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Sí, Love Dolls. Así se llaman
ellas. Son hermosas. Son tan hermosas como las mujeres con las que
has soñado en tus más elevadas fantasías románticas,
son chicas de piel muy blanca, perfecta definición anatómica
y mirada lánguida, lejana, ausente. Son palpables emulaciones
de ninfas ensoñadoras y enigmáticas, como las que
han enternecido la eyaculación que en tantas ocasiones ha
tenido lugar en tu mente, de a ratos etérea e idealista.
Ellas, las Love Dolls, son humanoides de apariencia juvenil y aliento
eterno, de infinita bondad y perfección inmaterial. Son réplicas
de la añoranza amorosa más perversa y compleja a la
que hayas sucumbido jamás, son modelos de una suerte de feminidad
imposible de reproducir por la raza humana.
Creadas en Japón, las Love Dolls no
son simples fetiches eróticos para hombres de escasa sensibilidad
estética y estereotipada imaginería erótica.
No son consoladores sexuales de ética pornográfica
y target sadomasoquista, tampoco son muñecas inflables creadas
para satisfacer visiones de lascivia white trash, no, las Love Dolls
son la encarnación perfecta de la geisha que en el fondo
del corazón siempre haz deseado admirar y sentir entre tus
manos. Son muñecas fabricadas enteramente en silicona con
apariencia hiperrealista, cuyos rostros no podrías imaginar
ni en tus más delicadas ensoñaciones. Si alguna vez
te enganchaste con Rachel, la androide que Harrison Ford amó
en la película Blade Runner, la sola imagen de una de estas
muñecas de labios rosa y mirada compasiva te va a resultar
un delirio incómodamente seductor. Aparentemente, mientras
las mujeres japonesas han evolucionado vertiginosamente hacia un
esquema de conducta cada vez más emancipado del ideal conservador
que atribuye a las féminas roles de sumisión en el
esquema de pareja y de abstención en términos de inserción
social, una gran cantidad de hombres permanecen anclados al tímido
modelo que los hace dependientes de mujeres dependientes. Tal como
ocurre en otras latitudes, la mujer de hoy en Japón pide
a gritos un modelo masculino más liberal y aguerrido. Sin
embargo, los hombres heterosexuales -intimidados quizás por
tanta determinación e independencia femenina- solicitan a
gritos la compañía de chicas imaginarias pero reales
(digamos palpables), que sin discutir, ni participar, estén
presentes y sean capaces de dar y recibir amor de un modo absolutamente
sui géneris.
En Tokio existen, desde 1999, una decena de
compañías que fabrican mujeres-muñecas que
viven con hombres que no sólo las tienen de adorno sentadas
en el sofá de la casa, sino que las visten, las bañan,
las llevan de paseo y hacen el amor con ellas. De hecho, el país
genera 10.000 nuevos consumidores cada año y las más
sofisticadas y costosas -el precio de cada una ronda los 4.000 dólares,
y las hay hasta de 6.000- tienen huesos articulados, coxis, columna
vertebral, una piel increíblemente suave y cuando las tomas
de las manos y las miras a los ojos dilatan ligeramente las pupilas
de sus ojos.
Morenas, rubias, castañas o pelirrojas,
todas tienen la apariencia angelical de las heroínas de los
mangas. Sus rostros siempre son candorosos y pensativos y nunca
sonríen para no incomodar a los consumidores nipones que
necesitan sentir que el aire inocente de estas hermosas criaturas
plásticas no desafía sus complejos de inferioridad.
Los amantes de estas Love Dolls son japoneses de posición
acomodada y carreras profesionales exitosas, que prefieren la ausente
presencia de sus compañeras de silicona a la fogosa crueldad
de las féminas verdaderas. Por ahora, los fabricantes de
estas muñecas creadas para ser amadas sin sentir amor, sólo
tienen sus páginas web en japonés. Los hombres del
resto del mundo aparentemente todavía prefieren el intercambio
amoroso con mujeres imperfectas, exigentes y adorablemente fastidiosas.
¡Qué suerte! l
tofano@hotmail.com
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