Confidencias
de camerino
Dentro de ese espacio que separa a los actores del esperado “cinco y acción” habitan las hadas madrinas que se encargan de embellecer a los protagonistas, afear a los villanos o lograr que sean creíbles las heridas, cicatrices y demás mentiras del libreto. Se trata de las maquilladoras de los canales de televisión, quienes, por fin, toman la palabra. Pablo Blanco
Faltan minutos para salir a grabar la escena y llega el inevitable encuentro con el espejo. La heroína tratará de verse tan dócil y bella como sea posible, el galán retocará su copete reiteradamente, los villanos practicarán sus subidas de cejas y los personajes más “característicos” harán lo propio porque su aspecto sea acorde con su intención histriónica. En ese lugar, lleno de nervios preliminares a la pauta de grabación, se esconden historias que bien pueden conformar una telenovela paralela. Las libretistas no serían otras que las maquilladoras, esas hadas madrinas que se encargan de hacer magia facial y corporal para que los actores —literalmente— se “luzcan” en sus personajes. Hablar con ellas no es tarea fácil, se saben poseedoras de secretos que la audiencia moriría por escuchar. Por eso son discretas, más no herméticas. De hecho, en este trabajo, están contenidos algunos de sus recuerdos más bonitos.
Memorias de mamá Luisa
La marabina Luisa Marcano es la jefa del departamento de maquillaje de Venevisión, en donde ha trabajado por 40 años. A pesar de su oficio, nunca le ha gustado figurar, disfruta el encanto del bajo perfil propio de psicólogos, terapeutas y psiquiatras; esa confidencialidad relacionada con la lealtad a sus más fieles “pacientes”: los actores. Su pequeña oficina, justo al lado de los camerinos, está repleta de imágenes religiosas que le han regalado los que la saben una ferviente católica. Y es que detrás de su trabajo impecable, probablemente hay muchos rezos. Porque nada fáciles son los retos que le ha tocado asumir: quitarle el peluquín a Raúl Amundaray o “envejecer” a Lupita Ferrer no son tareas, precisamente, sencillas.
Su rostro sonriente rememora, con placer, esa época en la que la llamaban “Luisita”, ahora le dicen “mamá Luisa” y hasta le piden la bendición. El Nazareno, la Virgen de Guadalupe y la Rosa Mística son testigos de su relato.
“Entré a Venevisión gracias a la actriz Lucila Herrera, que era clienta mía en una peluquería de Las Palmas, muy cercana al canal. Fue ella quien me recomendó. Cuando vine a la entrevista, me dijeron que hablara con el jefe de producción. Apenas supe que se trataba de Jorge Félix, me dio de todo. Es que él me encantaba, yo era una fiel seguidora de Casos y cosas de casa. Finalmente, me llamaron para comenzar a trabajar en el año 66. A mí papá no le gustaba, para nada, la idea, pensaba que me podía corromper en este mundo de artistas. Así que me tuve que venir, escondida, a Caracas”.
Aquellos días
“Al principio me fue muy difícil cumplir con mi trabajo. Las grandes actrices ya tenían su gente que las arreglaba y no querían ponerse en manos ajenas. Así que comencé con las ‘extras’. Al ver cómo quedaban, las otras se percataron de que mi trabajo era bueno. Pero mi verdadera carta de presentación fue un programa especial que se llevó a cabo en Maracaibo en el año 67. Se llamó Diluvio de estrellas sobre el Lago. Allí tuve que maquillar a un montón de figuras internacionales. Dejé preciosa a La Tongolele y eso me valió para que comenzaran a decirme: ‘¡Eso! Ya pasaste la prueba!’. Al poco tiempo, las muchachas me hacían cola: América Alonso y Marina Baura...
“Entre las primeras se encuentran, también, Amelia Román e Ivonne Attas. A Amelia tenía que ponerle dos pestañas postizas en cada párpado cuando interpretaba a La Waica en La mujer prohibida. ¡Cómo disfrutó ella ese rol!, siempre llegaba al camerino con propuestas de estilos para que su rostro fuera el de una auténtica villana, era sumamente creativa y estaba tan contenta con el éxito de su personaje...
