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No lo deje para mañana

¿Usted es de los que revisa su correo electrónico 100 veces
al día para sólo responder dos mensajes? Comprender por
qué siempre estamos postergando nuestras obligaciones es la clave para desocupar nuestra “bandeja de entrada” y continuar más ligeros por la vida.
Maia Szalavitz

A los 37 años, Jared, un aspirante a profesor, ya debería estar ocupando un cargo en una universidad y, quizás, publicando su segundo o tercer libro. En cambio, aún está trabajando en una disertación sobre sociología que se había propuesto terminar hace diez años. No cumplió con ninguno de los dos plazos que se había fijado para culminarla, y teme que no pueda cumplir con un tercero. Su novia está perdiendo la paciencia. Nadie entiende por qué una persona a quien consideran brillante “no hace las cosas al momento y ya”. Si al caso vamos, ni el mismo Jared lo comprende. “Si pudiera cambiar las cosas, créanme que lo haría”, lo jura.

Jared es una de esas personas de cada cinco que tiene la mala costumbre de dejar todo para última hora, y ello ha puesto en peligro posibles empleos y afectado su paz interior. Entretanto, no deja de repetir un mantra: “Debería estar haciendo otra cosa en este momento”.

Estar aplazando nuestras obligaciones no es una cuestión de saber administrar el tiempo ni de flojera. Es como sentirse paralizado —y culpable— mientras cambiamos incesantemente de canal de televisión, sabiendo que deberíamos estar devorándonos un libro o replanteando nuestra estrategia de negocios. ¿Por qué existe entonces esta brecha entre el incentivo y la acción? En términos psicológicos, se trata de una combinación de ansiedad y falsas creencias en torno a la productividad.

Tim Pychyl, profesor adjunto de psicología en la Carleton University de Ottawa, Canadá, realizó un estudio con un grupo de alumnos que tenía este problema durante la última semana antes de que venciera el plazo para entregar un proyecto. Al principio, los estudiantes estaban preocupados y se sentían culpables porque ni siquiera habían comenzado. “Se justificaban diciendo: ‘Siempre trabajo mejor bajo presión’ o ‘en realidad no es tan importante’”, explica Pychyl. Pero apenas empezaron a trabajar, comenzaron a sentir emociones más positivas; ya no lamentaban haber perdido el tiempo ni afirmaban que la presión los ayudaba. Los psicólogos se han interesado en este hábito porque su crecimiento ha sido desenfrenado en los círculos académicos: 70% de los estudiantes universitarios demostró tener problemas con la entrega de ensayos a tiempo y el estudiar constantemente, de acuerdo con Joseph Ferrari, profesor adjunto de psicología en la DePaul University de Chicago.

También se observó que esta actitud de dejar las cosas para más tarde es perjudicial para la salud. Los estudiantes que no se deciden a cumplir con sus deberes en el momento sufren una mayor incidencia de insomnio, problemas estomacales, resfriado común y gripe. Además, son más propensos a beber y fumar en exceso. Entonces, ¿por qué no se ponen las pilas y hacen de una vez por todas lo que tienen que hacer?

Falsas creencias
Muchas de estas personas están convencidas de que pueden tener un mayor rendimiento si están sometidas a cierta presión, o que se sentirán mejor si abordan el problema después. Pero mañana nunca llega y, a menudo, el trabajo realizado a última hora no se caracteriza precisamente por ser de calidad. Pese a lo que puedan creer, “estos individuos generalmente no trabajan bien cuando están bajo presión”, afirma Ferrari. La idea de que la presión del tiempo mejora el rendimiento es quizás el mito más común entre ellos.

Temor a fracasar
“La razón principal por la cual las personas postergan sus obligaciones es porque sienten cierto temor”, señala Neil Fiore, autor de The Now Habit (El hábito del ahora). Temen fracasar porque no tienen el talento o las habilidades necesarias. “Se sienten abrumadas y temen que puedan parecer estúpidas”. De acuerdo con Ferrari, “es mejor verlas como personas que no hacen el esfuerzo que como individuos que carecen de destrezas”. Si desaprueban un examen en análisis matemático, por ejemplo, es más sensato que le echen la culpa a la media hora de estudios que admitir que la situación pudo haber sido otra de haber contratado a un profesor privado todo el semestre.

Perfeccionismo
Estas personas tienden a ser perfeccionistas —y lo son porque se sienten inseguras. Quienes dan lo mejor de sí porque desean ganar hacen las cosas al momento. Pero quienes creen que deben ser perfectos para complacer a los demás a menudo dejan todo para última hora. “Nadie me querrá si nada de lo que hago es perfecto”. Esta actitud ha sido la causa de que muchas novelas no hayan sido terminadas.

Autocontrol
La impulsividad puede ser totalmente opuesta al hábito de estar postergando constantemente nuestras decisiones, pero ambos pueden ser parte de un problema mayor: el autocontrol. La gente que es impulsiva no puede dar prioridad a sus intenciones, explica Pychyl. Así, pues, mientras la persona está redactando un ensayo que debe entregar al día siguiente se dirige a la cocina en busca de algo para comer. Entonces ve que hay un desorden en la nevera y, cuando finalmente se da cuenta, está limpiando toda la cocina.

Educación muy estricta
Los hijos de padres autoritarios son propensos a estar dejando las cosas para después. Pychyl especula que ellos suelen posponer sus obligaciones porque los demás siempre están criticando sus decisiones. Por otra parte, pueden actuar de esta forma como una manera de rebelión. Negarse a estudiar puede ser un mensaje airado —o contraproducente— para papá y mamá.

Emoción ante situaciones de alto riesgo
Muchos de estos individuos disfrutan sentir un “torrente” de adrenalina. Encuentran una satisfacción perversa cuando terminan de llenar su planilla de impuestos minutos antes del plazo fijado para entregarla y corren a llevarla a la oficina de recaudación junto antes de que cierren.

Ansiedad relacionada con algunas tareas
El andar dejando las cosas para última hora puede estar relacionado con algunas situaciones en particular. “El ser humano siempre evita las situaciones difíciles y aburridas”, señala Fiore. Incluso los individuos que tienen una mínima propensión a dejar todo para más tarde siempre están postergando la declaración de impuestos y la visita al dentista.

Expectativas confusas
Las instrucciones imprecisas y las prioridades vagas acrecientan este hábito en algunas personas. Es muy probable que al jefe que explica que todo es prioritario y que desea las cosas para “ayer” lo dejen esperando. Los supervisores que insisten en que el proyecto de una persona tiene prioridad y que usará el plan de otro como ejemplo verán una mayor productividad.

Depresión
La tristeza puede generar o exacerbar esta actitud, y viceversa. Varios de los síntomas de la depresión nutren el hábito de estar aplazando nuestras obligaciones. La toma de decisiones es otro problema. Dado que las personas deprimidas no sienten casi ningún placer en nada, todas las alternativas parecen igualmente deprimentes, y ello dificulta empezar una tarea que además parece no tener sentido.
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FUENTE: PSYCHOLOGY TODAY. . DERECHOS DE EL UNIVERSAL. TRADUCCION: SERVIO VILORIA

 
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