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Los "pecados"
de Michelle

La mujer que durante los próximos cuatro años conducirá los destinos de Chile, no sólo es “atípica” por pertenecer al mal llamado sexo débil. Además de ser socialista, y de las fuertes, se presenta agnóstica y no ha dejado de recordar que también está separada. Con todo y eso, los chilenos eligieron a la Bachelet. Por algo será. María Elisa Espinosa

No dudó, durante la larga y extenuante campaña hacia la presidencia de Chile, en presentarse ante sus adversarios, pero también frente a sus seguidores, como portadora nada más y nada menos que de “cuatro pecados capitales”: ser mujer, socialista, separada y, para colmo, agnóstica. ¿Qué más podían pedir sus detractores en un país de tanto arraigo católico y conservador? Poco, de seguro, pero a éstos —así como al resto de sus compatriotas, porque se define inclusiva por sobre todas las cosas— les aseguró que trabajará con y por ellos.

Mujer de pies y verbo firmes, sin embargo también se le endilga una ternura a prueba de los tragos amargos que debió pasar durante una juventud signada por la dictadura de Pinochet. Así, Michelle Bachelet, quien prefirió guardar su primer nombre —Verónica— para otro momento, ¿otra vida?, promete manejarse con paso contundente, pero al mismo tiempo comprensivo, ahora que vestirá la banda roja, azul y blanca que han portado sus predecesores —todos hombres, eso sí— desde que en 1990 se reinaugurara la democracia en Chile luego de más de tres lustros de régimen militar.

Porque esta mujer, nacida el 29 de septiembre de 1951, aunque ha dicho que no es de hacer borrón y cuenta nueva, tampoco es de quedarse atornillada en el pasado. Todo lo contrario. Con un horizonte amplio frente a sus ojos, Mica, como también le gusta que la llamen “siempre que lo hagan con cariño y respeto”, ha optado por una vida que apunte al progreso y la apertura y que se desvíe —en la medida de lo posible—de aquellos malos recuerdos de torturas y desapariciones en su país.

Pues las vivió, o las sufrió, y no sola. Su padre, Alberto Bachelet —un general de brigada de la Fuerza Aérea de Chile—, de hecho murió en 1974 de un infarto, luego de padecer a lo largo de varios meses todo tipo de castigos físicos y psicológicos en manos de sus colegas militares, quienes lo apresaron tras el golpe de Estado de 1973, acusándolo de “traidor a la patria” por colaborar como funcionario público durante el gobierno de Salvador Allende.

En el ínterin, Angélica Jeria, la madre antropóloga de profesión y socialista de corazón (la cosa, como se ve, le venía de ambas ramas del árbol familiar), debió peregrinar en su natal Santiago con la muy joven Michelle (entonces estudiante de Medicina y miembro de la Juventud Socialista) hasta que un mal día de 1975 la DINA les tocara la puerta para llevárselas sin explicación a Villa Grimaldi, el principal centro de torturas de ese organismo policial, siguiendo a Cuatro Alamos, un segundo reclusorio, justo antes de partir exiliadas a Australia y, poco después, a Alemania Oriental.

En esos confines fue donde Bachelet comenzó a hacerse políglota (habla español, inglés, alemán, francés, portugués y algo de ruso) y donde además se estrenó como mamá. Pues Sebastián, su primer hijo con el arquitecto y coterráneo Jorge Dávalos, nació en Leipzig en 1978, un año antes de regresar a su país, donde en 1984 los esposos completaron la parejita con Francisca. Mucho después, en 1993, llegó Sofía, producto de su relación sentimental con el epidemiólogo Antonio Henríquez. La niña se sumó entonces a esa prole a la cual esta recién estrenada primera mujer presidenta de Chile se abraza los días y las noches que sus múltiples compromisos le permiten.