“Y con Ivonne Attas me pasó algo insólito. Siempre usaba pelucas para sus papeles de mala. Yo ya estaba acostumbrada a peinárselas y cuidárselas como si fueran un tesoro. Pero, una tarde, se me ocurrió lavarle una que se ponía para su papel de Michelle en Lucecita. La torta: al secarse se encogió como un gorrito. Yo entré en pánico. Me preguntaba: ‘¿Y ahora qué hago?’, ‘Dios mío, esa señora me va a regañar’, ‘¿cómo se lo digo?’. Y lo peor era que, al día siguiente, ella tenía una secuencia de grabación larguísima. Esa noche no dormí. Cuando, finalmente, ella llegó al camerino no aguanté: me puse a llorar mientras le contaba lo que había pasado. Me dijo: ‘Tranquila, vamos a resolver’. Ni me acuerdo cómo lo arreglamos, pero quedó bella. Pasé un buen susto (risas). Con el tiempo nos hicimos grandes amigas, hasta somos comadres.
“Otra con la que me fue estupendo fue con Lupita Ferrer. Siempre usó maquillajes muy sencillos, a excepción de una telenovela —de la que no recuerdo el nombre— en la que tenía que parecer una mujer madura, imagínate. Para lograrlo teníamos que colocarle látex en el rostro. Los productores me preguntaban: ‘¿Tú crees que se lo deje poner?’. Hablé con ella y acordamos colocarle primero una crema hidratante y luego, encima, el látex. No se molestó. Es una mujer muy distraída o no sé si decir muy ensimismada. Nunca la vi pendiente del qué dirán. Lo que era realmente evidente es que cuidaba mucho su imagen”.
De peluquines y colores
La señora Luisa no tiene todas las anécdotas a la mano. “Son muchas”, aclara. No obstante, a medida que recuerda los nombres de las telenovelas, le vienen los hechos a la memoria. Durante la conversación recalca, reiteradamente, que en sus años de carrera no ha tenido problemas con ningún actor. “Todos son bellos, todos han sido una maravilla conmigo”, comenta mientras continúa narrando sus experiencias. “Me tocaba peinar a José Luis Rodríguez cuando hizo su papel de El Puma en Una muchacha llamada Milagros. No, no me tomaba mucho tiempo, él ya venía bastante arreglado, no era complicado lograr que se viera buenmozo. Lo complicado fue el paso de la TV en blanco y negro a la TV a color. Tuvimos que tomar un entrenamiento intensivo dictado por un profesor estadounidense que contrató el canal. Nos enseñó a trabajar con los pinceles. Todo se volvió más complejo; porque en blanco y negro había cosas que se podían ‘tapar’, pero con el color se ve hasta el más mínimo detalle.
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LUISA MARCANO HA MAQUILLADO ACTORES
DURANTE 40 AÑOS |
“Otra cosa que nos puso a correr fue la televisión en vivo. En muchos casos, al escritor, Manuel Muñoz Rico, no le daba tiempo de terminar los capítulos de sus telenovelas para la hora de la grabación, por lo cual había fragmentos que iban al aire en el momento. Nosotros teníamos que estar en el estudio pendientes de cualquier eventualidad y en esa época, el equipo era muy pequeño”.
Hay un hecho del que Marcano se vanagloria: haber logrado que Raúl Amundaray se quitara el peluquín. “No recuerdo el nombre de la telenovela, lo que sé es que él tenía que hacer de piloto y los productores querían lograr que cambiara su look. Lo llevé al camerino y le pedí que me dejara quitárselo. El se rehusaba. Tuve que insistir hasta que, por fin, cedió. Hice que se mirara al espejo y le dije: ‘¿Se da cuenta de que usted se ve muy bien así?’. Mis compañeros me felicitaron, me preguntaban todo el tiempo: ‘¿Cómo lo lograste?’”.
Entre Amazonas
“Hilda Carrero era un ser demasiado bello”, comenta Luisa Marcano con nostalgia. “Y como profesional era excelente; cuidaba la imagen hasta de las ‘extras’ que salían en las telenovelas que protagonizaba. Era como una productora más. Nunca se le vio en una actitud prepotente o malcriada. Aunque era tremenda; se la pasaba echando broma. Más de una vez logró que todo el elenco se desestresara. Recuerdo cómo pegaba su rostro contra el cristal del camerino para que se le achatara la nariz, se la pasaba haciendo morisquetas. Tan bella...
“Las que sí tienen su carácter son Miriam Ochoa y Alba Roversi. Cuando llegaban furiosas yo las paraba en seco. Les decía: ‘¡Epa! Ya va. O usted se calma o no podemos trabajar’. Yo las adoro, por eso las ayudaba, porque pienso que el momento más importante que tiene una actriz es justo cuando va a maquillarse. Y si una de ellas está de mal humor, por más que yo haga una obra de arte sobre su rostro, se va a ver espantosa. Por eso les pedía que se relajaran. Y así todo salía bien. Por cierto que Helianta Cruz era excepcional en eso de arreglarse. Si un vestido le quedaba grande agarraba un montón de tirros y se lo ‘ajustaba’. Cuando salía en pantalla se veía espectacular.
