- Con la vista
en Sharapova.

- El Monitor se pasea por el cine.
- Universal en Latinoamérica. Tradición ancestral.
- La Nota: Celestiales. El Click: La enciclopedia libre.

 CRONICA
- La casa
de García Márquez
- Misterio en
La Aldea
- El show de Nury
- Visitantes de otro mundo
BELLEZA
- Con toque veraniego
SALUD
- Pies alineaditos
NUTRICION
- La fuerza
de las fresas
COCINA
- Comenzar el día
con recetas gourmet
MASCOTAS
- Angeles o demonios
 CRIMENES
 HOROSCOPO
 HUMOR
 MAYTTE
 CRUCIGRAMA
 ARCHIVO
 CONTACTENOS
 
  La casa de García Márquez
Mrtha Rivero

 

Sabía que él tenía domicilio en Cartagena de Indias. Leí en una revista que a mediados de la década pasada, Gabriel García Márquez -quizá ganado por la nostalgia- había comprado una casa al borde de una calle adoquinada.

Imaginaba una casona colonial, con una inmensa y pesada puerta con aldaba en forma de lagarto, un zaguán en penumbras, un corredor que envolviera un patio donde creciera un árbol de mango y una terraza grande con matas de palma desde la que se podría contemplar el mar y también los atardeceres anaranjados como -me habían dicho- son los atardeceres en Cartagena. Sería una casa amplia, fácil, suya. Como siempre la había soñado Fermina Daza en tiempos del cólera.

El primer día que caminé por las calles empedradas de Cartagena, busqué instintivamente entre las cúpulas y los tejados. Alguna de esas casas es la de García Márquez, me dije. Y yo quería descubrirla. Verla, aunque fuese de lejos y por fuera, y desde lejos y desde afuera imaginarme cómo sería por dentro.

Quería identificarla, no porque fuese morada del Premio Nobel. Quería saber cuál era porque desde que leí a García Márquez por primera vez lo sentí como próximo. Como un pariente -un tío o el primo de un primo- que habla y cuenta de la vida, de los seres y de las cosas que me son familiares. De la vida y las cosas que pasan -o pasaron- en un pueblo conocido que no está en tierra colombiana, sino en suelo venezolano.
Y si el hombre es casi de mi familia, cómo no me va a causar curiosidad su casa. Por eso la busqué apenas llegué a la ciudad amurallada. Sabía que existía. Sabía que quedaba frente al mar y estaba desocupada -su dueño la usa por temporadas-. Sabía todo eso; lo que no podía imaginar era que mientras me perdía buscándola entre callejuelas y mapas -que nunca he podido leer-, la casa, su casa, estaba muy cerca. Justo al lado de mi hotel.

38-205 Calle del Curato es la identificación que con letras inmensas está adosada al lado de la puerta principal, que no es grande ni pesada ni tiene una aldaba en forma de lagarto. La vivienda es una construcción de esquina ubicada en la zona donde otrora habitaba la población de nivel medio de la sociedad colonial, en inmuebles de una sola planta que se levantaban sobre un patio. Pero la casa de García Márquez no tiene un nivel sino tres, y no crece alrededor de un patio sino que se reparte entre cuatro. Mucho menos es una edificación antigua. De hecho, es una de las pocas intervenciones contemporáneas -a lo mejor la única- que se ha autorizado en la ciudad histórica.

De lo que fue una vieja morada quedarán si acaso las sombras familiares de dos almendros que crecen frondosos en el traspatio -al lado de una moderna piscina- junto con tres palmeras, una hilera de cayenas y un mango pasmado. Pero los almendros y el traspatio sólo se notan si uno se sube al último piso del hotel de al lado, y desde esa altura fisgonea. Y fisgonea también las baldosas de arcilla; las ventanas y puertas de celosía que permanecen cerradas y protegidas por vidrios que se suponen corredizos; los otros patios con grama, palmeras y malangas trepadoras, y las terrazas con macetas de uvas de playa y trinitarias que miran a un mar que se parece al de La Guaira.

Desde la calle lo único que se aprecia es un muro alto, largo y liso pintado de terracota. Un muro imponente y uniforme apenas alterado en su recorrido por el garaje, la puerta principal, tres minúsculas ventanas permanentemente ciegas y una puerta igual de minúscula, que está al doblar, frente a la parte más baja de la muralla.

De la residencia no se escapa el menor ruido, y fuera de las plantas y los pájaros que medran las plantas, el único ser vivo es el celador. Siempre el mismo y siempre distinto en guardia de 24 horas. Un celador sordo y mudo que suda dentro del uniforme -pantalón oscuro, camisa manga larga, corbata y cachucha negra- y se esconde detrás de unos lentes de plástico y a veces -sólo a veces- un bigote ralo. Un celador que no sabe ni le interesa por qué esa casa en nada se parece a las de al lado.

Salí de Cartagena de Indias sin conocer qué fue de lo que antes había en el 38-205 de la Calle del Curato. Si había algo y estaba en ruinas o si acaso nunca hubo nada. No pude averiguar por qué la edificación tiene una arquitectura contemporánea. No obtuve esas respuestas. La única certeza que me traje es que la casa de García Márquez, desde lejos y desde afuera, es una casa llena de luz. Una casa fácil y amplia como él la habría querido para Fermina Daza. l

 
volver a eluniversal.com | ir arriba
 
Contáctenos | Tarifario | Publicidad en línea | Política de privacidad
Términos Legales | Condiciones de uso