Perdonar sin olvidar. Quienes la han visto en persona y de cerca, aseguran que es mucho más delgada que como se suele apreciar a través de la pantalla de televisión o en las cientos de fotografías con las que la prensa chilena e internacional ha sellado la “Bacheletmanía”. ¿Será que las polleras (faldas) le favorecen menos que los pantalones que también le gusta llevar a esta médico cirujano, pediatra, epidemióloga y, ¡para remate!, postgraduada en 1998 de Ciencias Militares en la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos de Washington DC?

Por cierto que allí, en plena ciudad plagada de cerezos durante hermosas primaveras, le tocó toparse cara a cara, y pupitre a pupitre, con ex jefes de la dictadura de su país. Pero aseguran, quienes la vieron compartir con ellos, que el asunto no le hizo ascos, o al menos lo disimuló muy bien. Como lo habrá disimulado también aquel día cuando —ya como Ministra de Defensa— coincidió en el ascensor de su edificio con su torturador de antaño. Testigos del momento juran que reaccionó “con serenidad y un digno silencio”.

Esto, viniendo de una autoproclamada desprovista de fe, sonará incongruente para quienes efectivamente la ubican en esa acera de la calle. Pero para la también chilena doctora Haydée López Cassou, quien prefiere meterse en las profundidades de esta mujer, las cosas están claras: “Michelle Bachelet es agnóstica, pero es una agnóstica muy especial. Nacida en un hogar de la llamada familia militar, estudia Medicina, especializándose en Pediatría. Desarrolla su vida profesional en hospitales y consultorios del sector público. No ha hecho de su profesión un negocio, como lamentablemente ocurre a veces, sino un apostolado de servicio a los más humildes...”.
Y sigue: “Es probable que ella no haya olvidado los horrores que vivió. ¡Cómo olvidar! Pero su serena dignidad da testimonio de que ha sido capaz de superar el rencor y perdonar... Al parecer ella, sin alardear de valores del cacareado ‘humanismo cristiano’, escuchó en lo más íntimo ese mensaje de Jesús cuando respondió al discípulo que le preguntaba ‘cuántas veces era preciso olvidar’ diciéndole que había que perdonar hasta setenta veces siete”.

BACHELET SE IMPUSO EN UNA DURA CAMPAÑA ELECTORAL



Una comeflor en palacio. Sin dudas no habrá sido fácil para una Michelle Bachelet de casi 22 años presenciar desde el techo de la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile el bombardeo aéreo perpetrado al Palacio de La Moneda el 11 de septiembre de 1973. Aquello, sin embargo, parece haberle ayudado a curtirse la piel. Cuando en abril de 2005, en medio de su candidatura presidencial, una periodista de El Mercurio de Santiago era recibida en el living de su apartamento y le preguntaba a Mica si tenía “el cuero duro”, la doctora respondió: “Muy duro. Tengo el cuero duro y el carácter fuerte y firme. En la vida me han pasado muchas cosas y he seguido de pie, convencida de que hay cosas que valen la pena”.

Atrás habían quedado los tiempos (1962 y 1963) cuando la niña Michelle vivió junto a su familia en la tierra del Tío Sam, a propósito de unos estudios de especialización del papá aviador. También lejos lucían los años adolescentes cuando fuera una de las integrantes del grupo musical Las Clap Clap, nacido en el Liceo N° 1 Javiera Carrera, donde igualmente destacó como delegada y presidenta de curso (sus pinitos, valga decir, en estos menesteres de la política), así como miembro de la coral, de la selección de voleibol y de una asociación de teatro estudiantil que le sirvió de propedéutico para formar filas en el grupo Aleph junto a alumnos del Instituto Nacional.
De allí al día en que el presidente Ricardo Lagos decidiera finalmente dar a su subalterna el espaldarazo en la ruta por un sucesor en La Moneda no faltaron emociones, encuentros y desencuentros, además de acusaciones de las cuales parece haber salido airosa la muy inteligente Michelle Bachelet. Irónicamente, había sido ella una de las responsables de llevar a su jefe al cargo que hasta ahora ocupó. Trabajó por ese triunfo durante la campaña electoral para el período 2002-2006. Aunque no fue lo único que hizo: además de Ministra de la Defensa también manejó la cartera de Salud. Méritos no le faltaban y los supo aprovechar después cuando justo llegó la hora de su postulación como precandidata —y finalmente candidata presidencial— por la Coalición de Partidos por la Democracia. Todos ellos de firmes creencias socialistas.

