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Mala medicina
Los doctores curan no matan, pero Edmund
Pommerais era una excepción.
Max Haines
Siempre
he sido un firme creyente en que un día al año debería
dedicarse a las suegras. Más allá de la creencia popular,
las suegras, como clase, pueden ser un fino grupo de señoras
que, desafortunadamente, como individuos, pueden ser extremadamente
molestas. Lo que es aún más desesperante, generalmente,
tienen razón en sus opiniones.
Vayamos unos años atrás y conozcamos
a Madame Dubizy y a su futuro yerno, Edmund Pommerais, de París,
Francia.
Bueno, comencemos con Edmund, sólo para
divertirnos.
Ed era alto, un joven buen mozo de 24 años
que había llegado a la escena de París en 1860. Como
muchos doctores recién recibidos, nuestro muchacho pensaba
que sería bueno curar a aquellos al final de la escalera
económica. Antes de que usted pueda decir, jeringa, el doctor
Pommerais tenía una gran práctica con los no pagadores,
pobres, y enfermos pacientes.
Este habría sido sólo un buen
doctor si no hubiera tenido gustos tan caros. Ed, de alguna manera,
era un dandy cuando se trataba de la ropa. Mantenía también
un apartamento lujosamente amueblado y, en general, derrochaba su
dinero con estilo.
Sus deudas se elevaron y también lo hicieron sus deseos de
compañía femenina. Justo cuando el doctor sentía
sus necesidades biológicas, apareció caminando en
la clínica madame Seraphine de Pauw. La pobremente vestida
pero atractiva joven tenía un marido muy necesitado de las
habilidades del doctor Pommerais. Ed estuvo más que dispuesto
a tomar un nuevo y pobre paciente. Tristemente, debo relatar que
más allá de los cuidados amorosos, el señor
Pauw fue llevado hasta su última morada a los pocos meses.
Ahora, madame de Pauw era 10 años mayor
que el doctor. Además, estaba sobrecargada con tres hijos
pequeños, pero como todos sabemos, el amor -o el sexo- es
ciego. Madame de Pauw se convirtió en la amante de Ed. A
pesar de las deudas, Ed se las arreglaba para darle dinero a ella
y a sus hijos.
No hay nada malo en ello, puede decir usted,
pero sí que lo hay, las facturas seguían acumulándose.
Ed estaba desesperadamente endeudado cuando, por casualidad, conoció
a madame Dubizy, quien venía completa con una encantadora
hija incluida. Ed hacía trabajo doble. Dubizy era explosiva,
pero la hija estaba hecha como uno de esos sensuales maniquíes
en exhibición en las Galerías Lafayette.
Cuando Ed descubrió que el clan Dubizy
estaba lleno de francos, decidió cortejar y casarse con la
joven Dubizy. Más allá del abierto disgusto de la
madame hacia Ed, él logró cortejar y finalmente casarse
con su joven hija.
Allí fue cuando madame Dubizy mostró
sus verdaderos colores. Arregló la fortuna de su hija para
que Ed no pudiera echarle mano. Eso era mientras viviera madame
Dubizy. Ed se hizo una nota mental de que tal vez no fuera por mucho
tiempo.
Ed era un hombre ocupado. Por necesidad, tuvo
que contarle a Seraphine de Pauw sobre su matrimonio y dejarle saber
que sus arreglos privados horizontales deberían sufrir algo
así como un ajuste. Seraphine lloró, pero Ed le aseguró
que le enviaría suficiente dinero como para mantener al lobo
lejos de la puerta. Para ser justos con Ed, él envió
unos pocos francos durante un par de meses. Luego dejó de
hacerlo. Lejos de su vista, lejos de su mente.
Ed estaba apagando incendios tan rápido
como aparecían, pero había una llama de la que no
podía deshacerse. Esas enormes deudas seguían acumulándose.
Desde que insistió en que su esposa tuviera las mejores ropas
y joyas, su matrimonio en vez de aliviar su precaria posición,
sólo sirvió para empeorarla.
Allí fue cuando decidió asesinar
a su suegra. No era difícil. Una tarde Ed y su esposa recibieron
a la querida mamá para cenar. Ed deliberadamente sirvió
su vino favorito con veneno. Una hora después de tragarse
un litro entero, la mamá cayó. Nada de que preocuparse.
Después de todo, su yerno era médico. Ed se quedó
junto a su enferma suegra hasta el anochecer. Luego le dio las malas
noticias a su mujer. Mamá había partido hacia el más
allá.
El diligente Ed reconfortó a su mujer,
hizo todos los arreglos funerarios y firmó el certificado
de defunción. Luego puso sus pequeñas patitas sobre
el dinero de su suegra. La cantidad total convenientemente borraba
las deudas de Ed. La muerte de su suegra no podría haber
sucedido en un mejor momento.
