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Toda una vida
de dificultades

Tal como se presentía,
el indómito chico
creció para perpetrar
muchos delitos,
incluido
el homicidio


 

 










Joseph-Pierre Richard tuvo problemas toda su vida. De adolescente, solamente por diversión, desarreglaba las lápidas en el camposanto de la comunidad. Por ese delito absurdo recibió una sentencia postergada de seis meses. Joe, el mayor de 16 hermanos, quien nació en Tracadie, New Brunswick, era uno de esos individuos que en el pueblo catalogaban de "mala conducta".

Si se rompía una ventana o un letrero se rasgaba, tenía que ser culpa del indócil chico Richard. La mayoría de las veces, los lugareños acertaban con sus sospechas. En 1948, Joe encontró a la única persona, Eva Furlong, que pensaba que él era un buen prospecto para casarse. En cierta forma tenía razón. No hay evidencia de que Joe no fuera gentil con su esposa. La pareja se radicó en la pequeña comunidad de Río Charlo, New Brunswick, en Canadá, donde fue bendecida con dos hijos. El hecho de convertirse en el jefe de una joven familia poco hizo para cambiar a Joe. En 1952, prendió fuego a la casa de su suegro, lo aprehendieron y lo condenaron a tres años de cárcel. Pronto lo liberaron y no tardó mucho en meterse en más líos.

Convencido de que el taxista Theophile Gallant tenía una relación con su esposa, Joe se las arregló para que este hombre lo condujera a un camino desierto, en las afueras de Campbellton. Joe le disparó a Gallant con una escopeta calibre 20. Sin ningún otro plan más sofisticado, se adentró en un bosque cercano. Gravemente herido, Gallant logró llegar hasta una iglesia, donde un párroco lo socorrió. Lo trasladaron rápidamente a un hospital y se salvó.

A Joe lo detuvieron como siempre: después que cometía sus estúpidos delitos. Esta vez, lo acusaron por intento de homicidio. Una semana más tarde, Joe escapó y llegó a Dalhousie antes de que lo capturaran de nuevo. Se declaró culpable. Un juez indulgente le aplicó la pena relativamente leve de tres años en prisión.

En diciembre de 1956, Joe volvió a Río Charlo una vez liberado. Seis semanas más tarde, cometería un asesinato. El sábado 9 de febrero de 1957, un grupo de jóvenes pasaba la tarde en la casa de Donna Vincent en Río Charlo. Annie Huibers y Kay de la Perelle estaban ocupadas, junto con Donna, haciendo decoraciones con motivo del Día de San Valentín. Lynn Vincent y su amigo Graham Weldon miraban un programa de hockey que daban en la televisión.

Kay, de 14 años, notó que un hombre husmeaba fuera de la casa. Los quinceañeros encendieron las luces para verlo mejor. Allí estaba parado Joe Richard, mirando fijamente. Pasaron unos minutos. Luego Joe se alejó deambulando, embutido en su larga chaqueta con cuello de piel.

Las luces quedaron encendidas en la casa de Vincent y es poco probable que alguien le diera mayor importancia a Joseph-Pierre Richard y sus extrañas maneras. Cuando terminó el partido de hockey, el grupo en la casa de los Vincent se dispersó. Kay de la Perelle se marchó sola a su casa. Vivía en la misma calle. Por el camino pasó por la taberna de Stevens para comprar una bolsa de maní. La nieve crujía bajo sus pies. Pronto, pensó, estaría con su familia en el calor de su hogar. Pero nunca fue así. Le quedaban tan sólo unos minutos de vida.

Alrededor de las 11:00, cuando su hija aún no llegaba a su casa, el padre de Kay, John de la Perelle, llamó a los Vincent, quienes le comunicaron que Kay había salido hacía media hora. De la Perelle sintió aprehensión en el acto. Llegar a pie a su casa desde el hogar de los Vincent apenas se tomaba unos minutos. El preocupado padre pasó la mayor parte de la noche buscando a Kay.

