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Los modelos de la época
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He aquí las imágenes publicitarias
de los carros del momento, corren los años cincuenta
y los piques de autos hacían furor, que lo dijera James
Dean...

Para los amantes de la velocidad estaba el Hudson 1954.
20.670 bolívares costaba tener potencia, lujo y confort
en las cuatro ruedas.

Seguramente el galán propietario de este Mercedes-Benz
podía conquistar a las chicas más exigentes
de la ciudad.

El Citroën era el familiar de la época, su capacidad
de hasta nueve pasajeros permitía pasear con toda la
"familia Telerín".
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Somos como borregos
Rosa Montero
La angustia es contagiosa. La felicidad
también. Y la creatividad, y el miedo, y la locura. Los humanos,
en fin, somos "contagiosos" de por sí: es decir,
somos repetitivos, aborregados, clónicos. Allí
donde va uno, vamos todos detrás. Es algo que se puede comprobar
muy fácilmente: basta con pararse en la esquina de una calle
y ponerse a contemplar el cielo atentamente para que los demás
peatones hagan lo mismo; y si, en una tienda de ropa, te detienes
a contemplar un traje colgado entre otros doscientos, lo más
probable es que el siguiente comprador se interese también
por la misma prenda. No hay que desesperarse demasiado por esta
falta de iniciativa individual: en realidad, está escrita
en nuestros genes. Forma parte de nuestra naturaleza de animales
sociales.
El filólogo judío alemán Víctor Klemperer
(1881-1960), autor de un libro espléndido titulado LTI,
La lengua del Tercer Reich, en el que narra sus tremendas experiencias
bajo el nazismo, cuenta una anécdota deliciosa procedente
de un tiempo anterior a Hitler. Klemperer y su mujer viajaban en
un barco por el norte de Europa, de Bornholm a Copenhague. Por la
noche hubo tormenta y se marearon todos; pero a la mañana
siguiente amaneció un bello día con el mar en calma,
y los pasajeros, escribe Klemperer, "disfrutábamos del
sol en cubierta y esperábamos el desayuno con ilusión.
En eso, una niña que estaba sentada en un extremo del largo
banco se levantó, corrió hasta la barandilla y vomitó.
Un segundo más tarde, su madre, sentada a su lado, se levantó
e hizo otro tanto. Acto seguido se levantó un hombre que
se sentaba al lado de la madre (...) El movimiento avanzaba con
regularidad y rapidez, siguiendo la línea del banco. Nadie
quedó excluido. Faltaba mucho para llegar a nuestro extremo;
allí, la gente observaba con interés, reía,
ponía cara de burla. Los vómitos se fueron acercando,
las risas remitieron y la gente empezó a correr hasta la
barandilla también en nuestro extremo. Yo observaba con atención
y me observaba a mí mismo con igual atención (....)
En eso, me tocó el turno y me vi obligado a acercarme a la
barandilla, como todo el mundo".
También el escritor austríaco Stefan Zweig, otro judío
maravilloso (qué impresionantes intelectuales hebreos ha
habido en el siglo XX), cuenta en su conmovedora autobiografía
El mundo de ayer cómo sus compañeros adolescentes
del colegio se influían los unos a los otros en sus aficiones:
"El entusiasmo entre los jóvenes es un fenómeno
contagioso. Dentro de un aula se transmite como el sarampión
o la escarlatina (...) Si en una clase hay un coleccionista de sellos,
pronto saldrá una docena de locos semejantes; si hay tres
que se entusiasman con las bailarinas, los demás también
acabarán apostados cada día en la salida de artistas
de la ópera. Tres cursos después del nuestro hubo
una clase que vivía obsesionada por el fútbol, y la
inmediatamente anterior estaba poseída por el socialismo
y por Tolstoi".
Ya digo que este instinto de imitación forma parte sustancial
de lo que somos y, en ocasiones, conduce a comportamientos espeluznantes,
como las violaciones en masa o los linchamientos. O como las muertes
provocadas por una avalancha de gente aterrorizada. Pero el caso
es que también lo bueno se contagia; también copiamos
los modelos de civilidad, la resistencia estoica, la alegría,
la generosidad, el heroísmo. Además, aunque somos
animales de rebaño, también poseemos una vocación
individualista. En los momentos de embriaguez colectiva, cuando
nuestro entorno se encienda con una emoción superlativa,
o cuando se entregue a una idea de manera demasiado unánime
(desconfío de aquellos argumentos en los que absolutamente
todo el mundo está de acuerdo), conviene hacer el esfuerzo
de dar un paso atrás e intentar pensarse la vida de otro
modo. Salirse del rebaño y reinventar el mundo. l
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