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En cada uno de los planos de la cotidianidad actual se agudizan los síntomas de una patológica manía, una manía que enferma a la gente de simulación mediática. Todo el mundo tiene a la mano una cámara, no para crear historias ni para aventurarse en experimentos plásticos de bajo presupuesto y alta tensión. No, todos tienen una cámara a la mano para retratar improductivas situaciones, del modo más escueto y homogéneo posible. Todos sonríen para la foto. Los empleados del banco, los adolescentes en el cine, las chicas que van de juerga, los malandros de la cuadra. Todos sonríen para la foto intentando, quizás, reproducir el valor que las imágenes transmitidas por los medios tienen para el mundo que nos determina desde la grandilocuencia del espectáculo. Supongo que inconscientemente la gente piensa de este modo: si para existir y ser importantes tenemos que ser protagonistas de la realidad mediática, valga la democratización tecnológica para autorretratarnos, sólo que en lugar de generar imágenes controversiales, interesantes, polémicas o complejas, la gran mayoría elige protagonizar instantes sonsos, reiterativos, aburridos y predecibles.
Millares de imágenes se multiplican a diario, gracias al fértil ejercicio de cientos de celulares y cámaras digitales con múltiples aplicaciones que condenan toda poética visual a la más absoluta incompetencia. Transcribir instantes, gracias al uso y abuso tecnológico, se ha vuelto un ejercicio tan pusilánime que al mundo de hoy le sobran vistas baldías, baratas y precarias, captadas a diestra y siniestra por sujetos acostumbrados a malbaratar la mirada. Cientos de ciudadanos, empeñados en convertir la realidad en una imagen menor, circulan en oficinas, centros comerciales, calles, avenidas, plazas, y espacios públicos y privados en general, con cámaras digitales de última generación y ninguna imaginación. El desperdicio es francamente lamentable.
Casi todos deseamos —de uno u otro modo— ser protagonistas de la virtualidad mediática. Sin embargo, mientras unos vivimos buscándole la quinta pata al gato para sentirnos merecedores de este solicitado privilegio, otros derrochan montones de tomas sin procurar otra cosa que convertirse en protagonistas de su anodina realidad. Con cada prescindible imagen instantánea, con cada imagen imparable y reiterativa reverenciamos el poderoso e invasivo arquetipo de la comunicación mediática. Copiamos el burdo modelo de las páginas que viven de lo que la gente hace o deja de hacer mientras sonríe para la foto.
La fantasía es insolente. En su cosmogonía todo vale. Sin embargo, la multitud invierte (¿o desperdicia?) a diario pilas inútiles de instantes calcados de lo real que sólo tienen como valor su absoluta falta de valor. Sin historia, pretexto estético, altruismo cibernético o moción documentalista, miles de millones de imágenes digitales se aglutinan en el inmenso soporte técnico de variadas modalidades de juguetes tecnológicos para decir poco, o no decir nada. Veo a gente fotografiándose sin causa ni pausa y, lejos de percibirlo como un ejercicio colectivo singular, el asunto me mata de aburrimiento. Desde el escepticismo que condena todo valor ensalzando su contravalor podríamos considerar esta actuación autómata colectiva como un fenómeno repleto de peculiaridades antiselectivas. Sin embargo, a medida que deambulo entre las escuetas motivaciones de una multitud embrutecida por la ilusión high tech, doy mayor crédito a la insustituible misión del observador que se expresa en códigos plásticos con altura y brillantez.
Quizás por eso aún me conmueve la tecnología vintage. Su proceso, cargado de menor celeridad, me permite demostrarme cuán inútil es la inmediatez sin motor creador, sin indigestión, sin malas noches y buenas intenciones, sin grietas en el corazón, sin bagaje visual, sin intuición mundana y sin intención malsana. Siempre que alguien pone la mirada en el objetivo justo logra detonar una idea que da vueltas de carnero hasta que alguna respuesta colectiva la detiene, la cuestiona y la confronta con la lógica del pensamiento plural.
Está muy bien que algunos quieran entregarse al ejercicio mecánico de registrarlo todo, a toda hora, restándole peso al rigor moral, a la ética artística o al importe conceptual, sin embargo, no creo que debamos por ello convertirnos en analfabetas de la belleza. Viendo a los demás posar para la foto, a toda hora y en cualquier sitio, sin punto de vista ni ironía ni procacidad, se me ocurre considerar que el acceso a la tecnología no necesariamente nos concede el poder que soñamos tener. A veces sólo nos convierte en víctimas del acceso a la tecnología. Víctimas que desperdician, con juguete nuevo en mano, la posibilidad de librarse del estigma mediático. l tofano@hotmail.com
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