen al ingenio y creatividad de unos autores, que junto al criterio y facilidades que les brinden unos productores, pueden desarrollarse (si la suerte sopla a favor) con algo de holgura y libertad”. Ya con eso, gran parte del camino está ganado, asegura quien, sin embargo, piensa que ninguno de sus trabajos (Ligia Elena, Nacho, Las Amazonas, El sol sale para todos, Y la luna también, Niña Bonita, Piel, Kaína, Calipso, Más que amor, frenesí, Guerra de mujeres y Las González, entre otros) ha determinado “absolutamente nada” dentro del género. No obstante, habla de una preferida: El sol sale para todos, “cuyos personajes —libres en la vida y en la trama— prácticamente se escribieron solos”; así como de un arrepentimiento: Y la luna también, “exactamente por todo lo anterior”. Pero para sobrellevar cosas como ésta, nada mejor que contar siempre con una dosis de “paciencia, paciencia y más paciencia”; precisamente la virtud que, a los ojos de este escritor de telenovelas (aunque igualmente locutor y hombre de medios en general), debe tenerse a la hora de dedicarse al oficio. Por lo pronto, no deja de almacenar anécdotas vividas en el correr de su exitosa experiencia frente a una computadora, aunque hablar de ellas implicaría terminar redactando “otra larga y tragicómica telenovela”. Quién quita que lo haga algún día, colocando nuevamente frente a la barra de un botiquín de mala muerte a unos personajes que revivan aquel Gato enmochilao (“así, preferiblemente sin la d”, según apunta el propio Rondón), donde transcurrió parte de la historia de Ligia Elena, viéndose replicado, “por una cuestión de cábala, pero también, sin duda, de agradecimiento”, en sus siguientes guiones hasta llegar a Kaína con el San Ignacio del Cocuy. Y hablando de ser agradecidos, Rondón no se olvida de un hombre a quien no se le debe postergar más un reconocimiento por su aporte en esto de contar historias de amor y otras cuitas a través de la pantalla chica: “De Cabrujas ya prácticamente se ha dicho todo, igual Delia ha recibido todos los homenajes imaginables. Me inclino por alguien que ya no está, aunque siempre se asoma por encima del hombro cuando hay alguna dificultad ante el teclado: Salvador Garmendia”.

 

Perla Farías
Con el abanico bien abierto
Lo ha demostrado en su trabajo, no sólo escribiendo historias propias sino además habiendo ayudado en los diálogos de ideas creadas por los grandes como Cabrujas. Joven aún, y con la telenovela en la sangre (una fusión de Daniel Farías y Gioia Lombardini no podía dar como resultado otra cosa que no fuera talento), Perla Farías indiscutiblemente ha sabido hacerse un nombre en estos menesteres; y lo ha hecho con lo que ella describe como su sello personal: “En mi obra reincido creando historias desde el centro de una familia específica... Para mí ese centro, que por lo general está compuesto por una familia disfuncional, es como un tronco; luego, cada miembro se convierte en una rama con una personalidad y ruta diferente”. Bajo esa premisa es que nacieron Mis tres hermanas, Juana, la virgen y Divina Obsesión, las tres telenovelas que, hasta ahora, ha escrito como sus originales, pero de seguro vendrán otras. Por lo pronto, habrá que decir que Perla Farías se estuvo desenvolviendo como gerente en el Departamento de Dramáticos de Telemundo en Miami, la hoy meca de la telenovela latinoamericana, donde hoy retoma su gusto por la escritura desarrollando “un contenido que va desde el melodrama hasta la comedia”. Pues, según ella, la vida misma está marcada por ambas cosas y no hay como la telenovela para dejarlo bien asentado: “Lo maravilloso de este género es que permite que el abanico de expresión sea muy amplio”. Y así como dice esto en tono serio, también hace honor a ese humor que —insiste— no debe faltar, cuando se le sale una carcajada antes de reconocer que Yo soy Betty, la fea es un guión para envidiar... “Sobre todo porque  Fernando Gaitán (su artífice) mantuvo sus derechos de autor, ¡y hoy en día ese contenido se ha adaptado en varios países!”. Pero tampoco es que se pueda quejar Perla Farías; precisamente, su Juana, todo y virgen, le sirvió, de hecho, como catapulta a la internacionalización, de allí que la cuente hasta ahora como la más importante entre su obra.