“Kaína fue otra de las telenovelas que más disfruté. Hicimos un trabajo muy bello desde todo punto de vista. Siempre se comentaba que había rivalidades entre las protagonistas: Viviana Gibelli, Hilda Abrahamz y Fedra López, pero ellas estaban tan concentradas en ellas mismas que eso no sucedía. Y si tenían alguna diferencia siempre la arreglaban en el momento. Salían de eso”.
Dos del dos
Teresa Quintero y Cionora Arellano tienen más de 20 años en el departamento de maquillaje de RCTV. En el canal de Bárcenas —como en el de la Colina— hay muchos camerinos. No obstante, el llamado “laboratorio” de trabajo es, quizás, el más grande de todos. Allí descansan pelucas y máscaras creadas para Radio Rochela y un arsenal de cosméticos que esperan por los dulces o amargos rostros de las luminarias locales e internacionales. Cionora abre la puerta de este templo y comienza con su propia historia. Su colorido corte de pelo distrae la mirada.
“Entré al canal como una maquilladora más. Comencé con el programa Festival, que animaba Cayito Aponte. Luego, a finales de los ochenta, me tocó De Gala, amenizado por Judith Castillo y Gustavo Pierralt. En esos momentos, Mary Duarte era la jefa de caracterización. Ella siempre notó mi interés en aprender y se convirtió en mi maestra. Tanto que, cuando renunció, quedé como la ‘caracterizadora’ oficial, sin ser la jefa (risas). Al principio, muchos actores se molestaron, la querían mucho y sólo se dejaban tocar por ella.
“Mi primera telenovela —continúa Arellano— fue El Desafío, que protagonizaban Claudia Venturini y Henry Soto. Tenía que hacer la caracterización de un personaje que se llamaba el viejito Trinidad, lo hacía el actor Frank Maneiro, el hermano de Dilia Waikarán. En ese entonces, él ya tenía edad para parecer mayor, pero no tenía ni una sola línea de expresión, por lo cual me daba mucho trabajo. Cuando le quitaba el maquillaje le aplicaba unas ampollas para el cuidado de su piel; era un trabajo sumamente engorroso. Resulta que las fulanas ampollas eran rejuvenecedoras y entonces él terminaba viéndose aún más joven de lo que ya parecía. Era contraproducente para mi trabajo (risas). Desafortunadamente, ya las ampollas no se consiguen en el mercado”.
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CIONORA ARELLANO |
De regaños y encantos
“¿Momentos desagradables? Casi ninguno. Aunque, en una oportunidad, me llevé un susto con la señora Amalia Pérez Díaz. Que mis palabras no ofendan su memoria, pero creo que la agarré en un mal día. Yo la maquillé y no le gustó, para nada, como quedó. Me comenzó a armar tremendo lío. Me reía, pero de los nervios. Mis compañeras estaban asombradas porque ya me había ganado mi lugar en el canal con mi trabajo, les parecía inaudito. Aclaro que no la dejé de querer por eso, era una señora con mucha calidad humana. Y tampoco es la única actriz a la que he visto de mal humor. Lo que pasa es que nosotras somos como esponjas de lo que sienten los artistas en esos momentos, antes y después de grabar. Nos convertimos en sus confidentes y hasta nos atrevemos a aconsejarlos o a regañarlos. Hablando de eso, la que sí es un caso es Norkys Batista. Yo la adoro, pero, al principio, me costaba mucho maquillarla. Es extremadamente hiperquinética. Me tocó crearle una quemada ficticia en el rostro para Estrambótica Anastasia. Recuerdo que tuve que utilizar gelatina natural, porque su piel es alérgica a muchos productos. El resultado fue espectacular, pero antes de lograrlo ella se ponía insoportable: que le picaba, que le dolía... Yo le decía: ‘¡Mira, muchachita, tú eres la mamá de los fastidios!’ (risas). Terminé siendo yo su mamá postiza”.
