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  Love Dolls
Carla Tofano

 

Sí, Love Dolls. Así se llaman ellas. Son hermosas. Son tan hermosas como las mujeres con las que has soñado en tus más elevadas fantasías románticas, son chicas de piel muy blanca, perfecta definición anatómica y mirada lánguida, lejana, ausente. Son palpables emulaciones de ninfas ensoñadoras y enigmáticas, como las que han enternecido la eyaculación que en tantas ocasiones ha tenido lugar en tu mente, de a ratos etérea e idealista. Ellas, las Love Dolls, son humanoides de apariencia juvenil y aliento eterno, de infinita bondad y perfección inmaterial. Son réplicas de la añoranza amorosa más perversa y compleja a la que hayas sucumbido jamás, son modelos de una suerte de feminidad imposible de reproducir por la raza humana.

Creadas en Japón, las Love Dolls no son simples fetiches eróticos para hombres de escasa sensibilidad estética y estereotipada imaginería erótica. No son consoladores sexuales de ética pornográfica y target sadomasoquista, tampoco son muñecas inflables creadas para satisfacer visiones de lascivia white trash, no, las Love Dolls son la encarnación perfecta de la geisha que en el fondo del corazón siempre haz deseado admirar y sentir entre tus manos. Son muñecas fabricadas enteramente en silicona con apariencia hiperrealista, cuyos rostros no podrías imaginar ni en tus más delicadas ensoñaciones. Si alguna vez te enganchaste con Rachel, la androide que Harrison Ford amó en la película Blade Runner, la sola imagen de una de estas muñecas de labios rosa y mirada compasiva te va a resultar un delirio incómodamente seductor. Aparentemente, mientras las mujeres japonesas han evolucionado vertiginosamente hacia un esquema de conducta cada vez más emancipado del ideal conservador que atribuye a las féminas roles de sumisión en el esquema de pareja y de abstención en términos de inserción social, una gran cantidad de hombres permanecen anclados al tímido modelo que los hace dependientes de mujeres dependientes. Tal como ocurre en otras latitudes, la mujer de hoy en Japón pide a gritos un modelo masculino más liberal y aguerrido. Sin embargo, los hombres heterosexuales -intimidados quizás por tanta determinación e independencia femenina- solicitan a gritos la compañía de chicas imaginarias pero reales (digamos palpables), que sin discutir, ni participar, estén presentes y sean capaces de dar y recibir amor de un modo absolutamente sui géneris.

En Tokio existen, desde 1999, una decena de compañías que fabrican mujeres-muñecas que viven con hombres que no sólo las tienen de adorno sentadas en el sofá de la casa, sino que las visten, las bañan, las llevan de paseo y hacen el amor con ellas. De hecho, el país genera 10.000 nuevos consumidores cada año y las más sofisticadas y costosas -el precio de cada una ronda los 4.000 dólares, y las hay hasta de 6.000- tienen huesos articulados, coxis, columna vertebral, una piel increíblemente suave y cuando las tomas de las manos y las miras a los ojos dilatan ligeramente las pupilas de sus ojos.

Morenas, rubias, castañas o pelirrojas, todas tienen la apariencia angelical de las heroínas de los mangas. Sus rostros siempre son candorosos y pensativos y nunca sonríen para no incomodar a los consumidores nipones que necesitan sentir que el aire inocente de estas hermosas criaturas plásticas no desafía sus complejos de inferioridad. Los amantes de estas Love Dolls son japoneses de posición acomodada y carreras profesionales exitosas, que prefieren la ausente presencia de sus compañeras de silicona a la fogosa crueldad de las féminas verdaderas. Por ahora, los fabricantes de estas muñecas creadas para ser amadas sin sentir amor, sólo tienen sus páginas web en japonés. Los hombres del resto del mundo aparentemente todavía prefieren el intercambio amoroso con mujeres imperfectas, exigentes y adorablemente fastidiosas. ¡Qué suerte! l

tofano@hotmail.com

 
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