Ed continuó por su feliz camino. Apostaba
fuertemente en la bolsa y vivía lujosamente. Era sólo
una cuestión de meses antes de que una vez más su
cabeza estuviera metida en deudas. Trató de pedir dinero
prestado a través de canales legítimos, pero ningún
banco quiso arriesgarse. Desesperadamente trató con lo prestamistas,
pero tampoco querían saber nada.
En
este momento crucial en la vida de Ed, quién podría
escribirle sino la misma Seraphine de Pauw. Seraphine podía
romperle el corazón. Ella y sus hijos vivían en un
hotel y, literalmente, estaban muriéndose de hambre. Se disculpó
por molestar a Ed, pero si había algo que él pudiera
hacer por ella, se lo agradecería. Ed volvió a las
andadas. La situación era tal como la había descrito
Seraphine. Ed produjo 20 francos para la comida y se convirtió
en un héroe instantáneo para ella y sus hijos.
En los días siguientes, Ed entró en la vida de su
antigua novia. La llama, la cual se había difuminado con
los años, una vez más brillaba. Seraphine pensó
que su amante estaba lleno de dinero. Era justo lo opuesto. Ed estaba
en el borde de la bancarrota y la ruina. De todas formas, él
tenía un plan diabólico: convenció a Seraphine
de que hiciera una póliza de seguros por su vida. El valor
era el equivalente a 150.000 dólares, una suma magnífica
para el siglo 19. Ed le pagaría el primer año. Seraphine
simularía enfermedad y llamaría al doctor, llamado
Edmund Pommerais. Ed informaría a los muchachos del seguro
que el asegurado tomaría un lugar en el cementerio local
dentro de los 12 meses. El astuto Ed le dijo a Seraphine que la
compañía de seguros le ofrecería dinero en
efectivo para evitar pagarle una suma mayor por su muerte. Ed le
explicó que una vez que tuvieran el dinero del arreglo en
sus manos, podrían continuar con la relación con estilo.
Seraphine de Pauw miró al galante joven
doctor que había entrado nuevamente en su vida como al príncipe
encantado. Ella haría cualquier cosa que él le pidiera.
Cuando Ed le explicó que tal vez tuviera que darle una medicina
horrible, la cual le haría sentir enferma por algunos días,
ella comprendió. Después de todo, otro doctor podría
ser llamado y sería necesario engañarlo. Naturalmente,
Ed era el beneficiario de la póliza. Para estar seguros,
hizo que Seraphine firmara un testamento dejándole todo a
él. La pobre mujer no tenía idea de lo que estaba
firmando.
La trama diabólica de Ed estaba en movimiento.
Se las arregló para obtener el dinero para pagar el primer
año del seguro. Seraphine compró la póliza.
Luego de esperar unos meses, simuló desmayarse en frente
de sus vecinos del edificio. Se corrió el rumor de que ella
estaba mal de salud. Finalmente, luego de un episodio en particular
de desmayo, un vecino llamó al doctor. Rápido como
un conejo, Ed apareció en escena. Le dio una medicina a la
paciente, la cual contenía pequeñas cantidades de
veneno.
En los días siguientes, los vecinos
la visitaron. No había duda, Seraphine estaba seriamente
enferma. Cada día, el doctor Pommerais hacía su visita.
Nada parecía cambiar.
Si bien Seraphin sufría, estaba convencida de que su molestia
terminaría pronto y tendría una fortuna. Durante una
visita de su hermana, madame Ritter, Seraphine le confió
que su enfermedad era una farsa. Le contó la trama completa
a su hermana.
La historia era convincente, madame Ritter la creyó y no
se lo contó a nadie.
El 17 de noviembre de 1863, Seraphine de Pauw murió en agonía.
Un vecino llamó al doctor Pommerais. El doctor estuvo al
lado de su amante durante sus momentos finales.
Ed no era un hombre paciente. Estaba desesperado
por echarle mano al dinero del seguro. Esperó una semana.
Un día después del funeral de Seraphine, solicitó
el pago. La compañía de seguros reconoció el
pedido y estaban por emitir el cheque, cuando apareció madame
Ritter con su inusual historia.
Bueno, amigos, la grasa estaba al fuego. El
cuerpo de Seraphine de Pauw fue exhumado y se encontró que
contenía grandes cantidades de digitalina. Ed fue arrestado
y tomado en custodia. El cuerpo de madame Dubizy también
fue exhumado, pero no se halló la causa exacta de su muerte.
El doctor Edmund Pommerais se presentó
a juicio por asesinato y fue ejecutado por su crimen. Vehementemente
sostuvo su inocencia hasta el final. l
Ilustraciones: David Márquez
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