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revista Estampas
 

Carmelo
De los salones
a la Sabana

Conoció el sitio durante unas vacaciones familiares.
Un año más tarde, el peluquero
de las mil vallas decidió echar raíces en Santa Elena de Uairén, el último pueblo venezolano en la frontera con Brasil. “La Gran Sabana es algo que se sale de contexto. A mí me gusta mucho el centro, pero tú sabes, la gente me ve, me saluda, y pueden pensar: este hombre tiene real”
Morelia Morillo Ramos

De entrada, la presencia de Carmelo, imagen y artífice de la creciente marca de peluquerías homónima, en Santa Elena de Uairén, la remota capital del Municipio Gran Sabana del Estado Bolívar, se me hace noticiosa.

Y aún más cuando descubro que Carmelo Rodríguez, mucho más moreno que en los carteles —“cosas de los publicistas”, admitiría más tarde—, de lentes correctivos y cabellos grises, no está de paso sino que es uno más de los miles de citadinos atrapados en la Gran Sabana, bajo el amparo, los encantos y los rigores del milenario Escudo Guayanés.

Sí. Se trata de Carmelo, el peluquero, el fundador de la franquicia de embellecimiento que invade el país con la filosofía de “menos es más”; es decir, con la tentadora promesa de belleza a bajo costo. El hombre cuyo rostro se ha convertido en el sello que igualmente respalda la apertura de un establecimiento en Petare como en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB).

El hallazgo, sin embargo, no se produjo en uno de sus salones, impregnados de vapores cosméticos y de las bocanadas calientes y ruidosas de los secadores, sino en un negocio lleno de poderosos PCs: Carmelo.Net, un centro de conexión a Internet líder. “Le monté este negocito a ellos”, explica refiriéndose al espacio en el que días después nos encontraríamos para la entrevista y a su media docena de hijos, varios de los cuales cursan estudios en las universidades que hacen vida en el Municipio. Llegó a este lugar como la mayoría, de vacaciones, con toda la familia. Corría el 2000 y un año más tarde volvió para alquilar una casa y probar suerte en un sitio fundamentalmente tranquilo. “La Gran Sabana es algo que se sale de contexto”, analiza en torno a una decisión en la que se funden la nostalgia por lo rural y el dejar atrás la angustia con la que se vive en las muy inseguras ciudades del país. “A mí me gusta mucho el centro, pero tú sabes, la gente me ve, me saluda, y pueden pensar: este hombre tiene real”.

La quietud se le hizo ineludible hace tres años, el día en que a duras penas despertó de la siesta, tras un formidable almuerzo. ¿Un ACV? “No sé”,  esquiva la abreviatura de un accidente cerebro vascular, optando por una expresión más musical, menos intimidante: “Yo digo que me dio una pachanga”.

Aunque viaja a menudo, siempre en compañía de su hijo Cruz, en Santa Elena recorre las calles a pie y sin apuros. A diario se somete a la terapia del “chino Lu”, acupuntor con años y renombre en la frontera con Brasil. “Ese es el que me ha parado”, asevera. Va al odontólogo, si es necesario, y, claro está, les echa un ojo a los muchachos, bien en el cyber o en la peluquería propiedad de uno de ellos
y de su esposa.

Aprovechando su relación con los fabricantes de los anuncios publicitarios, que invaden estratégicamente el país, y las carencias propias de esta localidad, ubicada a ocho horas de la ciudad, ofrece además el servicio de impresión en lonas, vinilos y clears. “Mientras más sabes, más se te demanda”.

El rostro de los avisos

No podía ser de otra forma. El encuentro con Carmelo es la oportunidad para descubrir quién ese señor cuyo rostro ilustra —como garantía de confianza— los anuncios desperdigados por calles, avenidas, autopistas, plazas y estaciones del Metro. El instante es más que propicio para satisfacer una curiosidad que con toda seguridad es colectiva, compartida por un alto número de peatones, conductores, pasajeros.

Carmelo Rodríguez nació en la apureña San Juan de Payara. En Maracay —“la piedra de amolar al veguero”— vivió tres años, pasó por la Marina y esa pasantía le sirvió para aplicarse con las hojillas y las tijeras, un oficio familiar que desde siempre le llamó la atención. Ya de baja se quedó en Caracas y se pulió con las técnicas de un peinador italiano. Durante los recargados años ochenta, sus destrezas lo llevaron al equipo del hombre del divertimento mediático de la época, Guillermo “Fantástico” González.

Ya para 1993, mucho antes de la fiebre de las franquicias, fundó Le Coiffure, especie de ensayo de lo que en adelante —a finales de esa década— pasaría a ser Carmelo Style, un concepto que en seis años se ha apoderado de al menos 80 establecimientos.

Su fórmula, explica, no es más que la puesta en práctica de la doctrina cristiana. “Me di cuenta de que la peluquería es inaccesible para la mayoría de las familias”.  Sus productos son salones de belleza de 80 metros en promedio, con 15 a 20 peluqueros. La oferta incluye lavado, corte, secado, manicura y pedicura por no más de 20 mil bolívares, si bien admite que muchos franquiciados han dejado a un lado los precios solidarios. “A mucha gente se le ha ido el negocio de las manos”.

Aparte, Carmelo ha extendido su ofrecimiento a públicos más exigentes y, especialmente, con mayores posibilidades de pago. Para ellos está la versión VIP; entre estos locales está el abierto para domar, entre una y otra clase, las cabelleras de la comunidad ucabista.

Entre sus metas, para el año en curso, destaca la puesta en funcionamiento de las escuelas de capacitación en ciudades como Caracas, Barcelona, Puerto Ordaz, y Ciudad  Bolívar. No descarta la consolidación de una alianza con un grupo económico, a cambio de fortalezas gerenciales. La internacionalización, pareciera, es cuestión de tiempo.  

Adinerado o no, Carmelo es de trato y sonrisa fácil, dicharachero, conversador, pero ante todo su cabeza (de melena canosa) es una máquina generadora de ideas productivas e innovadoras, una capacidad afortunadamente respaldada por la determinación para transformar sus pensamientos en realidades.

“El nombre da para todo, la gente compra por marca hoy en día”. El franquiciador está seguro de contar con un par de ases bajo la manga. Ambos, novedosísimos cosméticos. “Pero eso no lo escriba, por favor, no vaya a ser que alguien me robe la idea”.

 

Ver también en Encuentros:
- Spiderman 3 Desde su lado más oscuro
- Carmelo. De los salones a la Sabana

- Valencia cenital
- Postúlela usted mismo. Mujer Estampas 2007



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