Desde hace dos años y muchos días, transito cada tarde un trozo de la ciudad que me permite volver a casa o continuar hacia cualquier destino que espere por mí para cumplir con los compromisos
de mi agenda. Cada tarde, de lunes a viernes, despido la emisión en vivo de mi programa de radio Ciudad Glam, y me reencuentro con la vía que habitualmente me lleva a destino, justo cuando la rutina me toma con el ánimo de retorno. La vía que transito me resulta tan familiar, y yo soy tan imprudente y optimista por lo general, que mientras el tráfico avanza aletargado, me sumerjo a la brevedad en mi burbuja de referencias y referentes íntimos. Atiendo los asuntos que por voluntad propia he decidido me interesan y me conciernen. Chequeo los mensajes de mi teléfono móvil, ojeo rauda algún artículo de alguna revista, sintonizo espasmódicamente las múltiples opciones que la radio ofrece para entretenerme, me retoco el maquillaje, concreto alguna cita médica pendiente, le escribo a mis amigas mensajes de traviesa complicidad, y de vez en cuando, me asomo al mundo exterior para chequear como van las cosas en las inmediaciones de mi impermeable firmamento personal.
Los vehículos que cercan la libertad del mío parecen multiplicarse como espejismos de una dimensión superpoblada. El ruido infinito y vacío de la calle se reitera tenaz e impertinente, el mural que me saluda desde el camino repite una y otra vez su habitual efecto cinético, y entre bocanada y bocanada de irresistible aire tóxico, logro divisar los rostros de unos cuantos personajes que suelen estar allí, presentes en el paisaje, que por comodidad contemplo como parte del escenario de un video juego de última generación. Nunca le compro nada a ese señor —“qué horror”— pienso, y mientras tanto hecho un vistazo a las papitas y los tostones que el hombre ofrece en bolsitas transparentes. Varios hombres y una mujer acechan desde los lados del camino. Justo debajo del puente, justo donde el aire parece más espeso, justo donde el embotellamiento se hace rutina y vida todos los días.
Lo curioso es que los varios hombres que habitan la citada avenida se confunden en mi recuerdo. Sin embargo, quisquillosa y selectiva, mi memoria divisa con claridad y detalle a la mujer que con timidez ocupa junto a su hija, la acera izquierda del camino que cada tarde me guía cuando el regreso marca la meta. Lejana, joven y delgada, esta mujer reúne dinero en un recipiente de plástico blancuzco, no se inquieta nunca y sólo se mueve lo necesario. Siempre lleva en brazos a una pequeña que ha crecido entre gestos indiferentes, ruidos de cornetas y personas al volante de una ciudad estresada por la dictadura del hacinamiento y la falta de tiempo. He visto crecer a esa pequeña que a veces tiene la mirada perdida en el infinito y otras veces sencillamente duerme en el regazo de su madre.
Esta mujer que me encuentro cada día en el camino nunca me ha dirigido la palabra, pero siempre que paso por la esquina en la que aguarda alguna compasiva contribución monetaria, noto su apacible —aunque nunca resignada— presencia. La diviso desde la transparencia del parabrisas de mi carro y ella me mira desde la monotonía de su intemperie. A veces pienso que debo parecerle una mujer afortunada, y sólo la idea me estremece el pecho y me ablanda la terquedad con la que vivo exiliada en mi autoproclamada y caprichosa felicidad. Ella es joven y discreta, y aunque no se ve exultante tampoco parece abatida por los vicios de la autocompasión. La niña que la acompaña casi siempre descansa en su regazo. “¡Qué suerte tiene!”, pienso cuando las veo a ambas tan apacibles. Mi pequeña hija siempre ha sido un volcán. Las veces que ha tenido que acompañarme a mi lugar de trabajo he terminado despeinada y exhausta.
Mi ruta y el destino de esta mujer se cruzan gracias a la generosidad del camino. Entre ambas existe, de hecho, una silente y misteriosa complicidad. Siempre nos vemos, a veces ni lo notamos y otras veces, con desconfianza y recelo incluso, nos reconocemos. Sin el menor deseo de juzgarla, me pregunto si ella también siente la fatiga que de a ratos logra nublarme la esperanza, me pregunto si se sentirá dichosa otras veces, y si como yo, tiene fe en la vida casi siempre. Reconozco que al verla me vence la ternura. Claro, mirar bonito desde la comodidad de un carro de segunda mano debe ser fácil, y debe ser natural mirar sin ver para quien pide dinero con su hija en brazos en medio de una transitada avenida repleta de historias que van y vienen. Quién sabe, quizás la burbuja que ella habita sea aún menos permeable que la mía.
Ambas somos víctimas de la contaminación ambiental, los falsos paradigmas, el desencanto y el desacato. Sin embargo, la otra tarde, mientras me sumía en las abstracciones dialécticas que suelen salvarme la vida, noté que aquella mujer aparentemente desamparada, había teñido su cabello de rojo cobrizo y llevaba las uñas de sus pies pintadas de azul celeste. Imaginarla reina de una realidad paralela me encanta. De hecho, sospechar que todas las mujeres tenemos derecho a un instante de ilusión y vanidad me reconcilia con una ingenua creencia: sin excepción, todas merecemos ser niñas para siempre.
No cabe duda: la mujer que a veces observo desde mi carro al pasar por la avenida que me lleva cada tarde de regreso a casa, es un hada en la ciudad. Y yo, la mujer que escoge salvarse de la indolencia y la tristeza entendiendo cada historia de una forma caprichosa, también soy una ninfa alada. l
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