 

Martin Hahn
El Agatho Christie de Venezuela
Todavía no ha llegado a escribir su trabajo más determinante, pero, entretanto, ha hecho lo suficiente como para haberse ganado el calificativo del “Agatho Christie de Venezuela”, según él mismo saca a colación, acotando que este comentario escuchado a terceros le hace sentir honrado. E igual pasa al saberse capaz de sacarle risas a su audiencia, aunque nunca abusando de ello: el misterio y el humor —sus dos caballitos de batalla, por lo cual se ha dado a conocer en la industria de la televisión durante esta última década— deben estar vertidos en la justa medida para que el caldo no se le ponga morado a este joven escritor de telenovelas, a quien se le endilga la inclusión del suspenso y la sangre (¡aunque sea el más puro ketchup!) en los ofidios vernáculos. De cumplir con esa proporción precisa entre comicidad y misterio se jacta Martín Hahn, responsable de El Desafío (como uno de sus dialoguistas), de Aunque me cueste la vida (escrita a cuatro manos con Salvador Garmendia), pero sobre todo de Angélica Pecado, La mujer de Judas, Estrambótica Anastasia y Amor a palos, las cuatro telenovelas que hasta ahora ha trabajado en solitario, estampándoles ese sello tan particular que lo coloca hoy en estas páginas. Su afición por tramas terroríficas se la atribuye a haber vivido durante parte de su infancia en la casa del abuelo. Allí, entre techos altos, ventanas estrechas, salones grandes y una escalera que rechinaba empezó a volar su imaginación. ¿Cómo pensar, entonces, que terminaría aterrizando décadas después frente a un computador para contar historias de asesinatos en serie cometidos por enigmáticos personajes envueltos, eso sí, dentro de una —siempre infaltable— historia de amor?

 

Mónica Montañés
O cuando hombre no es gente
Esta joven periodista transmutada en escritora de historias de amor y no tanto, ha escuchado, y por ello supone es así, que las categorías de la telenovela como género se pasean “del color rosa al realista, de las de las de protagonistas a las de abanico”. Sin embargo, para ella la cosa es más sencilla: “Hay dos tipos de telenovelas: las buenas y las malas, y, por supuesto, yo espero que las mías se coleen entre las buenas... jejeje”. Lo dice justo cuando recién ha estrenado la primera telenovela originalmente suya, Voltea pa’ que te enamores, aunque como coautora ya cuenta varias: Más que amor, frenesí, Guerra de mujeres, Las González (junto a César Miguel Rondón); como dialoguista de Ibsen Martínez en El perdón de los pecados; y para Leonardo Padrón en Contra viento y marea y El país de las mujeres. Suficiente como para haber calentado bien los dedos y la cabeza con los cuales imprimir en esas cuartillas lo que, sin dudas, ha sido su hipótesis principal como dramaturga (El aplauso va por dentro), como cronista de Estampas y, ahora, como escritora de telenovelas: “Hombre no es gente”, o lo que para los efectos es lo mismo: “Las mujeres somos lo máximo”; es decir, lo que la propia Mónica Montañés admite como su “monotema” en la vida. ¿Y dónde mejor que un televisor para proponer y defender esta tesis?, sobre todo si el asunto se plantea con humor, tal como lo ha querido hacer siempre ella. ¿Arrepentimientos, por lo pronto? La escritora dice que no, aunque sí computa en su cabeza más de un aprendizaje, como el que le llegó tras haber trabajado con Rondón en Más que amor, frenesí: “Tener escrita prácticamente toda una novela antes de salir al aire no sirve en Venezuela”. Y tampoco se olvida de la experiencia de Las González: “Con la que aprendí que nuestro público es apretadísimo, que aquí no funcionan las fórmulas y que si algo te sale bien (como en el caso de Guerra de mujeres) no puedes repetirlo, porque los venezolanos decimos: ¡Ah, no. Eso ya lo vi, ahora cuéntame otra!”. Tampoco se olvida Montañés de hablar de aquellos autores de telenovelas a quienes no se le puede postergar un homenaje en estos días: “Voy a nombrar dos, opuestos. Creo que no se le ha rendido todavía un verdadero homenaje a la señora Delia Fiallo como la madre de todo, porque así sea por tratar de llevarle la contraria, todos venimos de ahí. Y el otro sería un homenaje al maestro José Ignacio Cabrujas, por abrirnos la puerta para escapar de Delia. De esa madre fortísima y de ese padre irreverente, ambos gigantes cada uno en su estilo, somos hijos todos los demás que intentamos echar un chisme que dure más de ciento veinte horas de televisión”. l

 

 


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