Cuidado
CON EL
ESTRÉS
prolongado
Las preocupaciones
y tensiones cotidianas pueden mermar la tranquilidad y la salud
de una persona
si ésta no aprende a mantenerlas a raya.
Pensar constantemente que, en cualquier
momento, "una
calamidad va a ocurrir"
, no es normal y
es una de las manifestaciones
del Trastorno de
ansiedad generalizada.
Conozca cómo detectarlo
Por Betzy Barragán
Foto: www.latinstock.com.ve/Corbis/Rick Gómez
Se podría decir, sin temor a generar mayor controversia, que la palabra
más recurrente en el vocabulario de la mayoría de los venezolanos es estrés.
El agitado ritmo de vida, la inseguridad, las tensiones políticas, los altibajos económicos, los problemas con la pareja —entre una larga lista de motivos—,
son suficiente justificación para que, en algunos momentos, los individuos se
sientan angustiados. Sin embargo, hay quienes no salen nunca de este estado
y están todo el tiempo en alerta y con el pensamiento concentrado en "las cosas malas de la vida". Esta condición tiene un nombre: Trastorno de ansiedad generalizada (TAG) y, a diferencia de otros como el estrés post traumático,
el pánico, la agorafobia o el trastorno obsesivo compulsivo, tiene como
característica principal que la causa no es un motivo en particular, como el temor
a subirse en un ascensor, sino que se teme a todo al mismo tiempo. La persona
que sufre este trastorno tiene mucha facilidad para preocuparse por demasiadas cosas a la vez y gran dificultad para controlarlas. Pareciera que les costara adaptarse a las situaciones cotidianas de la propia existencia, a los cambios
y a las amenazas del entorno que, claro está, a veces resultan abrumadoras,
pero no deben ser motivo suficiente para perder la cordura.
Si se tiene la sospecha de estar padeciendo esta enfermedad, conviene responder esta pequeña encuesta:
•¿Vivo constantemente preocupado, ya sean por motivos grandes o pequeños?
•¿Me da dolor de cabeza sin razón aparente?
•¿Siento malestares estomacales seguidamente?
•¿Estoy siempre tenso y me cuesta relajarme?
•¿Me cuesta mantener mi mente concentrada en un solo asunto a la vez?
•¿Me pongo de mal humor con facilidad?
•¿Me cuesta dormirme o mantenerme dormido?
•¿Transpiro mucho y/o siento sofocos?
•¿Tengo la sensación de nudo en la garganta?
•¿Tengo náuseas o vomito cuando estoy preocupado?
Los especialistas señalan que para poder diagnosticar esta patología, la persona tiene que presentar tres o más de los síntomas antes señalados (también enunciados en la infografía), durante seis meses seguidos; lo cual genera una situación que suele afectar, además, las actividades habituales en el trabajo y la casa, y las relaciones interpersonales. Según los especialistas, son las mujeres las que tienen mayor probabilidad de sufrir el TAG; probablemente, una de las razones sea la cantidad de responsabilidades que llevan sobre sus hombros. Si bien lo niños pueden ser víctimas de esta patología, lo más común es que se presente a partir de los veinte años de edad, momento en que muchas personas empiezan a "enseriarse" o a ver la vida desde una perspectiva más reflexiva.
Cuestión de intensidad
Algunos psicólogos advierten que ciertos pacientes optan por sumergirse en un estado de preocupación intensiva, actitud que, aparentemente, hace que se acelere el funcionamiento del hemisferio izquierdo del cerebro (lado que soporta el pensamiento lógico y racional) y, a su vez, baje, en cierta medida, la acción del hemisferio derecho, encargado de la generación de imágenes y que tiene más poder para causar alteraciones emocionales. Es como si preocupándose en exceso, de alguna manera, la persona evitara imaginar las consecuencias de los temores básicos que le vienen a la mente como si se tratara de una película. Pero, esta "solución" —el estar en constante tensión y nerviosismo— tiene un punto importante en contra: todos los síntomas físicos antes descritos.
El tratamiento
Lo primero que debe hacer alguien que sospeche que está padeciendo esta patología es acudir a un especialista, porque es muy probable que inicialmente requiera la ayuda de medicamentos para bajar dicha ansiedad. Entre los fármacos más utilizados se encuentran las benzodiacepinas, las azapironas, los antidepresivos tricíclicos y los ISRS (inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina). Igualmente, el médico deberá realizar un examen general para descartar otro tipo de enfermedades como, por ejemplo, el hipertiroidismo, pues el funcionamiento acelerado de la glándula tiroides también ocasiona episodios con alteraciones de este tipo.
Los fármacos deberán acompañarse con terapias psicológicas cuya intención primordial será enseñar a la persona cómo controlar sus preocupaciones. La guía terapéutica ayudará a distinguir lo que es "posible" y lo que es "probable" en una determinada situación. Por ejemplo, muchos individuos salen a la calle todos los días, pero muy pocos son atropellados, y mucho menos en la puerta de su casa. Imágenes como ésta constantemente atraviesan la mente de los que sufren el TAG, por eso, tienen que aprender a determinar que todo en la vida es posible, pero no todo es probable. Asimismo, la asesoría psicológica fomentará la incorporación de técnicas para solucionar problemas cotidianos, identificar y neutralizar actividades contraproducentes o conductas patológicas, así como de diversas prácticas de relajación. Todo lo cual, al cabo de un tiempo, permitirá prescindir de los fármacos en su totalidad.

Visualizar infografía ampliada
bbarragan@eluniversal.com
Los serenos
sobreviven más |

Una investigación dirigida por Charles M. Blatt, director
de investigación en la Lown Cardiovascular Research
Foundation de Boston y profesor de la Universidad
de Harvard en Estados Unidos, determinó que sufrir
de episodios de ansiedad durante un tiempo prolongado,
incrementa las probabilidades de padecer un ataque
al corazón en pacientes que ya presentan patologías
coronarias. En el estudio se hizo seguimiento
a un grupo de 156 pacientes con aterosclerosis
durante más de tres años. Periódicamente midieron
los niveles de estrés. Mientras se hacía el estudio
murieron 19 pacientes, y 44 sufrieron un ataque
al corazón del que posteriormente se recuperaron.
Se descubrió que quienes presentaban mayores
niveles de ansiedad tenían un riesgo más alto,
y en el caso contrario se encontraban los pacientes
más serenos. El peor pronóstico lo tenían aquellos
cuya ansiedad había ido incrementándose con el tiempo.
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