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¿Quién es una leyenda?

Luego que Lauren Bacall descalificara mordazmente a Nicole Kidman, el crítico de cine Philip French asumió el reto de diferenciar las verdaderas leyendas de los pobres mortales

Lauren Bacall causó una especie de alboroto en el pasado Festival de Cine de Venecia al interrumpir a un reportero de televisión británico que la estaba entrevistando sobre la película Birth, en la cual ella hace el papel de la madre de Nicole Kidman.

“Ahora usted está trabajando junto a otra leyenda de la pantalla, Nicole Kidman”, comenzó el reportero. Bacall, con su ronca voz, exclamó: “Ella no es una leyenda, es una principiante. ¿Qué es una leyenda? Ella no puede ser una leyenda a la edad de... no importa la edad que tiene. No puede ser una leyenda. Para serlo hay que ser mayor”.
La mayoría de los reporteros que cubren cine, que están más interesados en la controversia que en el arte, suponían que Bacall, de 80 años de edad, estaba desprestigiando a Kidman, su coprotagonista de 37 años, porque ésta había ganado un Oscar y ella no, o porque a Kidman le habían hecho todas las preguntas en la rueda de prensa sobre la película Birth. Bien, a su edad, Bacall se ha ganado el derecho de afrontar abruptamente a un reportero que parezca tratarla con condescendencia, usando libremente el lenguaje, y aunque “principiante” es difícilmente la palabra adecuada para describir a Kidman, Bacall sin duda tiene razón.

Bacall es, después de todo, una leyenda que se convirtió en la viuda de una leyenda, Humphrey Bogart; casi se casó con otra leyenda, Frank Sinatra; luego se casó con un gran actor, Jason Robards, quien es una leyenda por sus actuaciones en las obras de Eugene O’Neill, y, al igual que O’Neill, es un bebedor legendario. Al tratar a su entrevistador con tal arrogancia, estaba representando su papel de leyenda.

Sin embargo, ¿qué es una leyenda y en qué se diferencia de un icono o de alguien bendecido con carisma? Estos tres términos han sido tomados prestados de la esfera religiosa y usados libremente para describir figuras en el firmamento de nuestras religiones: el negocio del espectáculo y el mundo de las celebridades. Hoy en día, para ser un icono basta ser una menor representación de algún aspecto de la cultura; no se necesita ninguna magia especial. El término “carisma” lo tomaron prestado de la iglesia los expertos en ciencias políticas de Estados Unidos, en los años 50, para describir esa calidad adicional e indefinible de ciertas figuras públicas.

Las leyendas usualmente son iconos, e invariablemente exudan carisma, pero tienen un aura física y síquica especial que los aparta y los pone por encima de los demás. Esto no necesariamente los hace superiores o más valiosos, y no necesariamente tiene que ver con la verdad. De hecho, una de las cualidades de muchas leyendas es que mienten, se dice mentiras sobre ellos o se les atribuye bromas e historias falsas. Las legendarias figuras del Salvaje Oeste como Billy the Kid y Wyatt Earp fueron creadas por escritores de ficción barata mientras se ocupaban de sus viles actividades.
Samuel Johnson fue una colorida figura literaria convertida en leyenda por James Boswell. Oscar Wilde fue una leyenda menos por su obra que por su ingenio y se convirtió en un icono de los homosexuales luego de su muerte.

No es cosa de físico
No es necesario tener un físico impresionante para convertirse en una leyenda. Napoleón no lo era, tampoco Theodore Roosevelt, uno de los tres presidentes estadounidenses del siglo XX convertidos en leyendas. Es útil, sin embargo, haber participado en alguna lucha, haber realizado poderosas hazañas o haberlas representado en un escenario. Igualmente, resulta útil tener cierto ego que ayude a promocionar el mito personal. Churchill fue y sigue siendo una leyenda, mientras que su sucesor como primer ministro del Reino Unido, Clement Attlee, en su apacible manera de ser un gran hombre, no lo fue y no lo es.

Usualmente, las personas se convierten en leyenda luego de fallecer, pero hay muchas excepciones. Bogart no se convirtió en el inmortal que es ahora hasta que alcanzó el nivel de culto en los años 60. John Wayne se convirtió en leyenda mucho antes de morir, y dos presidentes hablaron de él como si sus batallas en películas hubieran sido reales. Jimmy Carter dijo: “John Wayne fue más grande que la vida. En una era de pocos héroes, él fue una pieza genuina”. Gerald Ford expresó: “John Wayne fue una persona única, magnificente, que asumió cada reto de su vida y respondió a los problemas de la nación con valentía, sabiduría y convicción”.

Bacall fue la contrafigura de Wayne en su última película, El último pistolero, cuyo tema central fue la propia leyenda de Wayne. Wayne protagonizó con James Stewart (una estrella, un icono, pero no una leyenda) la magnificente película de vaqueros de John Ford El hombre que mató a Liberty Balance, un filme sobre historia y mitología. Esta contiene la frase más famosa pronunciada por un reportero: “Este es el Oeste, señor. Cuando la leyenda se convierte en realidad, hay que publicar la leyenda”.

Bacall, probablemente, tiene razón. Uno no se puede convertir en una leyenda en la juventud, y es discutible que alguien vivo y más joven que uno pueda ser una leyenda. No hay nada remotamente legendario sobre Kidman, de hablar directo y corazón cálido, quien es una actriz infinitamente más versátil que Bacall, aunque aún carece de su presencia y mística.