Pocos dejarían de saber entonces que la ex ministra Bachelet y ahora máxima figura de Estado en Chile llegó a ser una hippie (aquí la llamarían comeflor) durante la convulsionada década de los setenta. Al respecto ella misma ha afirmado que sus valores se mantienen vigentes: “El hecho de que uno llegue a cargos de tanta responsabilidad como el que hoy tengo (entonces hablaba como titular de Defensa), es por eso, porque uno se cree el cuento de que puede construir un mejor país”. l

mespinosa@eluniversal.com

OTRAS DAMAS, OTROS TIEMPOS

Desde que en 1953 Suhbaataryn Yanjmaa se convirtiera en la primera mujer presidenta del mundo, en este caso en Mongolia, la escalada de las representantes del mal llamado sexo débil hacia el poder político ha ido in crescendo, especialmente en los países del Tercer Mundo. Tras este ejemplo, naciones como India, Argentina, Bolivia, la República Centroafricana, Dominica, Sri Lanka, Burundi, Yugoslavia, Bermuda, Pakistán, Malta, Panamá, Haití, Nicaragua y Filipinas eligieron damas para dirigir sus gobiernos, sumando así 53 en las categorías de presidenta o primera ministra.

GANDHI
BHUTTO
CILLER
THATCHER

Se incluyen en la lista a nivel mundial los nombres de Indira Gandhi en India
(1966-1977 y 1980-1984), de Corazón Aquino en Filipinas (1986-92),
de la bella Benazir Bhutto en Pakistán (1988-1990 y 1993-1996), primera
mujer, además, en conducir los designios de un país musulmán, aunque
otras dos naciones islámicas también han experimentado cierto liderazgo
femenino en el poder: Turquía, con Tansu Ciller como presidenta, y Bangladesh, con Khaleda Ziaur Rahman, en 1991, y Shiekh Hasina Wajed, en 1996, ambas en calidad de primeras ministras.

MERKEL
JOHNSON
PERON
MOSCOSO

Difícil olvidar también en este cargo a la “Dama de hierro”, Margaret Thatcher, quien fungiera como jefa de gobierno de Reino Unido desde 1979 hasta 1994; así como a la recién electa canciller de Alemania, Angela Merkel.

Otra fémina a quien la han bautizado dama de hierro, pero en su Liberia natal, es Ellen Johnson-Sirleaf, la primera mujer elegida en las urnas en ese país africano en noviembre de 2005.

Concretamente en Latinoamérica fue la argentina María Estela (Isabel) Martínez de Perón quien dio el primer ejemplo, en 1974, convirtiéndose en presidenta de su país, aunque no faltan (más bien sobran) quienes consideran que su ascenso al poder tuvo que ver más con la base política heredada de su esposo Juan Domingo y no tanto con un tema de popularidad propia. Hasta ahora, además de la viuda de Perón, sólo cuatro mujeres habían alcanzado la máxima jerarquía de gobierno en este lado del planeta: Lydia Gueiler Tejada (1979), en Bolivia; Violeta Barrios de Chamorro (1990-1997), en Nicaragua; Ertha Pascal Trouillot (1990), en Haití; y Mireya Moscoso (1999-2004), en Panamá. A la mayoría de estos casos igualmente se le endilga el peso de un capital político heredado de esposos o familiares. En cuanto a Michelle Bachelet, la primera mujer presidenta en Chile y por demás socialista, las cosas parecen distintas. Expertos aseguran que dicho capital lo ha forjado sola.

Fuentes consultadas: www.elnuevodiario.com l www.elmercurio.com l www.eluniversal.com
l www.wikipedia.org l www.eltiempo.com l www.tvn.cl l www.poresto.net

Ver también en Encuentros:
- Los días Perro
- Santiago de León de Caracas

 
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