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GATO ENCERRADO EN EL ARMARIO

Un misterioso asesinato finalmente fue resuelto por detectives cazafantasmas

El viejo Phil Peters se había retirado después de trabajar 40 años en la compañía ferroviaria Rio Grande Western Railroad. A él y a su esposa, Helen, les encantaba estar en su casa de dos pisos en la calle West Mongrieff, en Denver. Helen horneaba pasteles de manzana. A Phil le gustaba sacar su guitarra los días de verano y tocar para los niños del vecindario.

La vida transcurría plácidamente hasta que, un día de agosto de 1941, Helen, quien tenía 70 y tantos años, se rompió la cadera. Estuvo en el hospital durante varios meses. Phil, modelo de buen esposo, la visitaba a diario. Cada día, al anochecer, después de salir del hospital y asearse en casa, cenaba en la casa de al lado, con su vecina Jennie Ross.
Un día, cuando Phil se demoraba en llegar para la cena, Jennie se inquietó un poco. Después de todo, había muchos motivos por los cuales quizás se había retrasado. Finalmente, lo vio entrar en su casa. Jennie estaba segura de que Phil tardaría apenas unos minutos para venir a la casa de ella. Pasó una media hora y aún no había ninguna señal de él. A las 6:30 pm, la vecina no pudo soportarlo más. Fue hasta la otra casa y tocó el timbre. No hubo respuesta.

Jennie estaba fuera de sí. Ella y otro vecino abrieron una ventana y se introdujeron en la casa. Llamaron a Phil en voz alta mientras lo buscaban. Lo encontraron en el piso del dormitorio con la cabeza rota.

En minutos, el hogar de los Peters fue invadido por un fotógrafo, un médico y numerosos detectives. Un examen detallado de la casa reveló que Phil había luchado con un agresor en la cocina. Uno de sus zapatos se encontró en el piso de la misma, a un lado de un gran charco de sangre.

Los muebles de la sala estaban volteados. Se halló más sangre en las paredes. Dos de los bastones de Phil estaban en el suelo. Aparentemente, la lucha había comenzado en la cocina y había continuado por toda la casa y por las escaleras hasta el dormitorio en que murió Phil. El otro zapato se encontró al lado del cadáver. El doctor estimó que el pobre hombre había sido golpeado más de 25 veces en la cabeza, muy probablemente con sus propios bastones. Pero nadie entendía lo sucedido: el anciano caballero no tenía enemigos en este mundo y nada había sido sustraído de la casa o de sus bolsillos. Tampoco se había visto a ningún desconocido merodeando por el lugar.

El misterio no hacía más que aumentar. Jennie y el otro vecino afirmaron que habían forzado una ventana del porche para entrar a la casa. La policía examinó todas las demás puertas y ventanas. Todas estaban cerradas desde adentro. ¿Cómo pudo salir el asesino?

Transcurrió un mes. Se comenzó a decir que la casa, en otro tiempo un hogar pacífico, estaba embrujada. La gente aseguraba que las luces se encendían y se apagaban. La silueta de una mano fue vista a través de las persianas. La policía vigilaba la residencia. Noche tras noche, se estacionaban en la calle, desde donde tenían una clara visión de la casa. Nada ocurrió.

Tiempo después, la señora Peters fue dada de alta del hospital, en compañía de una enfermera. Helen Peters era bastante sorda. No había escuchado nada sobre el fantasma que, según los rumores, vivía en su casa. Pero la historia era diferente con la enfermera. Renunció después de unos pocos días; dijo que oía ruidos extraños durante la noche. La siguieron otras enfermeras. Todas huían por el mismo motivo. Una de ellas, Hattie Johnson, aseguró haber visto a un hombre semejante a un esqueleto que estaba en la parte de arriba de las escaleras. Renunció ese mismo día.

Dado que ninguna enfermera se quedaba en la casa y los repartidores preferían no hacer entregas en la residencia de los Peters, Helen se mudó con su hijo. Pasaron los meses. La policía de Denver no estaba más cerca de capturar al homicida que el día del asesinato. Continuaron los rumores de que la casa estaba embrujada. Finalmente, dos detectives fueron comisionados para pasar varias noches en la casa.

Roy Bloxom y William Jackson, quienes pensaban que ya habían visto y escuchado todo durante sus años en el cuerpo de policía, recibieron la extraña tarea de hacer de niñeras de un fantasma. Los detectives pasaron la noche sentados en la cocina de los Peters. Bromearon sobre su ridícula tarea hasta bastante después de la medianoche. Alrededor de las dos de la madrugada se sentían soñolientos, pero entonces se sobresaltaron al escuchar extraños ruidos que venían del piso de arriba. Ambos detectives sacaron sus armas de reglamento y, con ayuda de dos linternas, subieron las escaleras corriendo. Los dos hombres escucharon pisadas delante de ellos y una puerta que se cerraba. Estaban suficientemente cerca como para saber que la puerta conducía a un pequeño armario. Abrieron la puerta y vieron una huesuda pierna desaparecer por una pequeña abertura en el techo.