La mano que nunca estuvo
Cionora relata con frustración un esfuerzo en vano. “En el primer capítulo de María de los Angeles, el libreto decía que Orquídea Córdoba Escalante (Alba Roversi) le cortaba la mano a Radamés Basanta (Franklin Vírgüez). Los productores fueron a buscar una mano de plástico a una de estas tiendas de bromas para fiestas. Cuando me la trajeron, tuve que maquillarla y pegarle pelito por pelito y hacer varias combinaciones de tonos hasta lograr el mismo color de la piel del actor. Tanto trabajo nunca se vio: la toma de esa escena fue super abierta y el efecto del maquillaje sobre la mano de plástico fue, prácticamente, invisible para el televidente”.
El deseado
De las caracterizaciones más recientes que ha hecho Cionora hay una que recuerda con mucho humor y, al mismo tiempo, con algo de rabia. “Me tocó transformar a Roberto Mesutti en el mendigo de Amor a palos. ‘¿Cómo me van a poner a maquillarle todo el cuerpo a ese muchacho que está tan bueno?’, me preguntaba. Total que no aguanté y le comencé a echar los perros (risas). ¡De verdad! Siempre lo atacaba. Le decía: ‘¡Dios mío, yo te tengo que bañar el día que te toque la transformación del personaje!’. El se reía y se reía. Pero, hablando en serio, era complicado maquillarlo porque él, también, es demasiado hiperquinético. Entonces, aparte de echarle los perros, le echaba broma para que se quedara tranquilo. Su caracterización tenía que ser creíble. Y lo fue: él contaba que había gente en la calle que le tenía miedo o que le daba dinero, porque se creían el asunto. Pero eso no fue lo más fuerte. Cuando llegó la escena en la que, finalmente, la enfermera (Natalia Ramírez) descubre su verdadera identidad y lo tiene que asear... ¿adivina qué? No pude asistir a bañarlo para quitarle el maquillaje. Le tocó a Daisy, la muchacha que me asistía. ‘¡Cómo me acordé de ti!, me decía la muy sinvergüenza (risas)”.
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TERESA QUINTERO |
La belleza de Lola
Para Cionora es muy difícil mencionar a una sola actriz favorita. No obstante, hay alguien de quien habla con un evidente cariño. “Yo las quiero a todas, pero es que Roxana Díaz es realmente especial. Me tocó hacerle una narizota para Qué buena se puso Lola. Me encantó haber compartido con ella, es una bella persona. Me quedé asombrada cuando me di cuenta de que ella no evita, para nada, el tema de su famoso video erótico, el que salió a la luz pública. En ese momento estábamos en plenas grabaciones de Juana, la virgen. Era muy fuerte verla por los pasillos del canal cuando estalló el escándalo, bajaba la cabeza cuando pasaba delante de la gente. Siempre recuerda que quienes la ayudaron a superar ese momento fueron sus padres. Yo, de verdad, la admiro. Mira hasta dónde ha llegado esa muchacha después de todo. Y con la cabeza en alto”.
Teresa, la compañera de Cionora, tiene más tiempo en RCTV. Sus cuentos son de antaño.
“Mi primer trabajo fue ponerle unas pestañas postizas a la señora Liliana Durán. ¡Qué nervios! No se las sabía pegar, es que nunca en mi vida había hecho eso, me tardé muchísimo. Yo temblaba como una hoja, pero lo logré: le quedaron bien. No mencioné ni una sola palabra, tratando de disimular que era novata. Pero ella, tranquila, me preguntó: ‘Tú eres nueva, ¿verdad?, tu trabajo quedó bastante bien’. Después de eso nos tocó trabajar mucho juntas, siempre fue una señora muy amable.
“Pero ni hablar de Doris Wells, esa sí que era una dama. Qué mujer tan talentosa y, a la vez, tan increíblemente sencilla. Si había que comer en el piso se sentaba con nosotras a comer en el piso. No se daba aires de grandeza. De ella tengo una anécdota simpática, aunque al mismo tiempo triste porque fue a propósito de su última actuación en televisión en el unitario Derrota Final. Antes de que la llamaran para hacer ese papel de guerrillera, ella se había estado dejando crecer las uñas. Estaba contenta porque nunca antes lo había hecho y las mostraba orgullosamente a todo el mundo. Y cuando le avisaron que iba a protagonizar ese espacio, lo primero que le dijeron los productores fue: ‘Tienes que cortarte las uñas, se trata de una guerrillera’. Se negó rotundamente, se rehusaba a perder su esfuerzo de meses. Entonces, entre las dos, propusimos que su personaje llevara guantes. Así lo hizo. Al terminar las grabaciones sus uñas estaban intactas”. l
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