Sin embargo, una muerte temprana puede ser el nacimiento de una leyenda perdurable. Alguien dijo, cruel aunque certeramente, que la muerte de Elvis Presley a los 42 años era “una genial estrategia de carrera”. Las películas de Rodolfo Valentino rara vez se ven hoy en día, pero la adulación que acompañó a su funeral en 1926, a la edad de 31 años, ayudó a ser de él el icono del amante en la pantalla y ha asegurado que su leyenda permanezca viva, mientras otros silentes enamorados como John Gilbert y Ramón Novarro, quienes sobrevivieron a la era del sonido, han sido olvidados.

La leyenda del cine más celebrada que murió joven -24 años- es, por supuesto, James Dean. Su apartamento en Nueva York y el sitio del fatal accidente automovilístico en Salinas se convirtieron en lugares de peregrinaje. Alec Guinness, quien fue un gran actor pero no una leyenda, contribuyó a la leyenda de Dean, y se convirtió en una figura menor de ésta, con su frecuente relato de haber advertido al joven actor un día antes del accidente que no hiciera el fatal viaje en su Porsche. La muerte de John Lennon en 1981 lo convirtió en una leyenda; Paul McCartney es simplemente una estrella del rock.

La muerte en circunstancias misteriosas puede convertir a las estrellas en objetos de permanente interés, aunque no necesariamente en leyendas. Las extrañas circunstancias que rodearon el suicidio del primer esposo de Jean Harlow, sin duda contribuyeron a la leyenda de ella, que se instauró antes de su muerte a los 26 años. Asimismo, la muerte de Marilyn Monroe a los 36 ha sido esencial en hacer de ella una leyenda igual que Presley. Jayne Mansfield, quien por un tiempo fue rival de Marilyn, murió decapitada en un accidente de tránsito a los 34 años, y sobrevive como un ídolo de las artes cómicas, no como una leyenda.

Es posible convertirse en una leyenda y luego ser olvidado o, como en el caso singular de Gloria Swanson, llegar a ser leyenda por haber sido olvidada. Tenía 53 años cuando apareció en El crepúsculo de los dioses de Billy Wilder en 1950, pero estuvo casi tan ausente del mundo de las celebridades como la solitaria actriz de cine mudo Norma Desmond, a quien encarnó en el filme.

Cuando el vagabundo guionista Joe Gillis conoció a Norma/Gloria luego de buscar refugio en su mansión, dijo: “Espera un momento, ¿no te he visto antes? Conozco tu cara. ¡Tú eres Norma Desmond! Solías estar en el cine mudo. Eras grande”. A esto, ella inolvidablemente respondió: “Yo soy grande. Son las películas las que se han quedado pequeñas”.

Se puede ser una leyenda local, pero eso es más como ser una figura a la que se le rinde culto. Así fue Sydney Morgenbesser, filósofo de Nueva York que murió en agosto de este año a los 82 años. Nunca escribió un libro, pero es reverenciado en el medio académico por sus artículos, su estilo de enseñanza y sus bromas, muchas de las cuales son apócrifas. Se dice que en el metro de Nueva York se le acercó un policía y le dijo insistentemente que debía apagar el cigarrillo. “Si se lo permito a usted, tendré que permitírselo a todo el mundo”, explicó el policía. Morgenbesser contestó: “¿Quién cree usted que es?, ¿Kant?”, y fue arrestado por ofender a un oficial de policía.

El más famoso de todos los productores cinematográficos, Samuel Goldwyn, le debe su reputación a historias inventadas sobre él, y a la interminable incongruencia al hablar y los usos creativos del lenguaje, que se denominó “goldwynismo”, y que se le atribuye a él. Esto lo convirtió en una leyenda, que trascendió las películas que produjo. Es un ejemplo de alguien que deliberadamente trabajó para transformarse a sí mismo en una leyenda.

Bacall se convirtió en una leyenda por haberse casado con Bogart, 25 años mayor que ella, y haberlo domado, por estar a su nivel en cuanto al beber, fumar, hablar rudamente y ser independiente. Ella fue parte de su leyenda, pero sostuvo la suya a lo largo de los años. Sus dos papeles significativos fueron en Aplauso, la versión musical de Eva al desnudo, y Dulce pájaro de juventud, de Tennessee Williams, en ambos casos como una gran estrella del patinaje.

Su leyenda apuntaló sus papeles, confirmando la máxima de Gilbert Adair: “Sólo una estrella puede hacer el papel de una estrella”. Sinatra dijo una vez de ella: “Van a poder hacer el velatorio de la viuda de Bogart en una cabina telefónica”. Yo lo dudo, pero recuerdo, tristemente, el lamento de Judy Garland: “Si soy una leyenda, entonces ¿por qué estoy tan sola?”. Garbo, quien figura entre las leyendas más duraderas, estuvo constantemente rodeada de amigos; sin embargo, supuestamente decía en numerosas oportunidades: “Quiero estar sola”.

Luego de escribir estas palabras abro mi correo electrónico y descubro un mensaje del canal Turner Classic Movies sobre un tributo fílmico, que comienza así: “Bacall, una de las leyendas vivientes de Hollywood, llegó a los 80 años el 18 de septiembre”. l


The Guardian News Service. Derechos de El Universal
Traduccion Teresa Leon

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