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Sabía que él tenía
domicilio en Cartagena de Indias. Leí en una revista que
a mediados de la década pasada, Gabriel García Márquez
-quizá ganado por la nostalgia- había comprado una
casa al borde de una calle adoquinada.
Imaginaba una casona colonial, con una inmensa
y pesada puerta con aldaba en forma de lagarto, un zaguán
en penumbras, un corredor que envolviera un patio donde creciera
un árbol de mango y una terraza grande con matas de palma
desde la que se podría contemplar el mar y también
los atardeceres anaranjados como -me habían dicho- son los
atardeceres en Cartagena. Sería una casa amplia, fácil,
suya. Como siempre la había soñado Fermina Daza en
tiempos del cólera.
El primer día que caminé por
las calles empedradas de Cartagena, busqué instintivamente
entre las cúpulas y los tejados. Alguna de esas casas es
la de García Márquez, me dije. Y yo quería
descubrirla. Verla, aunque fuese de lejos y por fuera, y desde lejos
y desde afuera imaginarme cómo sería por dentro.
Quería identificarla, no porque fuese
morada del Premio Nobel. Quería saber cuál era porque
desde que leí a García Márquez por primera
vez lo sentí como próximo. Como un pariente -un tío
o el primo de un primo- que habla y cuenta de la vida, de los seres
y de las cosas que me son familiares. De la vida y las cosas que
pasan -o pasaron- en un pueblo conocido que no está en tierra
colombiana, sino en suelo venezolano.
Y si el hombre es casi de mi familia, cómo no me va a causar
curiosidad su casa. Por eso la busqué apenas llegué
a la ciudad amurallada. Sabía que existía. Sabía
que quedaba frente al mar y estaba desocupada -su dueño la
usa por temporadas-. Sabía todo eso; lo que no podía
imaginar era que mientras me perdía buscándola entre
callejuelas y mapas -que nunca he podido leer-, la casa, su casa,
estaba muy cerca. Justo al lado de mi hotel.
38-205 Calle del Curato es la identificación
que con letras inmensas está adosada al lado de la puerta
principal, que no es grande ni pesada ni tiene una aldaba en forma
de lagarto. La vivienda es una construcción de esquina ubicada
en la zona donde otrora habitaba la población de nivel medio
de la sociedad colonial, en inmuebles de una sola planta que se
levantaban sobre un patio. Pero la casa de García Márquez
no tiene un nivel sino tres, y no crece alrededor de un patio sino
que se reparte entre cuatro. Mucho menos es una edificación
antigua. De hecho, es una de las pocas intervenciones contemporáneas
-a lo mejor la única- que se ha autorizado en la ciudad histórica.
De lo que fue una vieja morada quedarán
si acaso las sombras familiares de dos almendros que crecen frondosos
en el traspatio -al lado de una moderna piscina- junto con tres
palmeras, una hilera de cayenas y un mango pasmado. Pero los almendros
y el traspatio sólo se notan si uno se sube al último
piso del hotel de al lado, y desde esa altura fisgonea. Y fisgonea
también las baldosas de arcilla; las ventanas y puertas de
celosía que permanecen cerradas y protegidas por vidrios
que se suponen corredizos; los otros patios con grama, palmeras
y malangas trepadoras, y las terrazas con macetas de uvas de playa
y trinitarias que miran a un mar que se parece al de La Guaira.
Desde la calle lo único que se aprecia
es un muro alto, largo y liso pintado de terracota. Un muro imponente
y uniforme apenas alterado en su recorrido por el garaje, la puerta
principal, tres minúsculas ventanas permanentemente ciegas
y una puerta igual de minúscula, que está al doblar,
frente a la parte más baja de la muralla.
De la residencia no se escapa el menor ruido,
y fuera de las plantas y los pájaros que medran las plantas,
el único ser vivo es el celador. Siempre el mismo y siempre
distinto en guardia de 24 horas. Un celador sordo y mudo que suda
dentro del uniforme -pantalón oscuro, camisa manga larga,
corbata y cachucha negra- y se esconde detrás de unos lentes
de plástico y a veces -sólo a veces- un bigote ralo.
Un celador que no sabe ni le interesa por qué esa casa en
nada se parece a las de al lado.
Salí de Cartagena de Indias sin conocer
qué fue de lo que antes había en el 38-205 de la Calle
del Curato. Si había algo y estaba en ruinas o si acaso nunca
hubo nada. No pude averiguar por qué la edificación
tiene una arquitectura contemporánea. No obtuve esas respuestas.
La única certeza que me traje es que la casa de García
Márquez, desde lejos y desde afuera, es una casa llena de
luz. Una casa fácil y amplia como él la habría
querido para Fermina Daza. l
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