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Cuando mi sobrino mayor tenía como
11 ó 12 años (y a esa edad se estiraba cual barra
de plastilina) empezó a quejarse de dolores en las rodillas.
Al principio, mi hermana -que tiene otros tres hijos- no le dio
mayor importancia al asunto, pero al cabo de cuatro días,
como el muchacho seguía con la misma queja, buscó
la opinión del doctor Rodríguez, un médico
muy amigo de la familia y a quien, por la cercanía, le podíamos
preguntar cualquier cosa.
-Lo que pasa es que está creciendo
-dijo-, y crecer duele. El crecimiento -repitió en tono de
maestro de escuela-, por si no te habías dado cuenta, significa
dolor, y a él, como tiene que dolerle algo, le duelen las
articulaciones. No es nada.
Mi hermana no recuerda lo que recetó
en esa ocasión -si es que recetó algo-, pero sí
retiene aquellas palabras del médico amigo. La conseja se
quedó con ella, y también conmigo que la repito cada
vez que la situación lo amerita. Crecer duele, digo al toparme
con cualquier hecho que implique desarrollo, evolución, crecimiento,
cambio. Físico o no.
Los bebés sufren y lloran cuando tienen
las encías hinchadas y les va a salir el primer diente, señal
inequívoca de que entran en un nuevo período de vida.
Padecen también los niños cuando llegan a la pubertad:
les duele el alma y la psique ante tantos y tan violentos e inexplicables
cambios (a las niñas, encima les duele el vientre), y más
tarde vuelven a padecer cuando comienzan a brotar las cordales o
“muelas del juicio” anunciando la mayoría de
edad.
Qué decir del tormento psicológico
que se experimenta al traspasar la barrera de los ’30 (se
acabaron las excusas amparadas en los errores de juventud). O arribar
a las cuatro décadas (más nunca se susurrarán
los años con disimulo, pues a partir de los cuarenta hay
que pronunciar la edad abriendo, dolorosamente, la boca: cuaaarenta).
O cuando se cumplen 50 años; aquí sí es verdad
que el padecimiento -en sintonía con el almanaque- es mayor.
Al llegar a esta etapa, el verbo cambia: no se dice crecer sino
envejecer. Y envejecer, duele. Mucho.
Si nadie me cree, paso a contar lo que le
ocurre a mi amiga Valentina, que desde que cumplió los 50
siente que le han caído encima todos los achaques: la menopausia
con sus calorones y el desánimo, la presbicia galopante que
la obliga a sacarse las cejas con lentes (qué cosa más
engorrosa), gastritis, colesterol alto, pérdida de masa ósea
y -lo más reciente- olvidos constantes.
-El crecimiento duele -quise consolarla, cuando
me la encontré hace dos meses deprimida-.
-Ojalá fuera sólo dolor -contestó
impotente-. Para el dolor hay remedio. Antiinflamatorio para el
lumbago, calcio para los huesos, antiácido para el estómago,
estrógenos para la menopausia. El dolor no es problema. El
dolor me molesta, me fastidia, pero, aunque suene contradictorio,
no me duele. Lo que me preocupa es la pérdida de memoria.
Valentina, que era capaz de recitar los números
telefónicos de todos sus amigos sin necesidad de agendas,
hoy olvida dónde están las llaves, dónde metió
los vouchers de la tarjeta de crédito, a qué hora
tiene cita con el odontólogo o qué era eso tan importante
de lo que debía acordarse, y para lo cual se había
cambiado el reloj de la muñeca izquierda a la derecha.
Su despiste ha llegado a tanto que un día
después de haberse bañado, secado, untado con crema
y estando ya con la toalla alrededor de su cuerpo, se metió
a la ducha de nuevo.
-¡Me había olvidado que me acababa
de bañar! -exclamó angustiada-. Eso es el colmo.
Me despedí de mi amiga con el corazón
encogido. No sólo por ella, confieso, sino porque me vi en
ese espejo ¡y susto!
Hace dos días volví a verla,
y la noté distendida. Relajada. Casi feliz. Le pregunté
la razón, en vista de que está por cumplir los 51
y suponía que tendría más motivos de angustia.
Me contó que su estado de ánimo se lo debía
al pediatra de sus hijos, a quien sigue consultando por la confianza
que le tiene, y no porque haya olvidado que sus hijos crecieron
(hasta ahí no ha llegado).
-El problema -le dijo el sabio galeno- no
es que se te olviden las cosas. No es que se te pierdan las llaves,
o no te acuerdes lo que hiciste con un recibo. Eso no es grave,
es hasta natural: por el cansancio, el estrés… El problema
se presenta cuando encuentras las llaves y no sabes que se te habían
perdido o no sepas qué hacer con ellas. Pero cuando eso suceda,
ya el problema no será tuyo. Será de los demás.
De los que te rodean. A ti, ya se te habrán olvidado los
problemas. l
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