| Lo que el viento se llevó
La coartada del asesino fue aniquilada por los vientos de diciembre. Max Haines
George Ball era un empaquetador de 22 años en Bradfield, una empresa de alquitranado en Liverpol, Inglaterra. No le gustaba su trabajo y odiaba a su jefa, Catherine Bradfield. Semana tras semana Catherine regañaba a George. Cuando le denigraba, enfrente del resto de los trabajadores, haciéndole sentir el peor era demasiado. George decidió matar a Catherine Bradfield.
El asesinato estaba bien planeado para la noche del 10 de diciembre de 1913. Ese miércoles por la noche Catherine estaría trabajando hasta tarde. El único otro empleado en el edificio iba a ser Sam Elltoft. George sabía que en la tienda iba a haber una pequeña cantidad de dinero. ¿Por qué no hacer que el crimen motivado por la venganza fuera recompensado con un pequeño dividendo? Sam, de 18 años, no supondría ningún problema. Era un muchacho fácil de dirigir que haría caso a cada deseo de George. Puntualmente a las 6 de la tarde los empleados de Bradfield abandonaron el edificio, todos excepto George, Catherine y Sam. El se escondió detrás de la mujer indefensa y tras una pequeña lucha la mató de un golpe. Después le dio unas indicaciones a Sam. “Tenemos que meter el cadáver en un saco y echarlo al canal. Si no nos deshacemos del cuerpo tú serás tan culpable como yo”.
Sam le hizo caso. Juntos, los dos jóvenes, metieron el cuerpo de Catherine en un saco. El extraño paquete fue depositado en un carrito de mano y fue llevado afuera cuando de pronto una ráfaga violenta de aire casi levantó por los aires a los dos chicos. Unos cuantos metros más lejos Walter Eaves, un marinero de un barco, estaba caminando por la calle Old Hall. Walter estaba de buen humor. Estaba comprometido para casarse y estaba de camino a casa de su prometida. Ese mismo viento, que casi había hecho volcar a los muchachos, causó la caída de un cierre de ventana de Banfield, el cual cayó directamente en la cabeza de Walter Eaves. Walter soltó un grito.
George Ball se congeló de miedo. ¡Qué suerte tan horrible! Una ráfaga de viento y sus planes se echaron a perder por el incidente de la ventana. Aquí venía aproximándose un extraño lleno de ira, con un sombrero en la mano y tocándose la cabeza. George decidió ir a su encuentro. Caminó hacia el extraño. Cuando hacía esto, Sam Elltoft recogió el cierre, lo puso detrás de la ventana y volvió a la tienda. Walter explicó que hacía responsable del daño de su nuevo sombrero a Bradfield. George replicó: “realmente fue el viento”. “Eso no arreglará mi sombrero”, refunfuñó Walter. George se metió la mano en el bolsillo y le dio a Walter unas monedas. Tras haberse alejado unos metros, Walter escuchó un sonido distintivo de ruedas en la calle. Se volvió y fue testigo de cómo George y Sam empujaban un carrito hacia el canal. La luna estaba llena y Walter pudo ver claramente la forma que tenía el saco. Tal vez eran ladrones. Al día siguiente, Walter Eaves reportó el extraño acontecimiento a la policía.
Esa noche George Ball llegó al cuarto que rentaba. Las primera palabras que salieron de la boca de su casera fueron: “¿Qué sucedió?, ¿has tenido una pelea con una chica?”. George se tocó la mejilla. Por primera vez se dio cuenta de que Catherine había arañado su mejilla durante la breve pelea. “No, para nada. A menudo me araño en el trabajo. Es un negocio malo”. Todo el asunto era demasiado tenso. Primero aquel hombre con el sombrero dañado. Ahora, su casera. George se dio cuenta de que echarían de menos a Catherine. Se harían investigaciones. Decidió escaparse.
El día después del asesinato la tripulación de un barco en el canal divisó un saco cerca del banco. Había llegado a la costa y se veía completamente su contenido. En pocas horas se identificó el cuerpo como el de Catherine Bradfield. Walter Eaves ya había estado en la policía. Los dos acontecimientos casaban como un par de guantes. Se detuvo a Sam Elltoft. Pero, ¿dónde estaba George Ball?
George compró unos anteojos, recortó sus abundantes cejas, cambió sus ropas y se disfrazó efectivamente. En vez de dirigirse hacia Londres se quedó en Liverpool. Estuvo la mayor parte de su tiempo en la calle, comió bien y, en general, disfrutó bastante. Fue detenido después de estar libre unos diez días. Se le vio con un antiguo amigo de la escuela. Su amigo le siguió hasta el lugar donde vivía alquilado antes de informar de sus sospechas a la policía. Después se le detuvo. El juicio de George Ball por el asesinato de Catherine Bradfield atrajo atención internacional. Muchos creían que George iba a librarse de la horca. Su defensa se basó en su versión de lo ocurrido la noche del asesinato. Declaró que el asesino de Catherine se había escondido en la tienda la noche del 10 de diciembre. Después de atacar a Catherine, le apuntó a George con una pistola y le amenazó con matarle a menos que llevaran el cuerpo al canal y lo lanzaran allí.
La historia de George no pudo aguantar a las preguntas. Declaró que mientras se producía el ataque e inmediatamente después no tuvo oportunidad de escapar del hombre que le apuntaba con el arma. George se había delatado. El abogado de la defensa le dijo: “¿Se ha olvidado de que cuando el cierre se cayó en la cabeza del señor Eaves, usted salió del edificio y tras una breve conversación le dio unas monedas 'para compensarle'? El señor Eaves era un hombre fuerte y le podría haber ayudado. Sólo tenía que decirle que un asesino le estaba aterrorizando y hubiera estado todo bien”. El rompecabezas se completó. A Sam Elltoft se le declaró inocente del asesinato, pero culpable de complicidad después del hecho. Se le sentenció a cuatro años en prisión. George Ball fue declarado culpable y sentenciado a muerte. Cuando se ejecutó la sentencia gritó: “Soy inocente”. Sin embargo, antes de montarse al lugar donde fue ahorcado el 26 de febrero, 1914, confesó al Obispo de Liverpool que había matado a Catherine Bradfield. Cuando George fue ahorcado nos contaron que una ráfaga de viento frío congeló a los testigos allí presentes. l
Ilustraciones: David Márquez |