Bloxom saltó y logró aferrar la pierna. Con todas sus fuerzas sujetó la pierna e hizo bajar al hombre más delgado que jamás hubiera visto. La figura sucia y demacrada medía más de 1,80 metros de estatura y pesaba menos de 45 kilos. No era de extrañar que nadie hubiera investigado el diminuto hoyo en el techo del armario. Parecía imposible que un ser humano pasara por una abertura tan reducida.

Un examen del área arriba del techo dejó al descubierto un espacio entre el cielo raso y el techo de un metro en el punto más alto. El área medía 1,2 metros cuadrados. ¿Era posible que un ser humano hubiera vivido en semejante hoyo durante meses? Las linternas iluminaron el confinado espacio. Estaba lleno de ropa y potes vacíos.
El esquelético hombre de cabello gris murmuraba incoherencias y sentía terror de sus captores. Protegía sus ojos de la luz de las linternas. Los detectives debieron pasar varias horas alimentando al hombre con sándwiches y café antes de que estuviera suficientemente lúcido como para que pudiera decir alguna frase con sentido. Su nombre era Theodore E. Coneys. En 1910 estaba en el mundo de la publicidad en Denver. Le fue mal en el negocio y fue a trabajar a una compañía metalúrgica. Conoció a Phil Peters en un club de música llamado Denver Guitar and Mandolin Club. Los dos hombres se volvieron grandes amigos.

Cuando Coneys perdió su empleo en 1917, se marchó de Denver y se convirtió en un trabajador itinerante. Estuvo alejado de Denver durante 24 años hasta que regresó a la ciudad, en su acostumbrado estado de hambre, suciedad y sin un centavo. Recordó a los Peters y decidió pedirle prestado a su viejo amigo Phil. Así fue como Coneys llegó a la residencia de los Peters. Una vez allí, tocó el timbre, pero nadie respondió. Intentó abrir la puerta y vio que no habían pasado el seguro. Por estar medio muerto de hambre, corrió directo al refrigerador. Tener toda una casa a su disposición era lo mejor que le había pasado en más de dos décadas. Se le ocurrió la brillante idea de esconderse en el ático. Mientras buscaba una puerta que diera al ático encontró la pequeña abertura en el armario y descubrió que podía acomodarse en el área debajo del techo. Halló periódicos viejos y trapos, con los que hizo una especie de cama, y sólo salía para comer cuando los Peters habían salido o dormían. En poco tiempo se dio cuenta de que los dos eran un poco sordos y no lo escuchaban. Aquello prácticamente se convirtió en un paraíso cuando Helen se fracturó la cadera. Coneys tenía la casa para él solo. Podía estirarse, acostarse extendiéndose totalmente y comer justo lo suficiente como para que no echaran de menos la comida. Por supuesto, al anochecer se metía en su escondite.

Coneys explicó; "Yo estaba bien, salvo algunas noches en las que casi me congelaba. Tenía que bajar para calentarme". El día del asesinato, Coneys no había escuchado a Phil regresar del hospital. Éste entró y lo vio en la cocina. Presa del pánico, saltó sobre el anciano. Forcejearon un esqueleto de 45 kilos contra un hombre de casi 80 años. Logró agarrar uno de los bastones de Phil y lo golpeó en la cabeza. Pelearon mientras subían las escaleras y entraban en el cuarto de Phil, donde la edad finalmente pasó factura y el viejo murió.

En poco tiempo, la casa estaba llena de detectives y oficiales. Mientras tanto, Coneys permanecía oculto en su cubículo. La policía abrió el armario en muchas oportunidades. Algunos agentes, incluso, advirtieron el pequeño hoyo en el cielo raso. Nadie lo investigó. La abertura sencillamente era demasiado pequeña para que un ser humano pasara por ella.

Cuando la investigación del asesinato fue abandonada, Coneys comenzó a salir de su santuario con mayor frecuencia. Fue en estas incursiones nocturnas que algunos vecinos y transeúntes creyeron verlo. La pregunta obvia para Coneys era ésta: ¿Por qué, durante todas las semanas que vivió en su cubículo, simplemente no se marchó de la casa? El demacrado hombre bajó la cabeza y no respondió. No había motivo para ello. Coneys había encontrado un refugio del mundo.

Coneys se declaró culpable de asesinato y fue sentenciado a cadena perpetua.

Traducción: José Peralta
Ilustraciones: David Márquez
davidmarquez@cantv.net

 
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