A la mañana siguiente, los vecinos organizaron una cuadrilla de búsqueda. Esa tarde, Kenneth Laakso, de 14 años e integrante del equipo, se abrió paso por un camino que conducía a una casa de campo. Se tropezó con el cuerpo de Kay, quien yacía en la nieve. La joven había sido violada y asesinada. Tenía la ropa desarreglada y estaba amordazada con su propia bufanda. Su cara estaba toda amoratada y golpeada. La policía peinó la nieve que estaba cerca del cadáver. Hallaron un botón y tres cabellos humanos.

Mientras investigaba los últimos movimientos conocidos de Kay, la policía supo que Joe Richard había estado al acecho fuera de la casa de los Vincent poco antes de que Kay partiera. También recibieron una descripción detallada de la ropa que vestía esa noche. Los oficiales de la Policía Montada citaron a Joe. Le pidieron ver su chaqueta. Joe les contestó que había llevado a casa una bolsa de carbón desde la estación de Charlo y que su chaqueta debió entrar en contacto con ácido, lo que la chamuscó. Según Joe, la chaqueta se la tragó el río, donde la había lanzado. La Policía Montada se llevó a Joe a Dalhousie para someterlo a un interrogatorio más riguroso.

Entretanto, continuaba la búsqueda de la chaqueta extraviada. No se encontraba donde Joe había indicado, sino bajo la capa de hielo del río a cierta distancia. La chaqueta no evidenciaba ninguna quemadura causada por ácido. Faltaban algunos botones y pelusas de lana roja guindaban del cuello. Joe fue arrestado y acusado del homicidio de Kay de la Perelle. El 3 de mayo de 1957, comenzó el juicio en Dalhousie, New Brunswick.

Un experto de la Policía Montada, Roland Rouen, examinó el botón encontrado en la escena del crimen. Cuando le pidieron que lo comparara con los botones de la chaqueta de Joe, el oficial respondió: "Son bastante parecidos, y en mi opinión provienen de la misma chaqueta".

Rouen testificó igualmente que las pelusas rojas que se hallaban en el cuello de la chaqueta de Joe provenían del sweater rojo que vestía Kay de la Perelle la noche que fue asesinada. El vello púbico que se encontró en la escena pudo haber sido de Joe, aunque esto no pudo determinarse categóricamente.

El abogado de la defensa atribuyó la difícil situación de Joe a su mala reputación. Alegó que nadie había visto realmente al acusado con la víctima. Sugirió que Joe había botado su chaqueta porque sabía que los jóvenes lo habían visto fuera de la casa de los Vincent y sintió que se convertiría automáticamente en sospechoso. Por miedo se deshizo de la chaqueta.

Un jurado de New Brunswick emitió un veredicto de culpable. Irónicamente, el juez Enoel Michaud, quien le había dado a Joe la sentencia de apenas tres años cuando casi mata al taxista Theophile Gallant, ahora sentenciaba al prisionero a morir en la horca. La fecha de la ejecución fue fijada para el 17 de julio de 1957.

Una apelación admitida le dio a Joe la oportunidad de otro juicio. Su esposa dio a luz a su tercer hijo mientras él aguardaba la muerte en prisión. Tan fuerte era la animadversión contra Joe que hasta su esposa recibió amenazas de muerte. Ella y los niños se mudaron de Río Charlo poco después de que naciera el tercer niño.
El 24 de septiembre de 1957, Joe fue enjuiciado por segunda vez. El veredicto fue el mismo del primer procedimiento. Cuando le preguntaron si tenía algo que declarar antes de se emitiera la sentencia, Joe contestó: "La única respuesta es, Dios mío, no soy culpable. Todo lo que digo es que no soy culpable. Yo no maté a esa niña".

La sentencia a muerte se llevaría a cabo el 11 de diciembre de 1957. Acompañado por un cura, Joe fue sacado de su celda y conducido hacia la oficina de la Cárcel del Condado de Restigouche, en Dalhousie, donde se había construido un cadalso. Joe nunca confesó, pero poco antes de que lo dejaran caer, señaló: "Espero que el Señor me perdone".

Traducción: Conchita Delgado. ilustraciones: David Marquez. davidmarquez@cantv.net



 
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